Connie de Santamaría

| 8/9/2002 12:00:00 AM

Y de los hijos, ¿qué?

Si están guiadas por el miedo y el deber ser, las relaciones entre padres e hijos no permiten desarrollar la confianza.

por Connie de Santamaría

Muchas mujeres trabajamos por fuera del hogar, en diferentes tipos de organizaciones, niveles, campos, porque nos gusta, nos toca o por ambas razones. Que la mujer trabaje ya no es algo excepcional, como lo era cuando yo estaba en el colegio: Mi mamá siempre estaba en la casa cuando llegábamos por la tarde y cuando no estaba el ambiente era aburrido, terminábamos peleando entre hermanos, las onces no eran ricas. ¡Hacía mucha falta!



La situación ha cambiado, los niños llegan a su casa y sus padres no están. Han surgido múltiples cursos y actividades que intentan llenar ese vacío: natación, ballet, matemáticas, inglés, fútbol, cerámica, piano, entre otras. El tiempo compartido es mínimo y cada cual tiene su propio horario. De acuerdo con mis pacientes, cada hijo come en su cuarto y no hay lugar a compartir la comida, ni siquiera una vez a la semana.



¿A qué horas, entonces, se transmiten los valores, se modela una conducta ética, se aprenden modales, se conocen las historias de la familia? ¿Cómo enterarse de lo que le gusta o preocupa a cada uno? Ni el teléfono ni el correo electrónico reemplazan el ejemplo directo, el señalamiento oportuno, la consideración amorosa cuando ocurre una falla. Pero para que este tipo de interacción con los hijos se dé, se requiere tener confianza en ellos y en uno mismo.



He observado que no es solo la falta de tiempo o de espacio lo que caracteriza la relación entre padres e hijos. Los padres y las madres parecen tenerles miedo a sus hijos: no se atreven a ponerles límites, no saben hablar con ellos, no logran mantener un diálogo que les permita llegar a acuerdos y a concertar parámetros. Se debaten entre el deber ser y el qué dirán que tienen en la cabeza, y se paralizan. Intentan manejar los hijos como administran al personal en su trabajo: poniendo reglas, acudiendo a normas preestablecidas y definiendo lo prohibido. La consecuencia más clara: una falta total de confianza mutua. Esos hijos no acuden a ellos para tomar una decisión fundamental y la mentira se les vuelve hábito. Los padres prefieren no preguntar nada y se limitan a proveer todo lo que los hijos piden. Es el caso de la niña de 16 años que llega con tragos y su madre se hace la desentendida; o el muchacho que perdió el semestre, no se matricula en la universidad y hace creer a los padres que acude todos los días a estudiar: "a mí sí me parecía raro que el horario variaba de una semana a la otra, pero no me atrevía a preguntar porque me trataba como si no tuviera ningún derecho a saber algo de su vida", me decía alguna vez un padre afligido.



Esos padres y madres trabajadores terminan escudándose en las exigencias del trabajo, para no asumir la responsabilidad fundamental que les corresponde: compartir con sus hijos e hijas, todos los días, desde pequeños, sus impresiones y preocupaciones, no para prescribir, sino para intercambiar ideas, revisar sus propuestas y encontrar así, entre todos, la mejor forma de ir enfrentando los retos que se les presentan en las diferentes etapas de la vida. Si los padres logran acercarse a sus hijos de una manera limpia, sin un discurso predefinido que les impide oír, serán capaces de tener en cuenta lo que está viviendo cada uno. Sentirse escuchados les permite a los hijos acercarse, confiar, preguntar, escuchar.



Se requiere perder el miedo a acercarse a los hijos sin discurso previo, de igual a igual, expresándoles el cariño con palabras y hechos y demostrándoles, en la práctica, lo que los queremos, lo cual incluye ponerles límites con respeto.
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