Opinión

  • | 1999/08/27 00:00

    Wall Street 1929, una vez más

    Las crisis financieras de los últimos 3 años pueden ser sólo el preludio de los acontecimientos por venir. Una caída de la Bolsa de Valores en Nueva York podría ser el disparador.

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A cualquier escritor de ficción financiera le quedaría fácil establecer el escenario: una sobrevaloración de acciones basada en creencias infundadas sobre el impacto de la nueva tecnología en la productividad y un exceso de confianza en el modelo estadounidense, se mezclan con una fragilidad financiera global que se evidencia en una crisis en Asia, un Japón moribundo y una Rusia caótica. La mezcla es letal. Lamentablemente, esto podría ser mucho más que ficción. Nadie debería sorprenderse si el verdadero capítulo final en la historia de la globalización de los años 90 es la caída de Wall Street, justo a tiempo para el septuagésimo aniversario del drama de 1929.



Lo que espera a Estados Unidos no es un espectáculo que el resto del mundo pueda observar tranquilamente, mientras se entrega al goce ante el dolor ajeno.



De un nuevo "martes negro" a una depresión mundial no hay más que un paso. ¿Por qué? Europa no tiene opciones de política para responder, pues su situación fiscal es débil y el nuevo Banco Central Europeo está enredado con su falta de efectividad y una obsesión pasada de moda por combatir la inflación. Japón será incapaz de responder, pues su gobierno ni siquiera puede mantener su propia economía a flote. En Estados Unidos, donde la confianza es excesiva y exuberante en estos momentos, ¿quién se sorprendería si la economía simplemente se derrumba después de una implosión del mercado de acciones?



Este es un bosquejo de la depresión, próxima a ocurrir. Pero no crean en ella, dirán algunos: sus ingredientes son exagerados, el desastre no está cerca.



Las acciones en la Bolsa de Nueva York están sobrevaluadas. De acuerdo con cualquier definición tradicional, tenemos entre manos una burbuja. El valor de las acciones es casi el doble del PIB, más que nunca antes en la historia y por lo menos un 25% por encima del tope de la burbuja de Japón, hace una década. Según la estimación de la Reserva Federal, las acciones están sobrevaluadas en un 40%. Ahora, la Reserva Federal debe preocuparse acerca de cómo frenar el crecimiento de Estados Unidos. Tres años con crecimientos del 4% en una economía a pleno empleo equivalen a buscar problemas inflacionarios.



Del lado de la oferta, cualquiera que sea la verdad sobre una mayor productividad o un desplazamiento hacia arriba de la tendencia de la producción, la historia final no es muy buena. Pero del lado de la demanda, las ganancias en el mercado de acciones en los últimos dos años continúan impulsando el gasto y, por ende, el crecimiento. Se espera que la Reserva Federal empiece a incrementar sus tasas en los próximos meses. En el pasado, ninguna expansión de los Estados Unidos ha muerto de vejez en su cama: todas han sido masacradas por la Reserva Federal. Con alguna suerte, esta vez el juego será diferente ­el problema de la inflación aún no es tan agudo y por tanto las restricciones graduales y a tiempo pueden producir una desaceleración en lugar de una recesión. Y esto es lo que necesitamos en el frente inflacionario. No hay excusa para que la Reserva Federal incite una recesión abierta.



Pero este escenario puede ser demasiado benigno. ¿Qué tal si el mercado de acciones no se asusta ante la perspectiva de tasas de interés más altas? Entonces, el juego será mucho más complicado. Primero, los intereses aumentarán fuertemente y después, para rematar, el mercado de valores se derrumbará. Las altas tasas y una profunda caída de las acciones, de 20% ó 30%, seguramente acercarán la economía estadounidense al cero crecimiento, o algo peor. En sí mismo, esto no es terrible, pero nadie puede garantizar que no empeorará. Con una vulnerabilidad financiera extendida por el globo, nadie puede asegurar que Estados Unidos y el mundo entero no terminarán como Japón: un día en la cima del mundo y al siguiente entre los desechos.



Hay buenas razones para pensar que la fase problemática que espera a Estados Unidos será limitada. Primero, y a diferencia de cuando explotó la burbuja japonesa, los balances de los bancos estadounidenses son buenos y la finca raíz no está sobrevalorada. Esto limita las consecuencias del aumento de las tasas de interés y el derrumbe de los precios de las acciones. Si las cosas van mal, tienen remedio; un gran excedente en el presupuesto es una invitación a hacer grandes recortes de impuestos, que en Estados Unidos sí funcionan y lo hacen rápidamente. Si las cosas se vuelven demasiado complicadas, la Reserva Federal volverá a bajar las tasas.



La época podría ser tormentosa, como siempre lo es que las economías se recalientan. Pero es más probable que la gente diga que esta vez todo es diferente -últimas palabras que serán famosas y recordadas si el pronóstico es incorrecto.



Lo que espera a Estados Unidos no es un espectáculo que el resto del mundo pueda observar tranquilamente mientras se entrega al goce ante el dolor ajeno. El resto del mundo encontrará difícil desligarse de los acontecimientos de Estados Unidos. La desaceleración en Estados Unidos limita las posibilidades de una reactivación en el resto del mundo y recorta las esperanzas de un crecimiento adicional desde Asia hasta Europa. En América Latina, y de manera más general en los mercados emergentes, habrá gran presión. Los episodios de ajuste financiero en los países desarrollados y la caída de mercados de valores atemorizan a los inversionistas del mercado de valores. ¿Quién querrá tener posiciones en Ecuador y Polonia cuando la Bolsa de Valores de Nueva York se derrumbe?



Hemos tenido una breve prueba de todo esto hace unas semanas, cuando la Reserva Federal señaló su preocupación por las perspectivas de crecimiento e inflación. También está vigente, por supuesto, la pregunta del dólar. Si una caída del mercado de valores de Estados Unidos es ampliamente interpretada como el final de una maravillosa expansión, muchos saldrán a vender dólares. Esto no es un gran problema para Estados Unidos, pero definitivamente sí lo es para Europa donde el dólar fuerte ha funcionado como programa de empleo. Lo mismo ocurre en Asia, donde el yen es ya demasiado fuerte para una economía que está medio muerta. Las crisis financieras de los últimos tres años pueden ser tan sólo preludios de los grandes acontecimientos por venir.



* Profesor de MIT y autor de reconocidos libros de macroeconomía.

© Project Syndicate, 1999
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