Opinión

  • | 2004/10/01 00:00

    Una ojeada a Argentina

    Quien más se compromete con un modelo que lleva al abismo, más se va al fondo. Argentina fue lo más cercano al paradigma que impuso el neoliberalismo y así le fue.

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Se volvió costumbre utilizar el caso argentino como paradigma del fracaso político económico y tratarlo como referencia para compararlo con Colombia. Hay que recordar que ese país fue de lejísimos el más próspero de América Latina. Al comienzo del siglo XX, estaba entre las cinco economías más importantes del mundo y sus habitantes eran vistos como los jeques árabes hoy. No son pocas las anécdotas como la de que llevaban ganado vivo en los barcos cuando iban a Europa para así comer solo la carne que les gustaba. Sus niveles de riqueza superaban los de muchas economías posteriormente desarrolladas como Canadá, Australia, Japón, Corea, etc., pero también los de varios países representativos del avanzado capitalismo occidental, como España, Italia, Holanda o Suecia.

De manera menos marcada pero aún bastante privilegiada era su posición después de la Segunda Guerra Mundial, cuando los latinoamericanos eran los potentados en Europa y los argentinos la élite de entre ellos.

Tanto cultural como demográficamente, la migración extranjera conformó su población mayoritaria y sus raíces, principalmente italianas, alemanas e inglesas, los acercan más a Europa que a Latinoamérica.

Con el componente del populismo peronista (o justicialismo) se homogeneizó una clase media ampliamente mayoritaria, inusual en nuestros países y, aunque venidos bastante a menos, a finales de los 80 contaban con un ingreso per cápita mucho mayor y una distribución del ingreso mucho mejor que el resto del subcontinente.

Pero como dice el dicho, 'entre más grandes, más duro caen'; y, en este caso, quien más se compromete con un modelo que lleva al abismo, más se va al fondo. Argentina fue lo más cercano al paradigma que impuso el neoliberalismo y así le fue.

A finales de los 90, los resultados producidos por el modelo, allá y en todas partes donde fue aplicado (en especial en América Latina), obligó a aceptar su fracaso en lo económico y en lo social. Se podría hablar de ella como una segunda etapa en que se reconocen los efectos devastadores de una política económica errada que, por sus mismos efectos, requiere suspenderse y hacer una evaluación con la consiguiente concreción y limitación de sus daños.

Como ejemplo, pero también como el aspecto más determinante, lo que sucedió en el sector financiero. Por un lado, con el llamado 'corralito', los depósitos de todos los ciudadanos compartieron el problema y, por otro, los bancos asumieron efectivamente buena parte de las pérdidas. El Estado reconoció que todo el sistema financiero era uno solo y que, por tener él el control y ser la autoridad, fue el responsable de la crisis; buscó así repartir los daños en proporción a las culpabilidades, reconociendo que, excepto en caso de actividades delictivas, los mismos administradores debían continuar en sus entidades por ser los más interesados y más competentes para manejar la situación. Aunque hoy los ahorradores están pendientes de qué porcentaje del valor de los depósitos será reconocido y hay demandas entabladas por los afectados, y a pesar de haber sido un proceso caracterizado por las sucesivas crisis políticas, se puede decir que se dio un manejo responsable y se buscó ser justo en el tratamiento del problema.

Asumiendo que se acepta esta división en etapas previas, la una correspondiente a haber implementado a fondo el 'Consenso de Washington' con sus consecuentes resultados (de llegar a una crisis), y la otra de detener el proceso para definir cómo se corrige (consolidando y delimitando los estragos), lo más interesante es estudiar la etapa de recuperación para ver cómo se orienta y cómo se implementa (y qué resultados va produciendo).

Como en todas partes, la corrupción y sobre todo la de la clase política, es lo que más destaca la gente. Pero por ser una sociedad correctamente politizada (en el sentido de buscar entender y opinar sobre las razones que llevaron a la crisis para de ello derivar conclusiones, y no de pensar solo en de qué individuo depende el que se pueda salir de ella), parece haber entre los argentinos la conciencia de que las políticas desacertadas crearon la situación que les tocó vivir; esto ha llevado a considerar al FMI y a las políticas complementarias neoliberales (apertura a las importaciones, privatizaciones, etc.) como la causa de los males. Una decisión de la actual dirigencia, respaldada, hasta donde se siente, por la ciudadanía, es que ni el modelo 'Consenso de Washington' ni la tutela del FMI dirigirán el país.

Esto se manifiesta en la posición asumida según la cual, contrario a otros países y a lo impuesto por el sector financiero internacional, la llamada 'deuda social' es la prioridad absoluta, por lo que la deuda externa y la 'estabilidad macroeconómica' pierden prelación.

Igualmente se retoma el interés en la demanda como motor de la economía y como respuesta a las necesidades sociales. Las políticas salariales y las de producción se orientan a mejorar la capacidad adquisitiva de los nacionales y la disponibilidad de bienes que respondan a las necesidades internas. No es alrededor del sector externo -inversión extranjera, mercados de exportación, financiación internacional- que se monta la economía, sino alrededor del potencial y del crecimiento interno. Se llegó incluso a pensar en la reducción del IVA, aunque la idea se abandonó por ser demasiado el peligro que las empresas no trasladaran la reducción al consumidor.

Se intenta reducir el presupuesto por el lado de egresos 'adelgazando' el Estado, pero no para quitarle funciones, ni para disminuir su importancia ante el mercado, sino para bajar gastos liberando posibilidades de pago de la deuda. Pierde carácter de dogma la independencia del Banco Central y tanto su administración como su orientación son vinculadas a las políticas de gobierno.

Y en forma curiosa (pero se podría pensar que con gran consistencia), a pesar del flagelo en que se ha convertido la delincuencia -en particular los secuestros-, no parece intentarse solucionarlo con grandes inversiones en 'seguridad' (aumento de poder armado y políticas represivas o 'antiterroristas') sino reconociendo que su principal fuente ha sido la crisis, y que el uso más eficiente de los recursos es destinarlos a subsanarla.

Los resultados finales los dirá el tiempo pero vale la pena ver en qué van:

En 2 años pasaron de -12% a +8,5% de variación anual del PIB. Es fácil que a una gran caída sigan altas cifras de recuperación, pero en este caso también para este año el crecimiento previsto era del +6,5%, superando además el primer semestre ya el +9%.

No tienen la incertidumbre de si se llegará a la moratoria, sino la expectativa contraria, en el sentido de que el remate de la negociación de los bonos de la deuda en default producirá automáticamente un relanzamiento de la economía.

Tienen superávits primarios y crecientes, pero prudentemente destinan solo una parte de ellos al pago de la deuda (3% sobre el 3,2% proyectado) para que algo quede para contribuir al crecimiento interno.

La pobreza disminuyó este año del 47,8% al 44,3% y la indigencia del 20,5% al 17%.
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