Opinión

  • | 1999/08/12 00:00

    Un reconocimiento... y una propuesta

    El riesgo de que el país colapse totalmente ha disminuido.

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Hoy estoy un poco más optimista sobre la economía, pero no porque crea que la recuperación vaya a ser vigorosa. En realidad, después del preacuerdo con el Fondo Monetario Internacional (FMI) estoy revisando a la baja mis proyecciones de crecimiento para el año 2000, porque soy todavía más escéptico que antes sobre las posibilidades de mantener un ritmo aceptable de inversión pública. Mi optimismo tiene que ver con la reducción del riesgo de que las cosas empeoren y que el país sufra un colapso. Hace unas semanas ese riesgo no era despreciable.



La Junta parece que ahora tiene objetivos más ambiciosos que sólo bajar la inflación.



¿Qué cadena verosímil de circunstancias podría llevar al colapso? Nada muy especial, una simple repetición de cosas que vimos en tiempos no lejanos: un dólar que trepa hasta el techo de la banda cambiaria y unas autoridades empeñadas en defender esa banda con una sequía monetaria y un disparo de las tasas de interés. Sólo que, ahora, partiendo de un sector industrial en ruinas, un sistema financiero colgando de la brocha, unos deudores que ya no pueden con su alma, un desempleo escalofriante y una innegable carencia de credibilidad internacional. Como para que no quedara piedra sobre piedra.



¿Y qué redujo ese riesgo? El primer desarrollo en esa dirección fue la elevación de la banda cambiaria hace un mes. La decisión demostró que el BanRepública no estaba dispuesto a subir las tasas de interés para frenar el alza del dólar, así se quedara corto en la solución y mantuviera sobre la economía la espada de Damocles de una banda cambiaria. Y luego vino el anuncio del Gobierno de un acuerdo de crédito con el FMI que, aunque no facilitará la recuperación, sí enfrió la especulación cambiaria y alejó el peligro de que la espada se descolgara y rematara la economía.



Pero más esperanzador que esos dos desarrollos resulta para mí el discreto cambio en las prioridades de la Junta del Banco de la República, que desde hace varias semanas viene ejecutando una política con objetivos más ambiciosos que la baja de la inflación.



El cambio ha sido discreto porque, al menos hasta el reciente fallo de la Corte Constitucional, que facilitó el destape, la Junta había preferido evitar la reacción de los halcones de la estabilidad, que insisten en que el Banco Central debe tener como objetivo único la baja de la inflación. Una tontería, aquí entre nos, porque la entidad fue dotada por la Constitución y por la ley de poderosos instrumentos que no se requerirían si su único objetivo fuera reducir la inflación. Y también porque la economía no consiste en la minimización o maximización de una variable, por importante que ella sea, sino en "optimizar el uso de recursos (o instrumentos) escasos para alcanzar fines alternativos", para usar una conocida definición del arte.



El sentido común y la teoría dicen que cuando el desempleo está en 20% y la inflación en 9,0% es más importante para el país bajar el desempleo que reducir la inflación. Otorgar absoluta prioridad al mantenimiento del poder adquisitivo de la moneda, para no hablar de la pretensión de "olvidarse de objetivos distintos a la estabilización" cuando la inflación ha dejado de ser un problema y cuando el poder adquisitivo de la gente se está desplomando por razones muy distintas sería irresponsable e insensato.



Por fortuna, la Junta ha actuado con mejor criterio. Su decisión de reducir la prioridad otorgada a la baja de la inflación se refleja en el mantenimiento de una meta de inflación máxima de 15% para este año, a pesar de saber que difícilmente excederá 13%.



Al mantener la meta de 15% la Junta evita tener que modificar sus corredores monetarios los cuales, debido a la caída de la inflación y de la producción real, hoy resultan holgados. Por esa razón, a pesar de un aumento sustancial en el dinero durante las últimas semanas todas las variables monetarias se mantienen dentro de sus corredores o por debajo de los pisos de los mismos: la Junta no se está imponiendo topes irrazonables.



Ese es un gran avance. Pero me preocupa que todavía se mantengan dos riesgos sobre la economía, aparte de los del orden público. El primero es la banda cambiaria. Contra la opinión del gerente del emisor Miguel Urrutia, quien hace poco dijo que la banda se mantendría "hasta que éste fuera otro país", sigo pensando que una de las razones para quitarla, es, precisamente, que Colombia es lo que es. Mantener una banda sería una mala política incluso en Suiza. Pero aquí, donde estamos expuestos a siniestros tan siniestros como Jojoy y Gabino, persistir en la banda es tentar al diablo.



El otro riesgo es el de que no pueda llegarse a un acuerdo con el FMI, porque el Congreso no le jale a ciertas reformas, o que el acuerdo que se firme sufra después algún tropiezo. Casos se han visto.



Para reducir los riesgos de un desorden cambiario si ocurre alguna sorpresa hay dos estrategias opuestas. La primera sería monetizar la máxima cantidad de dólares oficiales para bajar el precio del dólar y alejarlo todo lo posible del techo de la banda, por si las moscas. Lo único malo con esa estrategia es que ya se puso a prueba y fracasó. ¿Alguien recuerda el precio del dólar en marzo?



La estrategia alternativa, que propongo, es que el BanRepública aproveche el amplio margen monetario de que dispone para comprar dólares, evitando que el precio caiga de su nivel actual (cuando escribo esto, $1.831) o incluso elevándolo un poco, para fortalecer en forma ostensible sus reservas internacionales.



En términos reales el dólar no necesita subir mucho más. Pero sólo en la medida en que ese precio se mantenga "alto" el país podrá avanzar en la reducción de su desequilibrio en cuenta corriente bajo un escenario de reactivación, y se mantendrán expectativas de baja devaluación futura, favorables a la entrada de capitales privados y a menores tasas de interés.



No niego que pasar a sustentar el precio del dólar sería un gran cambio respecto a lo que se ha venido haciendo. No me atrevería siquiera a sugerirlo si no fuera porque las recientes actuaciones de la Junta alientan mi impresión de que el viejo y saludable pragmatismo de la política económica colombiana, que tanto nos sirvió durante décadas, tiene hoy una nueva oportunidad.
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