Javier Fernández Riva

| 7/25/2003 12:00:00 AM

Una apuesta

Si el gobierno saca adelante la regresiva reforma tributaria propuesta,y el gasto público no se come los nuevos impuestos, Colombia caerá en una nueva recesión.

por Javier Fernández Riva

Veo en la "web" que muchos analistas externos se hacen lenguas del fervor fiscal del gobierno Uribe. Están descrestados, y los entiendo. Sin dejar pasar un año desde la primera arremetida tributaria el gobierno quiere, ahora, duplicar la dosis. Pero confieso que no me tranquiliza saber que se trata de los mismos analistas que, un año antes de que Argentina reventara, estaban proponiendo premios económicos para Cavallo y tres meses antes todavía estaban proyectando que ese país lograría mantener la convertibilidad.

Hay que reconocer que la segunda ola tributaria del gobierno Uribe será muy diferente de la primera. Mientras hace un año se gravó transitoriamente el patrimonio, ahora se decidió no tocar el capital y meterle mano, en cambio, al bolsillo de los más pobres. Para ello se eliminará una de las mesadas de los pensionados, sin excluir las pensiones de subsistencia, y se extenderá el IVA, a partir del próximo año, a todo lo que antes estaba exento: educación, salud, transporte público, arriendos de vivienda y alimentos no procesados.

La extensión del IVA se hará a una tarifa baja, introductoria. Propongo una apuesta fácil, adicional a la apuesta de fondo de esta nota: antes de que termine el gobierno se descubrirá que "la multiplicidad de tarifas de IVA genera distorsiones" y que lo adecuado será subirles unos cuantos puntos a los bienes y servicios gravados en 2% y bajarles a los demás. Otro avance en la "progresividad" tributaria.

No voy a dedicar espacio a comentar los aspectos distributivos de la reforma tributaria propuesta, que están de bulto. Tampoco comentaré la ineficiencia inducida por un impuesto "general" cuando resulta imposible gravar los canales informales del comercio de ciertos productos, y se induce que la comunidad los prefiera para eludir un impuesto. Quiero concentrarme en los efectos probables sobre el crecimiento, que son los que más me preocupan porque, como economista, hace rato sufro la vergüenza profesional de que el ingreso per cápita colombiano retrocedió diez años y el desempleo se duplicó.

En mi opinión, salvo que la mayor parte de los nuevos recaudos vaya a alimentar nuevos gastos -en cuyo caso terminaríamos con una carga tributaria superior pero con un déficit fiscal peor que el inicial, como ocurrió en los últimos tres gobiernos- el efecto de los impuestos será muy recesivo. Ello es así porque, a diferencia de lo que ocurrió con el impuesto al patrimonio, el recorte en las mesadas de subsistencia y la extensión del IVA morderán los ingresos de los más pobres y, por ende, el consumo, con importantes efectos "multiplicadores".

La economía dista mucho de ser una ciencia, y mucho menos una ciencia exacta. ¿Puede alguien tener certeza de que la economía colombiana no resistirá la arremetida tributaria propuesta, y caerá en una nueva recesión? ¿No es posible que el entusiasmo de los inversionistas lleve a un crecimiento de la inversión que compense los efectos depresivos de los nuevos impuestos?

Posible, ciertamente lo es. No sabemos lo suficiente de la inversión para descartar la hipótesis optimista. Sin embargo, mi experiencia me dice que, a diferencia de lo que ocurre con las declaraciones y las encuestas, a la hora de meterles plata a los proyectos cuentan más las noticias de las ventas que el "clima general de los negocios". Recuerdo en particular que en 1999, en medio del optimismo desbordante con que empezó ese año, porque se suponía que la paz estaba a la vuelta de la esquina, Colombia se precipitó en una recesión de miedo y que, una vez cayó la demanda de los consumidores, se desplomó la inversión. El "acelerador", que dicen.

Solo la historia puede dirimir las controversias sobre la política económica. Hace cinco años, cuando el Banco de la República estaba elevando brutalmente las tasas de interés, en un intento desatinado de evitar que el dólar subiera, señalé en esta columna que la confianza en que la economía y su sistema financiero podían soportar esas tasas de interés pecaba de falta de realismo, y subrayé que no había nada con mayor capacidad de daño duradero que un gran aumento en las tasas reales de interés. Hoy, cuando la lección de las tasas de interés parece aprendida, quiero señalar que, si yo me propusiera diseñar los impuestos más regresivos y con mayor efecto recesivo, difícilmente podría pensar en algo distinto al aumento del IVA para los bienes y servicios hoy exentos y en el recorte de las mesadas pensionales.

Las condiciones económicas son hoy mucho mejores que en 1998, precisamente porque las tasas de interés están bajas y porque Colombia es muy competitiva en términos cambiarios. Sin embargo, pese a esas condiciones, más la euforia de los empresarios y un gasto público que aumentó vigorosamente, Planeación se ha cuidado mucho de elevar su proyección de crecimiento para el 2003, de un modesto 2%. Ojalá me equivoque, pero no creo que la recuperación esté lo bastante consolidada para asimilar un golpe tributario como el que recibirá si el gobierno se sale con la suya.

Débil o no, hay una recuperación en curso, y antes de conocer las nuevas iniciativas tributarias todos los analistas proyectamos aceleración. Tengo curiosidad por saber a qué o a quién culpará el gobierno si la recuperación aborta. ¿Quizás a los "pesimistas" que nos negamos a suspender el juicio económico y unirnos a la procesión? Ya se verá.

El año pasado, en un seminario económico, utilicé como vehículo expositivo un memorado apócrifo "del comité económico de las FARC" donde los economistas farianos informaban al Secretariado de su frustración por la nueva política del Emisor, que había reducido la probabilidad de una crisis económica, y señalaban su esperanza de que el nuevo equipo económico se decidiera por una arremetida tributaria y de recortes del gasto social que representara una segunda oportunidad para la subversión. Ahora tengo la inquietante sensación de que la realidad se está pareciendo demasiado a la ficción.
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