Opinión

  • | 1999/01/29 00:00

    Una nueva ilusión

    La paz es la prioridad, pero lograrla requiere algunas confrontaciones que el Plan de Desarrollo parece rehuir.

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"Cambio para construir la paz" será el plan de desarrollo del actual gobierno, una vez reciba la bendición del Congreso. El plan tiene grandes virtudes, en especial el hecho de afrontar los problemas reales del país, como la violencia y el deterioro de las instituciones. Pero en su búsqueda de paz, el plan parece rehuir todo tipo de confrontaciones, incluso las que serían necesarias para resolver el problema.



El plan se basa en este diagnóstico: el conflicto social es el resultado de la falta de cohesión social y de la inequidad, lo cual impide la acumulación de capital social. Es un diagnóstico sugestivo, que justifica por qué la paz debe ser el objetivo central del plan. Pero no es una buena explicación del problema de violencia que se quiere resolver. En la mayoría de indicadores de cohesión social o de desigualdad, Colombia es un país promedio dentro del contexto latinoamericano. La desconfianza en los demás o la apatía no son males exclusivos de los colombianos y tampoco lo son la mala distribución de la propiedad o del ingreso.



Sin embargo, los niveles de violencia de Colombia superan de lejos los de cualquier otro país. Algo falta en la explicación.



Por sorprendente que parezca, el plan prácticamente no presta atención a los problemas derivados del narcotráfico ni a las prácticas de rapiña colectiva que se han desarrollado alrededor de las diversas fuentes de rentas no reguladas con que cuenta el país --cocaína, heroína, esmeraldas--, o tan mal reguladas y tan pobremente protegidas que dejan un espacio enorme para la interferencia política, el conflicto y la extorsión, como el petróleo. El terreno está abonado para la violencia.



Un diagnóstico alternativo pone el énfasis en la abundancia de rentas y en los amplios espacios que quedan abiertos a la pugna distributiva y a la politiquería por debilidad de las instituciones, falta de claridad de las normas e incapacidad de los aparatos de represión y justicia.



¿Hace esto alguna diferencia práctica? Sí, y mucha. Del diagnóstico oficial se deriva la necesidad de un flamante "Fondo de Inversiones para la Paz", que será la delicia de los políticos y de los guerrilleros. También se derivan multitud de programas oficiales para aumentar el capital humano, la confianza y la participación ciudadana.



Según el plan, todo esto ampliará el capital social y la capacidad productiva, mientras que la demanda vendrá de una estrategia exportadora. Nada de esto es equivocado ni secundario, pero no funcionará si el diagnóstico alternativo tiene alguna validez. Antes de darle la bendición al nuevo plan, sería bueno pensar cuáles serían las implicaciones de política de este diagnóstico alternativo.



Esta columna no compromete al BID, entidad a la cual se encuentra vinculado el autor.
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