Opinión

  • | 1999/07/16 00:00

    Una oportunidad de oro

    Los países más pobres del mundo necesitan una condonación total de sus deudas para volver a empezar.

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Los países ricos que en junio se reunieron en la cumbre económica del G-7 en Colonia, tenían algunas cosas interesantes para manifestar acerca de sus relaciones con los países pobres. Primero, reconocieron -sin haberlo admitido nunca realmente- que sus tempranos esfuerzos para disminuir la deuda de los países en desarrollo habían fracasado. Por tanto, señalaron el inicio de un nuevo programa y repitieron inmediatamente la iniciativa de Colonia, para reducir aún más la carga de deuda de los llamados Países Pobres Altamente Endeudados (PPAE). Segundo, ordenaron al Fondo Monetario Internacional (FMI) y al Banco Mundial repensar sus estrategias de desarrollo para así enfocarse más en problemas sociales, especialmente en salud y educación.



Obviamente, uno podría ser bastante cínico acerca de ambos anuncios. Después de todo, durante muchos años ha sido claro para la mayoría de observadores objetivos, que los países ricos no tenían ninguna estrategia realista para reducir las impagables deudas de los países pobres; sin embargo, a esos críticos se les dijo que fueran pacientes y que todo estaría bien. Más aun, probablemente sólo los ministros de Hacienda del G-7 podrían haber pensado que el Fondo Monetario Internacional y el Banco Mundial estaban haciendo un buen trabajo en los países más pobres. En realidad, su récord es con frecuencia desastroso o simplemente irrelevante. En particular, el FMI no tiene una estrategia para el desarrollo económico a largo plazo, a pesar de que Estados Unidos le ha asignado al FMI un papel principal en el desarrollo económico en docenas de países pobres.



Otra razón para este cinismo es que el G-7 no se movió principalmente bajo su propia iniciativa, sino que más bien lo hizo en respuesta a un creciente llamado de la sociedad civil internacional para actuar en favor de los más pobres del mundo. El crédito para la iniciativa de Colonia se dirige fuertemente hacia Jubileo 2000, un movimiento mundial de origen popular basado en el concepto bíblico del jubileo, en el cual las deudas impagables deberían ser perdonadas para así permitirle al deudor tener un comienzo fresco en la vida. El movimiento Jubileo 2000 tiene adeptos en todo el mundo, incluyendo al Papa Juan Pablo II, cantantes de rock como Bono del grupo irlandés U2 y las organizaciones no gubernamentales que representan muchas religiones y profesiones.



Sin embargo, debemos movernos más allá del cinismo y aceptar la nueva iniciativa de Colonia, en especial para empujar a los países miembros del G-7 a hacer todo lo que sea necesario para que esta iniciativa sea exitosa. Los detalles de esta iniciativa anunciados en Colonia fueron decepcionantes, pero todavía pueden cambiar bajo la presión pública internacional. Por lo menos, la iniciativa apuntó en la dirección correcta.



La motivación por medidas urgentes a favor de las naciones más pobres es clara. Los 42 países que forman parte de la iniciativa del PPAE (Países Pobres Altamente Endeudados) tienen una población combinada de alrededor de 700 millones, de los cuales cerca de 525 millones viven en Africa. La población de los PPAE combinada tiene una expectativa de vida de alrededor de 50 años, comparada con 78 años en los países ricos. Alrededor de un tercio de los niños están desnutridos y muchos de ellos sufrirán una vida adulta llena de limitaciones físicas y cognitivas. Muchos nunca podrán siquiera terminar la primaria o podrán jugar un papel efectivo en la sociedad moderna. Las infecciones son galopantes, incluyendo una epidemia de sida que mató alrededor de dos millones de personas en Africa el año pasado y la malaria que cobró la vida de más de un millón de personas.



Una exitosa iniciativa de Colonia construiría sobre los siguientes conceptos. Primero, las deudas de los países que sufren de extrema pobreza y enfermedades se condonaría completamente. Alrededor de 25 países, de los 42 PPAE, probablemente necesitarían una completa condonación de su deuda. Segundo, el Programa de las Naciones Unidas para el Desarrollo (PNUD) y el Banco Mundial, en lugar del FMI, deberían tomar el liderato en la ayuda hacia estos países. Tanto el PNUD y el Banco Mundial ayudarían a garantizar que el perdón de la deuda abra el camino hacia programas ambiciosos de mejoramiento social con un enfoque en salud y educación.



El PNUD debería transformar sus reportes anuales sobre Desarrollo Humano en directrices concretas para la acción social, para así ayudar a asegurar que cada país empobrecido tenga los recursos adecuados para proveer programas efectivos de vacunas para niños, prevención del sida, comidas para niños empobrecidos, mejoras en el acceso a agua potable y tratamientos médicos para la madre y su hijo. El PNUD también debería tener la tarea de coordinar las agencias especializadas de las Naciones Unidas a favor de los más pobres del mundo y asegurar que organizaciones claves como la UNICEF y la Organización Mundial de la Salud (OMS) tengan el acceso y los recursos financieros para poder llevar a cabo sus misiones.



Hasta ahora, los anuncios de la cumbre de Colonia se quedaron cortos en estos objetivos. Las propuestas de alivio de la deuda son todavía muy pequeñas. El papel del FMI sigue siendo muy grande. Las metas de salud pública están todavía muy abajo en la lista de prioridades. Pero debemos mantener las esperanzas y la presión sobre las organizaciones internacionales y los países ricos. Las acciones internacionales ya han empujado al G-7 hacia una nueva y esperanzadora dirección.



Con un movimiento mundial continuado a favor de la justicia global y el desarrollo económico, aún es posible alcanzar un programa mucho más ambicioso para los pobres del mundo.
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