Opinión

  • | 1999/12/03 00:00

    Una nueva estrategia cambiaria

    Los mercados internacionales de capitales indican que el modelo del banco central dejó de ser viable.

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Del período que siguió a la crisis financiera de México, Rusia, Brasil y a lo largo de Asia, pueden resultar lecciones para las estrategias de tasas de cambio en todo el mundo. La periferia europea debela adoptar el Euro sobre una base de "cajas de conversión" o "currency boards". Países como México deberían seguir el ejemplo de Argentina con un "currency board" que utiliza el dólar. En el caso de México el mensaje es claro. Por razones geográficas y de integración de los mercados de capitales, no tiene sentido operar un banco central que es bueno, pero no lo suficientemente bueno para evadir primas significativas sobre las tasas de interés mexicanas.

Los bancos centrales de los mercados emergentes ya han tenido su cuarto de hora: ahora deberían abrir el paso a la moneda dura como la mejor y única estrategia de desarrollo. La moneda dura no solo significa un banco central independiente, con una opción de depreciar la moneda. Significa NO tener un banco central.

Las cuentas de capital abiertas han acabado con aquellos países que establecen sus tasas de interés de forma independiente; la inflación endémica y las políticas de devaluación (o catástrofes) han debilitado las posibilidades de crecimiento sostenido en muchos lugares. A lo largo y ancho del globo, los sectores privados han cambiado espontáneamente hacia el dólar, para alejarse de las políticas de expropiación de sus gobiernos.

Prioridad: moneda dura

Es hora de tener una agenda que incluya como prioridad la moneda dura. La mayoría de las economías

de mercados emergentes no puede convencer a sus habitantes, o al mercado de capitales, de que las instituciones nacionales son capaces de entregar dinero de primera clase sobre una base sostenible - ni Italia ni España pudieron hacer esto y por tanto se han beneficiado enormemente del ECU (Unidad Monetaria Europea). Hacer outsourcing de los servicios monetarios por medio de "currency boards" es la estrategia correcta.

Durante la década pasada, dos desarrollos han debilitado las razones para una banca central nacional. Primero, hemos experimentado un repentino aumento en la integración de los mercados de capitales y una desregulación financiera interna. Estos desarrollos aumentan el costa de los errores de política del banco central. En efecto, el costo de los errores en las políticas es mucho más catastrófico que los terremotos u otros peligros tradicionales.

En segundo lugar y muy relacionado con lo anterior, se ha abusado de la posibilidad que tiene la política monetaria para crear beneficios de empleo duradero, hasta el punto de ser eliminada. De un país emergente a otro, la inflación ha venido en aumento hasta el extremo, incluso hasta la hiperinfiación. Tener un banco central es ahora una carga. La idea de que un banco central podría bajar las tasas de interés más allá que las establecidas por el Banco Central Europeo o la Reserva Federal de Estados Unidos es inconcebible. El mercado de capitales mundial cobra una prima alta por la opción de practicar devaluación e inflación. El desarme incondicional y unilateral del banco central es la mejor opción para economías periféricas y en desarrollo. Aún permanecen asuntos técnicos que deben enfrentarse. Por encima de todo, está la sensatez fiscal que requiere un "currency board". Segundo, ¿no existe la necesidad de un sólido sistema bancario antes de que un país adopte un "currency board"? Tercero, ¿qué pasa con el prestamista de último re curso, papel protagonizado por los bancos centrales? Y también, ¿hay suficientes reservas dentro de un país para iniciar el proyecto? Luego, seguramente habrá una pérdida de flexibilidad en términos de tasas de cambio y dinero. Finalmente, no es esta estrategia, en última instancia, rotundamente peligrosa en el sentido de que congénitamente, América Latina es incapaz de encargarse de cumplir cualquier compromiso; en otras palabras, el tema de la credibilidad.

Una y otra vez, por medio de monedas sobrevaluadas, la prensa escrita y los préstamos, los gobiernos tratan de ofrecer una prosperidad artificial. Tarde o temprano fracasan. Un "currency board" corresponde a un compromiso de no cambiar la tasa de cambio y de no emitir moneda sin respaldo. ¿Quién cree ahora que allí existe la disciplina plena para hacer justamente eso?

Argentina es un ejemplo en este punto. Ya sea por la desilusión de haber tratado y fracasado con todas las otras opciones, o por el absoluto éxito del Plan de Convertibilidad, nadie volvería al peso manejado por el banco central. Quienes argumentan que América Latina es incapaz de tener disciplina y que por tanto debería ceñirse a las políticas del FMI, no les dan suficiente valor a los profundos cambios de la última década, que ahora piden un marco mucho más formal para cosechar los beneficios del futuro. Esto es particularmente cierto para México.

Con un año de elecciones por delante, todos se preguntan si México seguirá otra vez su patrón de un sexemo de crisis cambiarla. La idea no es descabellada; el patrón histórico es tan convincente como el hecho de otra importante apreciación real de la moneda. Pero esta vez es improbable: la incertidumbre política ya está resuelta, desde que Labastida, el candidato del PRI, disfrutará seguramente una victoria arrolladora. El ambiente externo también está calmado. Esto deja tan solo a las incertidumbres domésticas como amenaza. Aquí las noticias son favorables: no habrá una gran sobrevaluación ni grandes déficits presupuestales, pero sí el beneficio de una tasa flexible que puede moverse pero no derrumbarse. Aparentemente a México le va bien y no debería tener que enfrentar pasos nuevos y audaces. Pero esta conclusión es discutible.

México paga una alta prima en los mercados de capitales. Esta prima incrementa el costo de capital y disminuye la competitividad y los salarios reales. En los mercados emergentes, los costos de capital explican un más alto costo total que en los países ricos y el impacto de la competitividad merece especial atención. Al mismo tiempo, México ha sucumbido a un patrón permanente de mal desempeño en el crecimiento: 1,5% por año en los 80; casi un 3% anual en los 90. La tasa de crecimiento del producto escasamente excede la de la fuerza laboral, por lo que la pobreza, desempleo, informalidad y el crimen aumentan diariamente.

El próximo gobierno mexicano debe salirse de la actual estrategia propensa a la crisis. El presupuesto no ofrece ninguna respuesta, ya sea con más o con menos austeridad. La depreciación de la moneda o aventuras similares no irán muy lejos. Un alto crecimiento involucra una mayor tasa de inversión y esto significa una mejor situación en los mercados de capitales mundiales e internos. La única manera de llegar allá es con un cambio radical en la moneda de riesgo mexicana. El cambio hacia un "currency board" puede hacer milagros, nada más lo hará.
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