Opinión

  • | 2005/10/15 00:00

    ¿Un nuevo modelo de Estado?

    Lo que distingue a Colombia y Venezuela y la forma en que desde afuera los ven no son las características de sus gobiernos, sino el modelo de Estado que pretenden implantar.

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Al igual que dialogar con personas ajenas a nuestra realidad nos fuerza a ver nuestros problemas desde otras perspectivas, estudiar casos diferentes al que a uno lo afecta permite ver cosas poco claras cuando se trata del propio. Ante la importancia que mundialmente ha tomado el 'caso Chávez' y la vehemencia que despierta en las charlas entre colombianos, vale la pena intentar entender cómo y por qué lo ven de tal o cual manera sus seguidores o adversarios, para compararlo con nuestro caso.

Llama ante todo la atención que la polarización respecto al gobierno de allá es la inversa de la que vivimos acá. Mientras aquí toda clase de sectores diferentes al 'empresariado' (rurales, indígenas, laborales, académicos, etc.) cuestionan al gobierno pero este en sus diferentes vertientes (industrial, comercial, financiero, etc.) lo respalda, en el vecino país la oposición al mandatario viene de esos centros donde, por estar organizados, siempre ha residido el poder, mientras son los otros sectores los que lo apoyan.

Lo curioso es que en ambos casos las críticas toman la misma forma y se centran en lo mismo: el modo, los procedimientos o los medios que utilizan para adelantar sus propósitos. Esto tiene la lógica de que ambos se parecen en todos estos aspectos (caudillismo, populismo, uso mediático del poder, confrontación y/o imposición ante los otros poderes, etc.), pero el hecho de que quienes proponen esas críticas no las apliquen igual para ambos casos indicaría que el verdadero motivo de oposición es otro, o sea, que, aparentemente por no conocer o no poder cuestionar esos propósitos, lo que se ataca son los caminos que se usan.

No parece asimilarse o aceptarse que detrás de las diferentes actuaciones hay una propuesta integral de un modelo de Estado de la cual la forma de gobierno es solo una parte. Se cuestionan lo que son las características de esto último por considerarlas indeseables, pero se olvida o desconoce que esto es solo adjetivo ante el tema mayor.

Más claridad tienen en el exterior donde, por ejemplo, para el Presidente Bush nuestro actual mandatario representa y defiende la propuesta ultracapitalista de globalización, neoliberalismo, libre mercado, etc. y su afiliación o vasallaje a quien lo lidera, mientras el gobernante venezolano encarna y promueve la alternativa a esto.

Por eso también la actitud europea o de órganos como la ONU es más distante y menos extremista ante ambos modelos.

Por un lado, asumen que sí hay conexidad entre la realidad social y los conflictos que de ella se derivan: no es la perversidad de los actores la que genera y degenera el conflicto sino la perversidad de la situación que viven los países; sin llegar al extremo de justificar la guerrilla (sobre todo con la degradación que ha alcanzado) sí aceptan la posibilidad de 'causas justas' para un levantamiento y por eso orientan su análisis y sus acciones a corregirlas; la diferencia entre estos dos modelos para ellos no representa una confrontación sino la alternativa entre opciones diferentes.

Y por otro lado produce más rechazo el sistema caudillista, el cual para ellos lejos de satisfacer, aterra; su experiencia en autoritarismos de derecha e izquierda los vuelve escépticos ante estos sistemas. Entienden que en ambos casos ese autoritarismo no es un vicio del modelo, sino su esencia. La tipificación actual es el 'Neopopulismo', tal cual la recoge el ya mencionado libro de Cristina de la Torre, citando algunos autores extranjeros: "El caudillismo es una modalidad de autoritarismo; sin raíces institucionales se apoya sobre todo en la capacidad de liderazgo de gobernante". "El caudillo es, siempre, un sustituto de la institución". "Mesías surgido como por milagro para enfrentar la crisis, el presidente es el único que sabe qué hacer. Es el centro de la política. Se rodea de técnicos 'incontaminados de política' y ciegos al descontento social que sus medidas de choque provocan. El presidente se aísla en su sabiduría, y responde por todo". "Empieza a tener dificultades para asegurar el necesario apoyo parlamentario. Entonces evade los poderes públicos, los ignora o, al extremo, los corrompe". Y para ellos, el terrorismo no es un fenómeno que nace por generación espontánea, sino -en alguna forma- es el hermano gemelo del autoritarismo: en la medida en que la existencia y el crecimiento del uno invitan al del otro, son en el fondo un animal de dos cabezas que se alimenta de sí mismo; es casi inevitable que quienes son víctimas del autoritarismo acudan al terrorismo para oponerse a él, y que las víctimas del terrorismo crean que un fuerte autoritarismo los librará de él.

De lo anterior se puede deducir que lo que distingue los dos países y la forma en que desde afuera los ven no son las características de sus gobiernos, sino el modelo de Estado que pretenden implantar.

Al respecto el de Venezuela es bastante concreto: sus detractores lo han simplificado a 'copiar la Cuba de Fidel' con la versión socialista y estatista que allá rige, lo cual sin llegar a ser exacto sí permite tener una referencia aproximada.

La versión colombiana es más complicada pues no se reduce a los elementos del modelo neoliberal, sino debe incluir la toma o participación en el poder del paramilitarismo. Este es visto como un delito contra la humanidad en casi todo el mundo y en contraste con el icono del Che como posible símbolo de una guerrilla idealista, las aquí llamadas 'autodefensas' son identificadas con la motosierra como instrumento y la búsqueda de preservar un statu quo de grandes desigualdades como objetivo.

Y para terminar de confundir, parece que en nuestro caso y con la actitud asumida ante la oposición a la firma del TLC, se presenta una nueva propuesta que va más allá del simple caudillismo.

Se había hablado bastante de lo cuestionable que es someter la firma del TLC a condiciones de tiempo y no de contenido. Pero además de prescindir de quienes habían participado en la negociación, en reciente alocución el Presidente ya no fijó esa prisa en el calendario electoral estadounidense, los cambios de cargos que allá se producían, o el vencimiento del ATPDEA, sino, según sus propias palabras, en que se firmaría el Tratado 'rapidito', así caigan rayos y centellas, porque él estaba convencido de que esto era lo mejor para el país.

Esto traslada el problema de '¿cuál debe ser el contenido del TLC?' a '¿cuál es el modelo de gobierno que nos rige?'.

Lo que el doctor Uribe ha decidido (¿?) es que se sustituyen los mecanismos consensuales, tanto los políticos en el Congreso como los acuerdos sociales con las diferentes poblaciones y sectores -indígenas, campesinos, organizaciones sindicales o rurales, academia, sector laboral e incluso gremial.- por las 'convicciones' presidenciales.

Es algo más que el liderazgo del caudillo o los 'dictats' del gobierno de Partido: el presidente no es ya quien expresa consensos que, por ser él su figura representativa, no requieren someterse a normas previas, ni es un partido con reglas internas propias el que impone su voluntad sobre toda la sociedad, sino son las convicciones personales de un individuo las que definen la suerte de la Nación y de las futuras generaciones.
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