Javier Fernández Riva

| 2/21/2003 12:00:00 AM

Una ceja de luz

Hay que evitar que la guerrilla la apague, o que la cubran nuevos nubarrones sociales.

En medio de la tristeza y la angustia por las terribles desgracias y crímenes de las últimas semanas alivia poder señalar que, contrariando mis temores profesionales, y los propósitos de una guerrilla empeñada en arruinar el país para negociar sus despojos, la economía comenzó este año con buen pie. Creo que a Juan Luis Londoño, con quien comencé esta colaboración regular a Dinero hace siete años, cuando asumió la dirección de la revista y me invitó como columnista, le habría encantado saberlo, y me imagino que desde el más allá seguirá haciendo fuerza para que esa recuperación se consolide.

En enero el consumo de energía creció más de 4%. Las ventas de automóviles y de cerveza se dispararon. La construcción sigue firme, y los desembolsos de la banca crecen a un ritmo excelente. No hay razones para pensar que el crecimiento de la construcción, que apenas está asomando la cabeza del hueco en que cayó hace siete años, vaya a detenerse pronto, o que las ventas a Estados Unidos, que a finales del 2002 estaban en auge, vayan a flaquear.

Aparte de que, después de varios años de caída, el consumo y la inversión por habitante finalmente "tocaron fondo", hay dos explicaciones de la sorprendente capacidad de esta economía para asimilar golpes como la caída de las exportaciones a Venezuela, el aumento de los impuestos, el desempleo, la inseguridad laboral y el terrorismo.

La primera es la permanencia de tasas de interés reales bajas. Qué pena con los rentistas, hoy al borde del suicidio, pero si no fuera porque dejar la plata en los bancos de aquí o del exterior no rinde casi nada, muchos empresarios ya habrían tirado la toalla. Con las tasas de interés de hoy, que para depósitos a 90 días no exceden la inflación ni siquiera en un punto por año, la opción de liquidar todo y vivir de la renta, sin matarse tanto, ya no existe sino para multimillonarios. Los demás tenemos que seguir arreando.

La otra explicación es el tipo de cambio. No sé si en Colombia todavía hay quienes crean que "la devaluación tiene un efecto depresivo". Hace mucho que no encuentro en la literatura local ese tipo de afirmaciones, frecuentes hace unos años. Lo que sí sé es que las autoridades reconocen que, aunque no haya almuerzos gratuitos, el alto tipo de cambio real nos salvó de caer en el abismo.

Sin la devaluación real las exportaciones colombianas no darían un brinco frente a las brasileñas o las mexicanas, dos países cuyos empresarios distan de estar pintados en la pared y que durante el último año devaluaron como un diablo. Pero aún más importante que el apoyo de un dólar caro a las exportaciones fue su estímulo para reorientar el gasto hacia el mercado local. Pensemos no más en el renacer del turismo interno: es cierto que las caravanas de Uribe funcionaron, y que este país tiene cosas bellísimas pero ¿puede alguien dudar que en muchos casos también pesó saber que Miami se encareció para quienes ganan en pesos, y que Europa se volvió un atraco?

Hasta ahí, bien. O, como suele decir la gente en los pueblos, cuando alguien le pregunta cómo le va, "bien, por lo conformes". El problema es que el crecimiento que hoy tenemos es muy frágil y puede venirse abajo si no hay una política deliberada de cuidarlo como merece. Y eso sin mencionar que, si ese crecimiento apenas alcanza para evitar nuevos descensos en el ingreso por habitante y un empeoramiento del empleo, no bastará para que salgamos del atolladero. Podría bastar en Brasil, en México, y otros países en paz. Aquí no, porque para mantener el apoyo del grueso de la población al esfuerzo de la recuperación del orden público, cuya magnitud solo ahora comienza a apreciarse, se requiere disipar los terribles nubarrones sociales a los que se refiere el editorial de El Tiempo del lunes 17.

Nunca he creído que la guerrilla colombiana sea resultado de la pobreza y de la injusticia social, ni que una estrategia concentrada exclusivamente en la inversión social, con descuido de la militar y de policía, baste para alcanzar la paz. Pero sería necio no advertir que, más que la destrucción de unas cuantas instalaciones físicas, o la siembra del terror en la clase dirigente, el objetivo de la guerrilla es que la situación económica del país empeore, precisamente, para el grueso de la población, de tal manera que la impaciencia social crezca hasta volverse explosiva.

La guerrilla está dedicada a esa tarea infame, y la tarea más urgente de las autoridades es evitar que tenga éxito. Como mínimo habría que evitar a toda costa que los burócratas a cargo de la política económica pretendan manejarla como si estuviéramos en Suiza, dándoles un peso insuficiente al crecimiento, el empleo y la reducción de la miseria, y haciendo abortar la frágil recuperación, para atender metas secundarias que les dicte su vanidad.

Yendo un poco más allá de ese requisito mínimo, hay que garantizar que el Estado cuente con recursos suficientes para bloquear los intentos de las Farc de vencer al país por la vía del terrorismo. Si para ello se requiere usar instrumentos complementarios a los usuales de la política económica de un país en paz, tendrán que utilizarse, incluso si algunos no suenan muy elegantes.

Pero el objetivo último de la política económica, entendida en el sentido más amplio, debe ser darle una sólida expectativa de mejora en el nivel de vida de la mayoría de la población, no el día de San Blando sino dentro en un horizonte relativamente corto, que le quite a la guerrilla sus pretextos socioeconómicos, y que convenza a todos los incrédulos y apáticos de aquí y del exterior de que el orden que se defiende merece ser defendido.
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