| 11/22/2010 12:00:00 PM

Con licencia para bucear

No es noticia que los relojes de ahora hacen muchas más cosas que dar la hora. Conquistar las profundidades submarinas es una de ellas. Esta es la historia de cómo comenzó esa emocionante carrera tecnológica.

La noche del 23 de enero de 1960, el oceanógrafo suizo Jacques Piccard y el capitán de la marina de los Estados Unidos, Don Walsh, terminaron de empacar varias raciones de chocolate y nueces antes de deslizarse por un estrecho tubo hacia el interior de la escafandra Trieste, una cápsula metálica que habría de llevarlos a lo más profundo del Océano Pacífico.


El descenso sin precedentes a más de 11.000 metros de profundidad –un récord que aún 50 años después ningún vehículo tripulado ha podido romper–, hizo parte del proyecto Nekton para explorar los misterios del suelo marino.

A una de las manijas exteriores de la escotilla iba atado un Rolex Deep Sea Special, un prototipo diseñado para probar la resistencia y precisión de su mecanismo. A esa profundidad, la presión alcanza una tonelada por centímetro cuadrado, suficiente para compactar un carro al tamaño de una lata de cerveza.

Casi treinta años atrás de ese histórico viaje, había empezado una de las carreras tecnológicas más desafiantes de la historia: la competencia de las grandes casas de relojes de pulso por conquistar las profundidades submarinas. El primer paso lo dio el Omega Marine creado en 1932 para los buzos militares, un modelo que luego fue adaptado por otras marcas y se hizo imprescindible para las marinas durante la Segunda Guerra Mundial.

Solo hasta 1956, estas proezas sumergibles dejaron de ser un juguete de guerra y entraron al mercado masivo. El Fifty Fathoms de la marca Blancpain fue el primer reloj de este tipo que llegó al público de la mano del mítico buzo Jacques Cousteau, quien lo llevó en la muñeca durante el rodaje de su película Le monde du silence, ganadora en el Festival de Cine de Cannes. De ahí en adelante, las grandes marcas explotaron en el mercado de lujo la resistencia y exclusividad de estas pequeñas joyas de la mecánica, la precisión y el estilo.

Otro clásico de esta gama fue el Rolex Submariner, conocido también como la “ostra perpetua”, por su caparazón, inviolable a 200 metros de profundidad. Esa vez, el encargado de darle elegancia a este reloj de especialista fue James Bond, quien siempre portó uno, desde su primera aparición en la pantalla grande en 1962. Bond demostró que estos pequeños submarinos lucen tan bien en el fondo de los arrecifes como sosteniendo un Martini en el bar de un hotel al lado de una bella mujer.


Desde entonces, los relojes sumergibles no han dejado de evolucionar.


Hoy, además de tableros digitales, ofrecen otras funciones como iluminación, panel solar, brújula, fases de la luna o la hora exacta en cualquier lugar del mundo.

Dos días después de la histórica inmersión del Trieste, a las oficinas de Rolex en Ginebra llegó un telegrama que decía. “Tengo el gusto de informarles que su reloj funciona tan bien a 11.000 metros de profundidad como en la superficie”. Firmado: Jacques Piccard.

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