Opinión

  • | 2006/08/18 00:00

    ¿Y si se quema?

    La estrategia negociadora de Estados Unidos creó el riesgo de que el TLC no sea ratificado por el Congreso de ese país. Implicaciones y opciones para Colombia.

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En un artículo del 4 de agosto Mauricio Reina advirtió el riesgo de que, por la tardanza del presidente Bush en notificar al Congreso su intención de suscribir el TLC con Colombia ese convenio se "quemara en la puerta del horno". Como escribo esto diez días después es claro que si, por milagro o, para ser preciso, si Colombia aceptara tragar otro gran sapo sobre las normas de importaciones de carne de bovino, el presidente Bush notificara hoy mismo al Congreso de Estados Unidos su intención de suscribir el tratado, los tiempos legales hacen improbable que el TLC sea ratificado antes de que el Congreso de ese país se renueve a partir del 3 de enero de 2007, con base en las elecciones parlamentarias del próximo 7 de noviembre. Es obvio que la administración Bush decidió correr el riesgo de que el nuevo Congreso, en el que los republicanos y amigos del libre comercio seguramente perderán la mayoría de que hoy disfrutan, hunda el TLC con Colombia.

La explicación del asunto, que a primera vista luce absurdo, pues Estados Unidos sería un ganador neto en el TLC, es que para ese país las consecuencias de que el convenio no entre en vigencia en 2007, o se hunda en forma definitiva, serían marginales, pero para Colombia serían mucho más serias. La potencia maneja la negociación hasta el final como lo hizo desde el comienzo, obligando a la parte más débil a ceder hasta el límite.

Veo difícil que el Congreso estadounidense no apruebe el TLC con Colombia pues lo que ese país nos concedería tiene costos despreciables, incluso desde una óptica proteccionista primitiva, y esos pocos costos serían pagados con concesiones valiosas. Para Estados Unidos no habría mayor sacrificio aduanero o de producción pues ese país ya importa sin aranceles, de muchos países, las cosas que importaría de Colombia. El nuevo TLC solo les crearía competencia adicional a sus actuales proveedores. En cambio, los beneficios para Estados Unidos de la apertura del mercado colombiano y de la nueva regulación sobre inversiones, propiedad intelectual y manejo de capital financiero serían importantes.

Reina y otros comentaristas han hecho notar con preocupación que un tratado tan inocuo como el firmado con Omán fue aprobado por el Congreso estadounidense apenas por un pelo. Pero incluso sin mencionar elementos de geopolítica algo va de la ganancia que puede derivar la potencia del comercio con Omán, un país de 3 millones de habitantes, carente casi de agricultura y de una industria distinta a la petrolera, y por ende de una tradición proteccionista, al que Estados Unidos le exporta menos de US$1.200 millones por año, a los benéficos que puede obtener con Colombia, que ya importa de Estados Unidos casi US$19.000 millones y que le concedería a ese país un enorme margen de preferencia en importaciones. Pero es cierto: no podemos descartar que el TLC con Colombia se hunda si la oposición a Bush decide cobrar un triunfo pírrico.

A raíz del riesgo de que el TLC se hunda, y aprovechando la publicación de los textos finales, actualicé mis cálculos del valor de las preferencias arancelarias que Estados Unidos le concedería a Colombia bajo ese tratado. Con base en las importaciones efectuadas por ese país desde Colombia en el primer semestre de este año estimo que el valor de esas preferencias sería de unos US$120 millones, y casi tres cuartas partes de las mismas corresponderían a las exportaciones de confecciones y de flores. Para las exportaciones de confecciones a Estados Unidos, que incluso hoy, con el ATPDEA, están de capa caída, la no existencia del TLC sería crítica porque el arancel general estadounidense llega a 32% para algunas confecciones y excede 16% en la mayoría de los casos. Para las flores y otros productos, donde el arancel máximo general de Estados Unidos es de 6,8%, y en la mayoría de los otros casos es inferior al 5%, el problema podría resolverse con mayor tipo de cambio real. En otras palabras, sin TLC habría crisis sectorial, en confecciones, pero no crisis macroeconómica, solo una reacción más fuerte del dólar.

Por lo demás, muchos de los beneficios que se esperan del TLC, como la atracción de inversiones extranjeras orientadas al mercado colombiano (debido a la mayor seguridad jurídica y otras garantías) podrían obtenerse modificando en forma unilateral la legislación colombiana, aprovechando la aplastante mayoría de que disfruta el Gobierno en el Congreso.

La cuestión estratégica más peliaguda es si, hundido o pospuesto el TLC, la estrategia colombiana debería orientarse a avanzar en forma unilateral por la vía de mayor apertura, reduciendo drásticamente su protección arancelaria e induciendo una reasignación de recursos, como hizo Chile hace tres décadas, o mantener una alta protección general como instrumento de negociación y acelerar la firma de tratados con Mercosur, Europa y otros países o grupos. Cada opción tiene grandes costos y beneficios, pero me atrevo a apostar que Uribe II se decidiría por la segunda alternativa.

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