| 10/24/2015 5:00:00 AM

Los errores económicos de la Iglesia Católica

En los últimos meses la posición económica de la iglesia liderada por el Papa Francisco deja en debate qué tan acertados son los discursos del pontífice en la actual realidad del mundo.

Según el columnista del Huffpost voces, Carlos Alberto Montaner, el Papa Francisco basa sus ideas económicas en la Doctrina Social de la Iglesia (DSI) que si bien puede ser una poderosa herramienta para el bienestar moral y religioso, carece de fundamento económico.

La DSI es el cuerpo de principios desarrollados a través del tiempo para dar orientaciones ante las realidades sociales, económicas y políticas en constante evolución, explica la página oficial del Vaticano.

Para Montaner, la DSI contiene al menos cinco errores importantes que la invalidan como un instrumento serio para propiciar el desarrollo y combatir la pobreza. Lejos de cuestionar su efectividad o veracidad, estas encíclicas poseen fuertes disparidades con la teoría económica y la interpretación.

El papel social de la propiedad privada


Aunque la iglesia reconoce que la propiedad privada es “el medio para asegurar la autonomía personal y familiar de cada cual y por lo tanto su libertad” enfatiza que tiene una “función social”.

El problema está en la forma de entender esta encíclica. “Esa declaración de la DSI les abre las puertas a todas los abusos de los mandamases” revela Montaner. En otras palabras, es difícil saber en dónde empieza y en dónde termina la función social de la propiedad privada e inclusive saber si es posible darle este tipo de función.

Por ejemplo, ¿cuál es la función social de tener un Rolex o un Picasso en la sala de la casa?

La definición del bien común

La doctrina de la iglesia justifica la intervención del Estado para garantizar el bien común, en una especie de definición de “Estado de Bienestar”. El problema es que va mucho más allá y no toma en cuenta uno de los postulados básicos de la economía “existen necesidades ilimitadas para satisfacer con recursos limitados”.

“Los bienes y servicios que se les ofrecen a unos siempre se les niegan a otros. El aeropuerto que se construye es a costa del hospital o la escuela que no se edifican” afirma Montaner”. Además, quien define cómo utilizar los recursos muchas veces actúa en beneficio propio.

La búsqueda de un “precio justo” para todo

En particular hace referencia al salario y las condiciones de vida del trabajador. El problema de esta encíclica es que es absoluta, es decir afirma que todo trabajo de por sí debe garantizar una vida digna a quien lo ejecute.

Como explica el columnista del Huffpost voces, “el salario y las condiciones de vida de los trabajadores (y de los propietarios) no dependen de las necesidades subjetivas señaladas por la DSI, sino de las condiciones objetivas de la sociedad en que se trabaja y de la calidad del aparato productivo”.

Visto de otra forma, una sociedad que obtiene sus recursos de vender flores y frutas difícilmente puede alcanzar la calidad de vida de otra que fabrica computadoras y aviones.

El límite de la desigualdad

El asunto de la desigualdad es aún más delicado. La DSI afirma que quienes administran los recursos y el mismo Estado tienen la facultad y el deber para determinar la cantidad y calidad de bienes que debe tener una persona para combatir la desigualdad.

Por otro lado, los estudios contra la desigualdad se decantan cada vez más por generar riqueza para todos en vez de repartirla. Además, la iglesia se preocupa por que el CEO de una empresa gane muchas veces más que un empleado promedio.

“De alguna manera es la sociedad la que decide o admite esas diferencias, de la misma manera que convierte en supermillonarios a sus artistas o deportistas favoritos sin importarle la desigualdad que se provoca”
enfatiza Montaner.

El peligro del consumismo


Quizás la más evidente.
La DSI justifica la defensa del no consumismo y la austeridad en el peligro del desorden personal como consecuencia del afán de poseer propiedad privada. El DSI añade el beneficio del ahorro y las buenas inversiones como alternativa moral al consumo.

Sin embargo, es en particular difícil querer combatir la pobreza y negar el consumo al mismo tiempo.
“Si el Primer Mundo le hiciera caso al Vaticano y súbitamente asumiera una vida austera, cientos de millones de personas en el planeta serían precipitadas a la miseria y al hambre” resalta el columnista.

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