Una empresa manejada por el contado

| 8/3/2001 12:00:00 AM

Una empresa manejada por el contado

"Tendríamos que estar preparados para ese desastre, sí, preparados, pero ya me gustaría saber cómo se prepara una persona para encajar un martillazo en la cabeza".

por Javier Fernández Riva

Así razonaba Marta , la alfarera de La Caverna de Saramago, al sospechar que el Centro pronto dejaría de comprarle sus cacharros. Y así, me imagino, deben razonar hoy muchos cafeteros y recolectores del grano al enterarse de que esta vez la crisis no es transitoria y que muchos tendrán que abandonar su negocio u oficio de toda la vida. Porque magia no hay. El país no puede producir la mitad de café que hoy, como muchos expertos creen que será inevitable, y hacerlo con mayor productividad por hectárea y por trabajador para poder competir en el mercado internacional, mientras sigue dedicando tanta tierra y tantos brazos como antes a la caficultura.

Está bien que Dinero señale, como lo hizo en el número pasado, que los cafeteros se durmieron en sus laureles y que ahora tendrán que hacer un gran esfuerzo empresarial para sobrevivir. Pero para el país la superación de esa crisis exige mucho más que buenos empresarios y administradores. Frente a una catástrofe como la cafetera es más importante que nunca subrayar la diferencia entre los costos sociales y los costos privados de los recursos.



El trabajo y la tierra que hoy se utilizan en la agricultura tienen un costo privado que no puede cubrirse a los actuales precios pero, sin una estrategia nacional para facilitar que, cuando se produzca menos café y en forma más eficiente, esos recursos puedan dedicarse a otras actividades productivas, mucha tierra va a quedar ociosa y la mano de obra "ahorrada" irá a aumentar el ejército de desocupados.



No estoy pensando en mecanismos que frenen los aumentos en productividad para retener artificialmente esa mano de obra en la caficultura. Hasta cierto punto eso fue lo que se hizo durante décadas y nos condujo donde hoy estamos. Mucho menos pienso en programas oficiales para utilizar los recursos que van a ser liberados por el redimensionamiento y el aumento en la eficiencia de la caficultura. Tales programas solo representarían oportunidades para los ladrones y vividores de cuello blanco. Entre más corrupto y más ineficiente sea un país mayor es la superioridad del sistema de mercado como instrumento de desarrollo. De él podría decirse algo parecido a lo que Churchill dijo de la democracia: "es el peor sistema conocido, con excepción de todos los demás". Para que el mercado produzca resultados en un plazo razonable, sin que los desplazados del café y de tantas otras actividades se oxiden durante años en las bancas de los parques de la zona cafetera o engruesen las masas de "cuidacarros", se requiere superar la actual postración de la demanda agregada. Solo bajo condiciones de demanda firme quienes estarían en condiciones de emplear a esos trabajadores se animarán a hacerlo. Y eso tendrá un costo: si se eleva lo suficiente la demanda para que las empresas no cafeteras tengan el incentivo para emplear los recursos liberados por el café habrá que estar preparados para que, transitoriamente, algunos precios suban, sin que necesariamente haya otras bajas que compensen. En otras palabras, una estrategia para acelerar el ajuste de los recursos dificultaría reducir la inflación.



Quiero ser muy claro porque lo que está en juego es demasiado serio: decir que la sociedad o quienes presumen de tener su mandato encuentran "inaceptable" que, frente a una calamidad como la cafetera, se posponga la baja de la inflación para facilitar que el mercado absorba rápidamente la mano de obra desplazada, equivale a decir que se considera perfectamente aceptable la alternativa: más miseria y desempleo, quizá durante muchos años. Lo demás es paja.



No estoy proponiendo que se adopte una "política inflacionaria". Sencillamente anoto que no hay almuerzos gratuitos y que, si de verdad el país quiere que los desplazados del café y de tantas otras cosas vuelvan a emplearse, puede tener que pagar un costo en términos de una baja más lenta de la inflación, y aun de un alza transitoria.



La base para las decisiones económicas debe ser, siempre, una comparación de costos y beneficios. Hoy, con un desempleo en 18% y una inflación en 8%, un punto extra de desempleo generaría mucha más miseria que un punto extra de inflación. Pero no soy optimista: el país tomó hace rato la decisión de que la empresa nacional fuera manejada por el contador.
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