Juan Manuel López Caballero

| 5/2/2003 12:00:00 AM

Un interesante análisis de Economía Política

Las innovaciones cuestan más de lo que producen y eso explicaría el bajo o nulo crecimiento mundial de las dos últimas décadas.

por Juan Manuel López Caballero

El Foro Mundial de Alternativas, organismo que dirige el economista político Samir Amin, ha sido el think tank de lo que algunos llamarían 'el pensamiento alternativo' del momento. Fruto de ello han sido las propuestas que alimentan las protestas de Seattle, de Davos, el nacimiento del Foro Social Mundial y el Encuentro de Porto Alegre. El profesor Wim Dierckxsens1, investigador de ese organismo, estuvo en Colombia hace 15 días y nos ha presentado un interesante análisis del 'nuevo orden mundial'. Mucho se ha hablado de este, relacionándolo con el atentado de las torres gemelas y las guerras de Bush como los eventos que lo determinan; vale la pena este trabajo de enfoque menos periodístico, a partir de una ciencia, la Economía Política, que estudia los vínculos entre el 'modo de producción' de una determinada época y el orden social que le corresponde, y que, a diferencia también de la economía, se interesa más por las relaciones humanas en la etapa productiva que por cómo se determinan los precios de las mercancías en el mercado.

La premisa central es que los nuevos desarrollos tecnológicos tienen un costo demasiado alto y una vida media o vida útil demasiado corta para que sean amortizados en el breve período de su aplicación. En otras palabras, las innovaciones cuestan más de lo que producen y eso explicaría el bajo o nulo crecimiento mundial de las dos últimas décadas. La nueva relación espacio/tiempo que permite estar negociando en cualquier sitio y en tiempo real, y la llamada glocalización (o sea la posibilidad de localizar física y jurídicamente las empresas en cualquier lugar del globo) han eliminado el factor de ventajas comparativas y obligado a competir mediante productos o tecnologías nuevas que derrotan a los competidores por lo bajo del costo variable pero no producen acumulación de capital por lo rápido de su obsolescencia.

Hasta los años 70, el mundo tuvo un crecimiento general del orden del 4% (superior al crecimiento demográfico) con lo cual el ingreso per cápita aumentó sistemáticamente. Bajo el capitalismo industrial, los avances tecnológicos al mismo tiempo que reemplazaban la fuerza laboral creaban nuevas plazas por lo cual el rendimiento de ella se multiplicaba, reflejándose como consolidado en un crecimiento constante.

En las dos últimas décadas -era postindustrial-, el crecimiento del PIB mundial ha promediado tasas inferiores al 2%. Si excluimos a China, que -con una quinta parte de la población mundial- ha tenido un aumento promedio del PIB del 8% durante los últimos quince años, el PIB per cápita mundial ha disminuido. Esto a pesar de los efectos favorables del control demográfico.

La razón por la cual el sistema en su conjunto no ha reventado es porque la disminución de la retribución del factor trabajo en la etapa de producción ha absorbido o compensado el crecimiento negativo proveniente de esa competencia tecnológica en la cual el breve tiempo de explotación de una innovación no permite amortizar su costo.

La característica del 'nuevo orden' ha sido el aumento del número de pobres en prácticamente todos los países del mundo (desarrollados y subdesarrollados) y esto es consecuencia de que el tamaño de la torta a repartir no ha aumentado y, por tanto, la competencia es alrededor de quién logra mejor tajada en detrimento de a quién se le reduce. Las nuevas tecnologías no generan más riqueza pero sí dan a quienes las desarrollan la capacidad de apoderarse de porciones de mercados que acaban con los competidores menos capaces. Lo característico del modo postindustrial no es la explotación de los desfavorecidos sino su exclusión y marginamiento como desechables por ineficientes. La tecnología reemplaza la mano de obra y la rapidez del cambio ni permite ni requiere el ajuste a las nuevas condiciones: el aumento del desempleo también es inherente al actual modo de producción y así se manifiesta en todo el mundo (tanto en países en desarrollo como en los desarrollados).

Esta sería la contradicción actual del modo de producción y necesariamente llevaría a su destrucción, excepto si para superarla se crea una conciencia de ello (algo similar a la que permitió dar prioridad a la protección del ambiente o reconocer que la explotación del obrero acababa también con el consumidor). La supervivencia del sistema solo sería posible por un acuerdo que permita una solidaridad mundial alrededor del manejo de las innovaciones, de tal manera que su vida media se alargue permitiendo su explotación sin que aparezcan nuevas tecnologías que por comparación vuelvan demasiado costosa la participación que tendría el factor humano bajo el sistema imperante. Esto permitiría acumular el rendimiento del trabajo aplicado a la tecnología del momento durante el tiempo suficiente para que lo que produce sea superior a su costo, en vez de pagar con sacrificios de la mano de obra el precio de consumir cada vez más rápido los avances tecnológicos.



1. El ocaso del capitalismo y la utopía reencontrada, Wim Dierckxsens, Ediciones Desde Abajo, marzo 2003, Bogotá.
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