| 3/19/2004 12:00:00 AM

Una maquina sin limites

Los jeeps Willys, los mismos que sirvieron a los ejércitos de la Segunda Guerra Mundial, son la pasión de personas que disfrutan la libertad y la naturaleza.

La sensación es la de estar manejando una máquina de leyenda. El Jeep Willys fue escogido por el Museo de Arte Moderno de Nueva York en 1951 como una de las obras maestras del diseño de automóviles, al lado de los Bentley, los Bugatti y los Mercedes.

El Jeep, un veterano de tres guerras, es un vehículo excepcional. "Parece una lata de sardinas, pero tiene las características de una máquina perfecta y de un perro inteligente", decían los curadores del Museo. "Es un icono cultural", aseguran aún hoy.

Pero la estética es apenas una de las razones para que los grupos de entusiastas compren, cuiden y usen esos carros que ruedan desde 1941. Son camperos diseñados para entrar en cualquier terreno. En la Segunda Guerra Mundial, salvaron al Ejército estadounidense en Birmania, que en la época de los monzones atravesó regiones inundadas hasta India. El comandante de las tropas británicas en ese país estaba asombrado: "pero ustedes no pueden venir por esa vía, allí no hay carreteras", dijo. Esa característica es la que más aprecian los fanáticos del Jeep. Los lleva a donde sea.



De trocha

Los socios del Willys Country Club de Bogotá van en sus jeeps a Villa de Leyva, Suesca, el Neusa, o Guatavita, lugares de paseo de fin de semana de cualquier familia bogotana sin el menor espíritu aventurero. La diferencia entre unos y otros está en cómo llegan al sitio. "Odiamos el pavimento", dice Carlos Fonnegra, su presidente. Los jeeps no son muy veloces, no desarrollan mucho más de 60 kilómetros por hora. Por eso, a la primera oportunidad, se salen de las rutas asfaltadas y usan trochas inverosímiles para ir a sus destinos.

En grupos de diez carros, se le miden a pendientes de 40 grados y caminos de herradura, para llegar a un páramo, a una laguna o a una caída de agua. "Es una comunión con la naturaleza", anota Luis Fernando Jiménez, secretario del club.

Desde hace ocho años, los miembros de esta organización se van con sus Willys de colección a lugares donde es casi imposible llegar de otra forma, en especial considerando que se trata de grupos familiares con integrantes de 8 hasta 70 años.

Pero no todo es paisaje. Cuando hay carros, hay aceite y tuercas. "Disfrutamos las varadas", manifiesta Jiménez, en lo que parece una actitud contra natura. En estos paseos cualquier avería mecánica detiene al convoy de aventureros. Es el momento perfecto para descansar, conversar y hacer 'vida de club'. Además, todos ellos son expertos en motores y saben qué le pasa al varado y, en la mayoría de los casos, llevan los repuestos para arreglarlo. Los jeeps tienen una mecánica muy sencilla.

Los 'Jeep Jamborees', que son paseos de grupos de "jeeperos", se hicieron populares en Estados Unidos en los 60 y hoy todavía son furor para personas como los miembros del Willys Country Club y otras asociaciones en Medellín y Cali, que disfrutan de la naturaleza, vista desde el poder de sus carros.



Transformacion

Los Willys se usan como carros de trabajo en las zonas cafeteras del Viejo Caldas, Tolima y Valle. Allí los llenan de gente, costales y cajas que conforman el equipaje de los pasajeros. Diecisiete personas caben en un 'yipao', como se le dice a esa extraña unidad de medida que significa 'todo lo que pueda caber en un Jeep'.

En general, conservan las carrocerías, pero cambian completamente la parte mecánica. Sustituyen el motor de 4 cilindros de los modelos iniciales o de 6 cilindros de los más recientes, por otros más potentes. Transmisiones y sistemas de frenos también son cambios favoritos para esos empresarios.

Por eso, para los fanáticos de los Willys de aventura, la primera tarea es llevarlos -tanto como sea posible- a su estado original. En Dosquebradas, María Elena Arango lleva veinticinco años vendiendo las latas y muchos de los accesorios para devolver estos vehículos al pasado. Además de las piezas de la carrocería, un modelo anterior a 1952, conocido como 'Minguerra', se ve mejor con una pala, un hacha, luces tácticas y farolas escualizables, dice. Una restauración puede valer de $8 millones en adelante.

Por repuestos, no parece haber preocupación, porque se encuentran en muchos talleres del país, aunque algunos prefieren comprarlos por catálogo en el exterior, en especial para los carros más cotizados, que son los fabricados entre 1942 y 1952.

Una vez puestos a punto, la llave del Jeep Willys es también la llave para entrar en lo agreste, diverso y hermoso de los campos colombianos.
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