| 12/22/2016 11:23:00 AM

Los latinoamericanos comen cada vez menos fríjoles y lentejas

Cual barómetro de los cambios culturales y alimenticios que ha sufrido el continente americano en los últimos quince años, las legumbres dejaron de ser parte fundamental de la dieta de los latinoamericanos para dar paso a la comida menos saludable.

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AFP

Una visión de pobreza asociada al consumo de legumbres y los cambios en el estilo de vida hacen que ahora se opte por preparaciones más rápidas, cambiando a menudo las proteínas de origen vegetal por las de animales y por los hidratos de carbono.

Las humildes lentejas, frijoles o garbanzos son cada vez más escasos en la dieta de los países de América Latina, grandes consumidores hasta hace poco de las legumbres, "un tesoro latinoamericano que está en riesgo", según la Organización para la Agricultura y la Alimentación (FAO).

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En América Central y El Caribe, la producción de legumbres se ha reducido considerablemente, pasando del 4,1% del total de los cultivos en 1991 al 1,4% en 2011.

En América del Sur, en tanto, el valor de las legumbres descendió más de un 50% sobre el total de la agricultura, al mismo tiempo que la región importó alrededor de un 50% más de lo que exportó.

Brasil se mantiene como excepción, al situarse todavía entre los principales productores de legumbres, ocupando el quinto puesto a nivel mundial, aunque en su mayoría destinado a las exportaciones porque la dinámica del consumo también disminuyó en el país de la feijoada, que se hace a base de porotos negros, de acuerdo a datos aportados por la FAO, que decretó 2016 como el año internacional de las legumbres en un intento de que vuelvan a la mesa.

Comida de pobres

De ser uno de los pilares de la alimentación latinoamericana, ahora las legumbres son un plato más bien esporádico que se come una o dos veces por semana, en el mejor de los casos.

En Chile, la caída del consumo ha sido vertiginosa. Si en 2001, los chilenos consumían al año 2,7 kilos de porotos o frijoles, en 2011 el consumo alcanzó el 1,3 kg por persona.

Cambios en el estilo de vida provocados por la masiva migración campo-ciudad y la idea de que las legumbres son "una comida para pobres" complotan sobre el consumo de estos alimentos que para la FAO son un aliado fundamental en el combate al hambre y la obesidad en Latinoamérica.

"En gran parte de los países de América Latina el consumo de las legumbres está asociado a la pobreza", dice a la AFP la profesora de la Universidad de Chile, Cecilia Baginsky, quien colabora con la FAO.

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Cuando las personas dejan atrás la pobreza o mejoran sus condiciones económicas, comienzan también a dejar de consumir legumbres y optan por proteínas más caras, como las carnes.

El estilo de vida más acelerado que imponen las ciudades condiciona también el consumo de las legumbres.

Hoy es más difícil dedicar más tiempo a la preparación de los alimentos o pensar en dejarlas en remojo el día anterior. Con poco tiempo se opta por la pasta o el arroz, dice Baginsky.

Por eso, parte de las soluciones para fomentar el consumo de legumbres pasa por que la agroindustria desarrolle opciones más rápidas, como preparaciones congeladas o precocidas. 

"Es una cadena. Los desafíos van desde fomentar la producción hasta el mercado y marketing para que el consumo sea más fácil", dice a la AFP la oficial de FAO, Adriana Gregolin.

Menos consumo, menos producción

Ante un menor consumo, la producción de legumbres se ha trasladado hacia zonas de secano (terrenos sin riego artificial), lo que ha generado una caída en sus rendimientos, competitividad, volúmenes producidos y el número de productores que la cultivan, que han optado ahora por cosechas con una mayor rentabilidad como los frutales. 

La FAO destaca además las cualidades de las legumbres para combatir el cambio climático.

"Son un insumo clave para los agricultores, ya que como fijadoras de nitrógeno, aportan abonos verdes que permiten la recuperación y conservación de los suelos", dice el organismo.

En cuanto a sus cualidades nutritivas, el consumo habitual de legumbres -tres, cuatro o más veces por semana- contribuye a reducir hasta un 22% el riesgo de cardiopatías y a luchar contra la obesidad, la nueva amenaza para la salud en el continente.

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