Opinión

  • | 1995/06/01 00:00

    Un ministerio discriminatorio

    El Ministerio de Cultura reemplazaría el arte por las decisiones de un comité de burócratas sobre el apoyo económico a una élite de artistas privilegiados.

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La gestión pública colombiana reclama mayores recursos para atender las urgentes necesidades de administración de justicia, defensa y educación básica. Frente a aquellas necesidades y a los requerimientos adicionales impuestos a los contribuyentes, a alguien se le ocurre crear un Ministerio de Cultura, que con toda seguridad pondrá aun mayor presión sobre el gasto público. ¿Qué brecha se quiere cerrar con este nuevo ente administrativo?

Muy pocos niegan la gran importancia del desarrollo cultural de una sociedad. Pero también debe aceptarse que toda comunidad tiene que escoger cómo asignar o distribuir sus recursos. Ello es especialmente importante de considerar en el caso del presupuesto nacional, donde la pregunta de fondo siempre es dónde le corresponde actuar al Estado para complementar la actividad privada en la meta: del desarrollo económico y social. Muchos pensamos que el Estado está ya involucrado en demasiadas actividades que estarían mejor desarrolladas bajo la gestión del sector privado. Muchos más aceptarán que la escasa capacidad administrativa del Estado debe aprovecharse para gerenciar sus funciones más obvias y prioritarias, como la administración de justicia y la prevención del crimen. La dirección de la cultura parecería ser una función que escapa al ámbito de la gestión estatal.

Detrás de la idea de crear un Ministerio de Cultura está seguramente el planteamiento de que la actividad privada en el desarrollo cultural es de alguna manera insuficiente o inadecuada. Se presenta, en particular, el argumento de que la acción pública en el área cultural es necesaria para incrementar el acceso de las mayorías a las manifestaciones culturales. Así como se sostiene la necesidad de cerrar brechas en la nutrición, la educación y la vivienda, ahora se dice que resulta importante llenar los vacíos que existen en el "abastecimiento" cultural. De acuerdo con los fundamentos del comportamiento económico de los individuos, toda persona u hogar también tiene que escoger cómo distribuir su presupuesto. Probablemente las personas de más altos ingresos gastan proporcionalmente más en cultura que las personas de bajos ingresos, al tiempo que estas últimas gastan una mayor proporción de sus ingresos en vivienda y alimentación. ¿Es esta la "brecha" que buscaría cerrar un Ministerio de Cultura?

Si a alguien se le ocurre preguntarle a una familia de bajos ingresos dónde le gustaría recibir atención del Estado, pocos escogerían recibir cultura en especie en lugar de muchas otras necesidades, que a sus ojos son más prioritarias. En todo caso, parecería razonable que la decisión sobre cómo asignar ingresos le corresponde más a los individuos o familias, que a un funcionario oficial encargado de embutir cultura. Si se trata de redistribuir ingreso, resulta discutible que ello se lleve a cabo por medio de bienes o servicios en especie, que difícilmente consultan el valor que la comunidad realmente le asigna a estos servicios. A un funcionario oficial le puede parecer muy edificante que la comunidad asista a este concierto o aquella exposición; pero en el fondo, esta acción cultural entorpece el desarrollo espontáneo de las manifestaciones culturales con base en la credibilidad individual y la apreciación propia de la sociedad. con la creación de un ministerio que busque ampliar el acceso a la cultura se estaría diciendo que el -sector público es particularmente diestro en canalizar la oferta de cultura. El nuevo Ministerio de Cultura decidiría a cuáles pintores, músicos, escritores u otros "proveedores de cultura" brindaría apoyo para poder presentar sus creaciones, generando de paso una poco saludable competencia de estos artistas por conseguir y quizás aumentar los escasos recursos oficiales de apoyo a su actividad. Por más iluminados que fuesen los comités que con seguridad se crearían para decidir sobre asignaciones presupuestales para tal o cual programa, el hecho de fondo es que estas decisiones estarían necesariamente desligadas de las verdaderas necesidades de cultura a los ojos de la comunidad. En resumen, la oferta de cultura no se ajustaría a las expectativas de quienes mejor la pueden apoyar y respaldar, y el sector público podría terminar apoyando manifestaciones que no tienen valor a los ojos de la comunidad, o que resultan injustas a los ojos de los desafortunados artistas que no reciben el apoyo esperado.

Una fuente de desarrollo cultural muy superior a la oferta de cultura por parte del Estado es la educación. Esta no solamente brinda la información y capacidad de apreciación que son necesarias para gozar las diferentes manifestaciones culturales. También contribuye a mejorar los ingresos individuales y la capacidad de adquisición de cultura y, probablemente, ofrece mejores posibilidades de desarrollo a quienes deciden dedicar su vida a la creación y difusión de la cultura.
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