| 11/8/2010 7:00:00 PM

El Placer de viajar

Abrir la mente, adquirir conocimiento, liberar el estrés, calmar la ansiedad y mejorar la salud son algunas de las ventajas que brinda viajar.

Llegar por tierra a Venecia, bajando en la estación, era como entrar a un palacio por la escalera de servicio. Había que llegar, pues, en barco a la más inverosímil de las ciudades”. Así describe Thomas Mann su arribo a la sumergida ciudad italiana en su obra Muerte en Venecia.

Mucho se ha contado sobre esta ciudad, tanto que tal vez la mejor manera de recorrerla sea, simplemente, leer las espectaculares descripciones contenidas en los libros de Mann, Nietzsche, Goethe, Hesse o Eco, entre muchos otros. Pero nada podría reemplazar la experiencia de vivirla en carne propia, de recorrerla, llegando, eso sí, en barco.

Cómo más experimentar el ambiente de los días de comienzos del invierno, la niebla parda y gris sobre la ciudad, la humedad mohosa y el extraño olor a ceniza vieja que cubre sus calles solitarias y vacías de turistas, su mar levemente rizado y teñido de verde sucio, sus canales recorridos por un viento de aromas repugnantes y góndolas oscuras conducidas por barqueros sombríos.

O, ¿cómo comparar la llegada a Nueva York por el JFK o, en su defecto, por La Guardia, –para luego tomar un taxi, bus o metro y desembarcar en Times Square– con la irremplazable experiencia de arribar al Pier 92, en Manhattan, o a Red Hook, en Brooklyn, a bordo del Queen Mary II? Es sustancialmente diferente por el hecho mismo de la expectativa creciente que generan seis días en alta mar, tiempo que tarda el viaje desde que el Queen Mary II zarpa del puerto de Southampton en Inglaterra hasta llegar a la Gran Manzana. Es como llegar a Nueva York por primera vez, luego de haber pasado seis días en medio del lujo del transatlántico más grande y costoso construido en la historia de la navegación.

Desde mediados del siglo XIX y hasta la década de los 60, en el XX, millones de personas cruzaban los océanos en barcos de pasajeros y cientos de transatlánticos fueron construidos para el efecto. La mayoría de estos barcos eran pequeños y lentos, pero las grandes líneas que atravesaban el Atlántico Norte viajando de Europa a Norteamérica y viceversa lo hacían en navíos rápidos con una gran capacidad de pasajeros y brindando las comodidades exigidas por las clases más adineradas. De hecho, hacerlo hoy en día en el Queen Mary II es una de las experiencias de lujo más codiciadas del planeta.

El 12 de enero de 2004 se celebró el viaje inaugural del Queen Mary II, coronándose como el rey de los transatlánticos, un digno sucesor de los ya míticos de la historia: el Queen Mary, el Queen Elizabeth y el Queen Elizabeth II. El Queen Mary II representa la máxima evolución en la navegación moderna de pasajeros, cuenta con el primer planetario-cine a bordo de un barco, además de la más grande biblioteca conocida que navegue (8.000 volúmenes en varios idiomas y 3.000 títulos de películas), y el primer College at Sea, donde es posible estudiar idiomas, cocina e informática. Tiene además el sistema más sofisticado de telecomunicaciones, el más complejo sistema de seguridad a bordo y el mayor balneario flotante del mundo, con 1.957 metros cuadrados.

Su oferta multicultural incluye igualmente una gastronomía sin igual, con más de quince especialidades a elegir: desde la comida mediterránea, pasando por la asiática, la italiana y la inglesa, más un restaurante en el que exclusivamente se degustará lo que sugiera el chef. No olvidar los dos pubs ingleses. Así mismo, la influencia británica más arraigada se resalta por los guantes de un blanco impecable que utilizan los camareros en el Winter Garden, a la hora del té.

Este majestuoso crucero, más alto que la Estatua de la Libertad, da la posibilidad de contemplar este símbolo del país norteamericano, incluso en una mañana de baja visibilidad. Su aproximación a la Gran Manzana, al amanecer, ofrece sin lugar a dudas la mejor panorámica de Liberty Island.

VIAJAR ABRE LA MENTE

Por encima del placer de viajar, más allá de descubrir y experimentar las más sofisticadas formas de aproximarse a las ciudades y lugares más atractivos del mundo, viajar es una forma directa y efectiva de aprender. Ha sido un sueño del hombre a lo largo de toda su historia.

Viajar es, en sí mismo, como queda consignado desde los textos de Aristóteles y Platón, un método del conocimiento humano. Viajar abre la mente de las personas, ensancha sus horizontes, despeja incertidumbres y renueva el espíritu.

Solo el viajar abre la posibilidad de experimentar y aprehender otras culturas y tipos de vida. Viajar por el mundo permite salirse del entorno y de las formas y tradiciones con las que se ha vivido toda la vida. Convertirse en un extraño expone la mente a nuevos elementos. Viajar alimenta la curiosidad, activa el interés por lo nuevo y proporciona experiencia.

Pero viajar, en un sentido amplio, puede ser una actividad que se desarrolla incluso dentro de la más grande de las cotidianidades: el desplazamiento al trabajo, por ejemplo. ¿Qué tanto se conoce una ciudad? No es igual recorrer un mismo camino diariamente en un vehículo particular, en taxi, en bus, en metro, en bicicleta o a pie. Cada una de ellas hace de un viaje rutinario una nueva experiencia, única. La razón es que, por encima de todo, el viajero encuentra tiempo para detenerse a mirar. Estar inmerso en una nueva configuración pone la vida en perspectiva: se conocen personas diferentes con experiencias e ideas frescas, se fortalece el entendimiento de las diferentes formas en que las personas cumplen un mismo objetivo; se viven situaciones jamás pensadas y se exploran ambientes inimaginados. En suma, se descubre la inmensidad del mundo.

Otra de las ventajas de viajar es que, además de conocer más del mundo exterior, se conoce más de sí mismo. Levantarse con el Kilimanjaro como telón de fondo, en Tanzania; a orillas del Brahmaputra, en el Tíbet, o tomar el desayuno admirando las terrazas agrícolas de Machu Picchu, en Perú, representan, en últimas, un viaje interno. Es reconocerse en una realidad tan ajena como la paz que se respira en dichas latitudes. Un lugar aislado proporciona el anonimato y la falta de responsabilidad necesarias de vez en cuando para disfrutar de uno mismo.

Pero es necesario diferenciar el viajar y el viajero del simple turista. En el Louvre, un turista va directo hasta la Mona Lisa, la mira por unos pocos segundos, compra una postal del cuadro y sale corriendo a conseguir una Big Mac. Por su parte, un viajero absorbe todas las salas que sea capaz de digerir en una ronda para luego repasar sus impresiones mentales en un bistrot parisino cuidadosamente elegido en la guía Michelin. Viajar es gozar y almacenar futuros recuerdos.

VENTAJAS DE VIAJAR

Diversos estudios, de ramas tan amplias como la medicina, la sicología, la antropología, la sociología y la economía, han comprobado que conocer nuevos lugares y culturas, y relacionarse con gente de otros países –e incluso de otras ciudades o regiones– tiene efectos positivos sobre las personas. Se ha demostrado que estar en contacto con la naturaleza, visitar museos y monumentos y, en general, cambiar el entorno habitual tiene efectos positivos y saludables para quien vive esas experiencias.

Así mismo, hay evidencia, por ejemplo, de que cuando una persona se encuentra en un estado de depresión tiende a aislarse, a buscar la soledad y a sumirse en tristezas y pensamientos negativos que pueden llegar no solo a afectar su parte psíquica sino también su parte física. Pero viajar, explican los sicólogos, implica entretener la mente en algo diferente.
 Desde la planeación del viaje, luego su preparación, el desplazamiento mismo y la llegada a un lugar en el que todo es nuevo o diferente rompen con la monotonía en que se ha sumido una persona triste y aburrida.
Los médicos, por su parte, han demostrado que el estrés y la fatiga, síntomas comunes hoy por hoy en la mayoría de habitantes de grandes ciudades, como consecuencia de los ritmos de estudio, trabajo, familia, amigos, situaciones económicas y en fin, de todo aquello que produce ansiedad, pueden ser minimizados al viajar.

El cansancio, bien sea físico o mental, o la desesperación que producen la contaminación ambiental, auditiva o visual de las ciudades modernas, e incluso la saturación de tener constantemente tanta gente alrededor, hacen que sea provechoso visitar lugares en los que se pueda, no solo descansar del ritmo de la ciudad, sino también leer, meditar, reflexionar y, por qué no, recibir unos buenos masajes y una excelente atención. Un viaje de placer permite recuperar energía y vitalidad para continuar con el diario vivir.
También es sabido que cuando las personas no cambian de ambiente y permanecen en el mismo lugar, sea de vivienda o trabajo, tienden, en ocasiones, a desarrollar cierta apariencia e incluso cierta actitud de frialdad y de conformismo con quienes los rodean. Consigo mismo tiende a volverse egocéntrico o, en otros casos, despreocupado. En el extremo, se generan neurosis y esquizofrenias propias de una vida calculada, medible y medida constantemente.

Por ello, ir a la playa, a un río, a pescar en un lago, a volar en aeroplano, a montar a caballo o a caminar por terrenos silvestres tiene igualmente, según los expertos, efectos positivos en la salud de las personas.

El impacto de los viajes en el aprendizaje y la cultura son igualmente innegables. La psicóloga Lile Jia, de la Universidad de Indiana, en Estados Unidos, hizo un ejercicio con sus alumnos, a quienes dividió en dos grupos y les pidió que le hicieran una lista con todos los medios de transporte que se les ocurrieran. Sin embargo, a unos les dijo que se trataba de un trabajo normal de clase y a otros que el estudio era parte de una investigación de una universidad griega con la que estaban colaborando.

Los resultados hablan por sí mismos. Aquellos que pensaban que sus respuestas alimentarían la investigación europea hicieron una lista mucho más larga, mientras los otros compañeros se limitaron a medios de transporte actuales y de uso local. Los primeros mencionaron desde barcos antiguos (el trirreme) hasta naves espaciales. La conclusión a la que llega Jia es que cuando se piensa globalmente se amplía el menú de opciones, encontrando más y mejores soluciones.

En este mismo sentido, dos estudios realizados por la escuela de negocios Insead (Francia) y el Instituto Kellogg de Dirección de Empresas (Chicago) coinciden en encontrar que aquellos estudiantes que han vivido fuera de su país alcanzan un promedio de inteligencia un 20% superior a quienes no se han movido de casa. También descubrieron que no tenía gran importancia la cantidad de tiempo que se hubiera pasado fuera, sino solo el haber estado en contacto con una cultura distinta.

William Maddux, director del estudio de Chicago, resaltó las aplicaciones laborales del descubrimiento: “En un mundo cada vez más global e interconectado, hay que pensar más allá de los caminos habituales para triunfar en los negocios”. Otros investigadores señalaron que pasar un tiempo fuera de su entorno ayuda a tomar distancia y a pensar con mayor claridad sobre los problemas que se tienen en casa.
Hoy, cuando es posible viajar de Europa a China para pasar allí un puente, suena a leyenda saber que Marco Polo tardaba un año en llegar a Beijing. Aún más increíble suenan sus detalladas descripciones de todo cuanto veía, tocaba, olía o palpaba en sus travesías. Los viajes actuales son mucho más rápidos y prácticos que los de antaño y el aprendizaje que se deriva de ellos es completamente diferente. Lo importante, sin embrago, es no perder nunca el deseo de viajar y de ser viajero, siempre atento a no convertirse en un turista más. 

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