Opinión

  • | 1999/01/29 00:00

    Un vistazo al bolívar

    Si Chávez es tan listo como parece, querrá aprovechar la coartada brasileña y hacer el ajuste cambiario antes de verse arrastrado por los acontecimientos.

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Me muero de las ganas de aprovechar la coyuntura brasileña para volver sobre mi recomendación de eliminar nuestra banda cambiaria antes de que nos pase lo que le acaba de pasar a Brasil. Pero voy a aguantármelas. La opinión en favor de la racionalización de la política cambiaria local está creciendo y creo que varios de mis colegas podrán hacer el relevo en ese frente.



A sólo una semana de la posesión del presidente Hugo Chávez en Venezuela, es importante echarles un vistazo a las perspectivas del bolívar. Incluso quienes no tienen negocios con Venezuela harán bien en recordar que lo que ocurra en nuestra frontera oriental influirá las perspectivas del peso y, mientras tengamos la banda cambiaria, también podrá afectar las tasas de interés.



Venezuela es una incógnita. Hace seis meses nadie hubiera dado un bolívar por su estabilidad cambiaria, con unas inquietantes elecciones presidenciales por delante, con los precios del petróleo por los suelos y en medio de una crisis de financiamiento para los países emergentes. Pero el bolívar ha estado virtualmente estable desde agosto. Nuestro cambio de la banda el pasado septiembre no hizo ni una arruga en el mercado cambiario venezolano, que tampoco se alteró tras la elección de Chávez y que, al momento de escribir esto, tampoco había reaccionado a la maxidevaluación del real brasileño.



Pero hay más. En Venezuela y en la web ha comenzado a rumorarse la posibilidad de que, lejos de devaluar el bolívar, el nuevo gobierno no sólo opte nuevamente por un tipo de cambio fijo sino que se decida por un esquema de "convertibilidad" a la argentina, en el que no sólo se cierra con candado la posibilidad de efectuar devaluaciones sino que se tira la llave al mar.



Lo que le da a todo eso un aire surrealista es que las condiciones objetivas no favorecen en absoluto un cambio de las expectativas devaluacionistas que se tenían hace algunos meses. Entre mayo de 1996 (después de la última maxidevaluación venezolana) y hoy, el bolívar sólo se ha devaluado 20-22% frente al dólar, pero la inflación acumulada excede 140%. La mayoría de los economistas venezolanos aceptan que el bolívar hoy está sobrevaluado en 40%, pero como la inflación sigue a un ritmo de más del 30% anual, si el actual precio del dólar se mantiene, dentro de pocos meses la revaluación real del bolívar excedería el 50%.



Por otra parte, el tradicional superávit corriente venezolano, que hace apenas dos años fue de US$8.800 millones, se convirtió el año pasado en un déficit de US$1.800 millones. Y aunque el desplome de las exportaciones de petróleo tuvo mucho que ver, las exportaciones no petroleras también están cayendo mientras las importaciones crecieron 42% en dólares en los dos últimos años.



Para completar, Venezuela sufrió el año pasado un déficit del gobierno central estimado oficialmente en 4,2% del PIB, con un deterioro anual de más de 5 puntos porcentuales y unas perspectivas aún más preocupantes, dada la tendencia de los precios del petróleo.



La experiencia mundial y numerosos estudios formales muestran que en el "largo plazo" la paridad cambiaria, el tamaño y la tendencia del déficit corriente de la balanza de pagos, el nivel de la deuda externa y la situación fiscal influyen de manera crítica el tipo de cambio. Pero también confirman que en el corto plazo, que puede durar años, un país puede alejarse mucho de su equilibrio de largo plazo. Un examen de los célebres "fundamentales" rara vez resulta suficiente para prever la oportunidad del ajuste. Con sus reservas internacionales de más de US$14.000 millones, si las autoridades venezolanas optan por mantener el tipo de cambio fijo podrán hacerlo durante meses.



Pero el mercado de capitales puede modificar sus expectativas de la noche a la mañana y no se requiere sufrir un fuerte déficit de la cuenta corriente para que se inicie una corrida. En 1995, cuando las fugas de capitales desplomaron las reservas y obligaron a una maxidevaluación del bolívar en diciembre y otra poco después, Venezuela tenía un superávit corriente de más de US$2.000 millones.



A la velocidad a la que hoy se está deteriorando la balanza corriente venezolana y al ritmo en que se sigue apreciando el bolívar en términos reales, dudo mucho que la surrealista tranquilidad cambiaria venezolana pueda prolongarse demasiado sin que el mercado de capitales cambie su opinión y comience a demandar dólares. La maxidevaluación brasileña no ha mejorado las perspectivas.



La cuestión ahora es si Chávez, que ha mostrado ser mucho más sagaz y responsable de lo que se esperaba, se limitará a esperar que lo arrastren los acontecimientos o tratará de adelantarse para dejar de una vez atrás la devaluación y concentrarse en el saneamiento de la economía. ¿Cuál es el curso probable del bolívar?



Algunas declaraciones de Chávez revelan que siente fascinación por el esquema de convertibilidad argentino, con tipo de cambio fijo y renuncia a una política monetaria autónoma. Sin embargo, ese esquema, que sólo funciona adecuadamente bajo políticas ultraortodoxas y en países con exportaciones estables, no tiene la menor posibilidad en Venezuela, que sufre profundos desequilibrios macroeconómicos y está expuesta a las fluctuaciones del precio del petróleo. Por deseoso que esté Chávez de emular a Menem y convertir a Venezuela en un bastión de la estabilidad, las entidades multilaterales se encargarán de disuadirlo.



Sin embargo, es evidente la preferencia de Chávez por un tipo de cambio fijo. Frente a la alternativa de permitir que el bolívar se siga revaluando en términos reales hasta que se produzca la primera corrida de capitales y haga estallar todo, como en Brasil, y la de tomarse de una vez la medicina de un ajuste cambiario, me inclino a pensar que optará por anticiparse.



Una devaluación venezolana sería un golpe inmediato para Colombia pero, en una perspectiva de mediano plazo, la opción de que Venezuela comience a ordenar su casa resultaría preferible a que la revaluación se prolongue hasta que estalle la caldera y obligue a ajustes de emergencia, con mayor daño a la integración bilateral. Por supuesto, del lado colombiano sería mucho más fácil asimilar una devaluación del bolívar si, para entonces, también aquí hemos racionalizado la política cambiaria y no estamos condenados a defender hasta la muerte una absurda banda cambiaria.
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