Opinión

  • | 2008/06/06 00:00

    Valor y precio

    La nueva "ciencia de la felicidad" permite valorar muchas cosas que no tienen precio, como los amigos, la salud o un título universitario.

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"No hay que confundir valor y precio; un manjar puede ser cualquier bocado", dice una vieja canción de Serrat que evoca lecciones maternas conocidas por todos. No tenemos con qué pagar muchas de las cosas cruciales de la vida como las amistades, o la salud, o el privilegio de tener un empleo gratificante, o la seguridad de que no va a faltar nuestro plato en la mesa.

Muchos de los factores que influyen en la satisfacción con la vida no tienen un precio, puesto que no se pueden comprar ni vender. Tampoco se le puede preguntar a la gente qué valor le darían a la amistad o a la salud; la sola pregunta sería ofensiva. Pero sí es posible preguntar sobre la importancia que conceden las personas a distintas cosas, incluyendo el ingreso. Y de esta forma es posible deducir, en comparación con el ingreso, el "valor" de cada cosa.

Más exactamente, el método que ha desarrollado la nueva "ciencia de la felicidad" para valorar todo tipo de cosas consiste en calcular la pérdida de satisfacción con la vida que sufre alguien cuando pierde algo importante, y encontrar cuánto ingreso adicional habría que darle para que vuelva a tener el mismo nivel inicial de satisfacción.

Utilizando un poderoso sistema de encuestas de calidad de vida creado por la Organización Gallup, un estudio del BID, que será publicado en unos meses, ha calculado el valor de algunas de las cosas importantes en la vida. Aparte de ser reveladores, estos cálculos pueden ayudar a definir prioridades de política y de gasto público, utilizando como criterio el bienestar de la gente.

Considérese el caso de una latinoamericana promedio de 30 años. Ella tiene un empleo en el que gana unos US$160 mensuales, más o menos lo mismo que su esposo, y eso les alcanza para pagar los alimentos y la vivienda que, aunque muy modesta, tiene todos los servicios básicos. Ella tiene buena salud y, claro, como la mayoría de los latinoamericanos de su edad, tiene un teléfono celular para mandarles mensajes a sus amigas, a quienes aprecia mucho, y resolver mil cuestiones prácticas.

Si esta mujer se quedara sin amigos, su satisfacción con la vida se desplomaría, al punto de que si alguien quisiera compensarla por esa pérdida para que se sintiera igual de bien, tendría que elevarle su ingreso a unos US$1.200, es decir más de siete veces. Con razón ella diría que la amistad no hay con qué pagarla.

Si perdiera su salud, su ingreso tendría que elevarse a unos US$600, que es más que su salario. Si perdiera su empleo, tendría que recibir US$260 mensuales, cifra que también supera lo que le pagan de salario porque el empleo no es sólo una fuente de ingresos, sino también de relación con los demás y de realización de las capacidades personales. Y si no le fuera posible volver a usar nunca más su celular se sentiría bastante mal, tan mal que solo con el doble de ingreso volvería a sentirse más o menos como antes.

La estabilidad de los ingresos es más importante que el nivel de ingreso. Si esta pareja recibiera el mismo ingreso pero en forma impredecible, podría haber momentos en que no podrían pagar los alimentos o la vivienda. Esas penurias solo quedarían compensadas si sus ingresos promedio fueran multiplicados por diez.

Por último, un resultado paradójico, pero muy ilustrativo. Si ella lograra un título universitario sus ingresos podrían bajar a la mitad, pues su enriquecimiento intelectual y social sería una fuente de satisfacción.
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