Opinión

  • | 2010/11/12 12:00

    Viene la crisis de alimentos

    Está en ciernes una nueva crisis mundial de alimentos. La cuestión es cuándo.

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Desde el mes de junio han aumentado los precios internacionales de todos los productos agropecuarios que son insumos importantes para la producción de alimentos. Los cereales han subido 45%, con alzas especialmente pronunciadas en los casos del trigo y el maíz. El azúcar ya batió todos los récords de los últimos 30 años. La carne ha subido en forma menos dramática, pero su precio ya está por encima de los picos de hace dos años. Según la FAO, el brazo de las Naciones Unidas en esta materia, la canasta mundial de alimentos en los mercados internacionales ha tenido un aumento de precios de 21% en los últimos cuatro meses, y de 42% desde febrero de 2009. ¿Se acuerdan de los gobiernos derrocados y las revueltas en Haití, Bangladesh y otras decenas de lugares hace unos pocos años? Pues bien, estamos a menos de 8% de los picos de precios que se alcanzaron a mediados de 2008, cuando ocurrieron estos eventos.

Se han conjugado múltiples razones para producir la situación actual. El crecimiento de los países emergentes está empujando la demanda de productos básicos. La capacidad de compra de los consumidores de China está aumentando cerca del 10% anual, y sus patrones de consumo se están reorientando hacia carnes y alimentos elaborados que utilizan más productos básicos. El uso del maíz para la producción de etanol en Estados Unidos ha seguido aumentando y absorbe ya más de una cuarta parte de la oferta de granos.

Pero no se trata solamente de que la demanda mundial de productos agrícolas esté creciendo. La oferta no está dando abasto y se ha vuelto menos predecible. Las inundaciones en Tailandia afectaron la producción de arroz, las sequías en Rusia y Ucrania dañaron las cosechas de trigo, y el exceso de lluvias perjudicó los planes de siembra de maíz en Estados Unidos. No hay evidencia definitiva de que esta mezcla de shocks se deba al cambio climático global, pero sí está claro que, debido a la concentración de la producción mundial en pocos países, estos fenómenos seguirán teniendo efectos muy disruptivos en los precios internacionales.

El problema lo agravan los escasos inventarios de productos agrícolas y la tendencia de algunos de los grandes productores mundiales a imponer restricciones a las exportaciones cuando tienen problemas de oferta.

Consistente con este panorama, la volatilidad implícita de los precios internacionales de los productos agrícolas está indicando que los precios de los futuros no deben tomarse como una guía confiable de lo que puede ocurrir en los próximos meses.

Por si todo esto fuera poco, no se puede descartar que la agresiva política monetaria adoptada por Estados Unidos para estimular la economía induzca a los inversionistas financieros a competir por los escasos inventarios, generando burbujas de precios.

La peor reacción posible frente a la amenaza de una crisis de alimentos sería el pánico. Por pánico, muchos países acumularon inventarios en exceso en medio de la escasez. Por pánico, los consumidores -incluso en algunos lugares de Estados Unidos, donde abunda la comida- vaciaron los almacenes y fue preciso limitar las compras de algunos productos. Aprovechando el pánico, en muchas regiones pobres del mundo los especuladores hicieron su agosto. Y los intentos de los gobiernos por controlar los precios o distribuir comida gratuita o subsidiada para calmar a la población no hicieron más que agravar la escasez y el desperdicio.

Es prudente prepararse de inmediato de diversas maneras. El comercio de importación y exportación de productos básicos debe liberarse de restricciones y demoras en las aduanas y puertos. Los sistemas domésticos de distribución deben estar preparados para resolver rápidamente situaciones de escasez local y para responder a posibles aumentos en la demanda de los productos agrícolas nacionales que no se comercializan internacionalmente. Los gobiernos pueden prever acuerdos de estabilización de precios con los grandes distribuidores para evitar fluctuaciones abruptas de los precios domésticos, como lo hizo México en 2008.

Para complementar toda esta estrategia, deben montarse campañas de información para que el público conozca la situación internacional y entienda que las repercusiones de una posible crisis, aunque no son despreciables, distan de ser alarmantes. Y, lo más importante, deben tenerse a punto los sistemas de transferencias focalizadas para los hogares más pobres con el objeto de compensar con mayores subsidios en dinero el posible encarecimiento de la canasta de consumo. Más vale prevenir que lamentar.

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