Opinión

  • | 1999/07/02 00:00

    Una inversión indispensable

    Aun bajo condiciones de pleno empleo, se justificaría aumentar la inversión en seguridad. Pero en las actuales circunstancias económicas, no hacerlo sería imperdonable.

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¿Cuál es la principal carencia de la población colombiana? No doy premio por la respuesta, porque es demasiado fácil: la seguridad. Antes que los alimentos, la salud, la educación o la vivienda, la seguridad debería ocupar el primer lugar entre las "necesidades básicas insatisfechas". Por ese criterio, éste es, seguramente, el país más miserable del mundo.



Y no se trata de una carencia elitista. La gente con verdadero dinero puede vivir en Nueva York o París y aparecerse por acá de vez en cuando, digamos para cada cumpleaños de Gabo o cada posesión de un Pastrana. Y los ricos que, con mucho mérito, insisten en quedarse en Colombia, viven y trabajan en sus propios bunkers y se desplazan rodeados de ejércitos de guardaespaldas.



No nos digamos mentiras. Los que hoy padecen la inseguridad más dolorosa y humillante son los campesinos, que se acuestan y se despiertan temblando por la posibilidad de caer en la próxima matanza de los paramilitares o de la guerrilla. Son los obreros y los empleados a quienes la delincuencia común puede robar y acuchillar impunemente en cualquier punto del trayecto de sus casas al trabajo o a la escuela. Qué digo en el trayecto, en sus propias casas. Y, desde luego, la clase media, que ahora sabe que no está segura ni en las iglesias, durante siglos consideradas santuarios.



Ahora bien, la seguridad es un bien que en un país respetable sólo el Estado puede proveer a escala social, porque de otra manera se cae, como ya lo hicimos, en la degradación de los matones urbanos y los paramilitares rurales. En Colombia, el Estado viene fallando miserablemente, y cada vez más, en proveer a la sociedad uno de los pocos bienes que ninguna persona razonable propondría que sea privatizado.



La razón para mencionar el asunto en esta columna económica es que me parece que Colombia, cegada por una miope ortodoxia fiscal y la aspiración razonable pero un tanto ingenua de "aumentar la eficiencia del gasto en seguridad" antes de permitir cualquier aumento del gasto, está ya muy cerca del infierno. Y, todavía peor, se obstina en seguir avanzando rápidamente hacia allá, por un camino empedrado de las célebres buenas intenciones.



No tengo mucho espacio, de manera que voy a exponer sin más mis tres puntos básicos. El primero es que para Colombia invertir en seguridad no es un despilfarro, sino que implica un aporte al bienestar muy superior al que se lograría mediante la producción de cualquier otro bien o servicio. Un soldado, un policía extra pueden producir algo mucho más valioso, precisamente por ser tan escaso, que cualquier bien material. Incluso si para proveer más seguridad tuviéramos que sacar a unos campesinos del surco, a unos obreros de las fábricas y a unos empleados del comercio y las oficinas, sacrificando la producción, se justificaría hacerlo.



Pero mi segundo punto es, precisamente, que hoy el verdadero costo económico de aumentar las fuerzas de seguridad es ínfimo o incluso negativo. Hoy, la alternativa no es tener que sacar a los campesinos de sus parcelas, que están abandonadas hace rato, ni a los obreros de las fábricas y a los empleados de las oficinas, de donde los están botando por millares, sino evitar que caigan en la delincuencia común, el paramilitarismo o la guerrilla.



En la actualidad, el desempleo en el grupo de población de 18 a 25 años está alrededor del 33%. Uno de cada tres hombres y mujeres en esa edad está desempleado. Y, seamos serios, sin perspectivas de mejorar su situación a corto plazo.



Mi tercer punto es que en la actual coyuntura, cuando la demanda de los hogares está famélica y la inversión privada está casi muerta, un gasto de ese tipo, financiado con crédito del Banco de la República a la Tesorería Nacional, no tendría mayor impacto sobre los precios y en cambio ejercería un efecto muy benéfico sobre el resto de la economía.



Sí, ya sé que Keynes está pasado de moda y que no se supone que un economista serio hable a estas horas de aumentar los gastos en forma deficitaria. Y menos, dirán algunos, los gastos militares.



Pero no tengo tiempo ni ganas de volver sobre esas polémicas. En este caso no se trata de contratar obreros para que abran unas zanjas que otros vayan tapando, que parece ser lo único que hoy se hace en Bogotá. Se trata de darles a miles de jóvenes la oportunidad de servir a su país con decoro, produciendo un bien realmente esencial, y de lograr, como uno de los muchos "bonos" de ese aumento de la seguridad, la reanimación de la economía y la oportunidad de una paz decorosa.



No, no me hago ilusiones de que el gasto militar sea muy eficiente. Pero mientras se hace lo posible por elevar la eficiencia, hay que trabajar con lo que da la tierra. La ineficiencia del gasto militar no puede convertirse en una excusa para seguir avanzando por el despeñadero, y menos en las actuales condiciones económicas.



Quiero insistir en que en las actuales condiciones un aumento sustancial del pie de fuerza militar y de policía tendría muy bajo costo económico. Pero no voy a presionar el punto de que el costo es nulo. Algún costo habrá, pero una sociedad que no está dispuesta a pagar el costo requerido para defenderse con dignidad se merece todo lo que le pase.
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