Opinión

  • | 2010/05/28 00:00

    Un intento de análisis preelectoral

    La elección que se nos presenta es entre dos alternativas peligrosas, la una con más probablidades de daño que la otra. No nos debemos dejar llevar por lo que los candidatos proyectan como imagen para conseguir votantes.

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No son pocas las cosas que han pasado en el mundo y que poco pesan en el Tíbet colombiano.

La erupción de volcanes en Islandia ha traumatizado el tráfico aéreo, causando más pérdidas y más caos que todas las huelgas juntas.

La perforación submarina de la BP en busca de petróleo derrama cada día tanto como la producción colombiana de un mes y supera, como catástrofe ambiental, el derrame de la Exxon en Alaska.

La crisis de la economía griega no solo acabó con la prosperidad de ese país como miembro de la Unión Europea, sino puso a temblar la divisa común creando incertidumbre sobre el futuro del euro.

El mismo euro requirió la decisión política que los miembros de la Unión no habían querido concretar, obligándolos a respaldar a cualquier país que entre en dificultades, poniendo a disposición de la comunidad más de diez veces lo que requirió el Plan Marshall en su momento.

Por primera vez desde la Segunda Guerra Mundial, el Reino Unido no logra elegir un gobierno con mayoría absoluta de un partido, experimentando esta nueva generación una situación política hasta hoy desconocida.

Dejan enseñanzas como que la naturaleza puede más que cualquier gobernante; que un mal gobernante puede dejar males gigantescos a futuro (según Krugman, en el derrame de petróleo tiene más culpabilidad Bush que en los daños causados por el Katrina); que un gobierno puede engañar tanto al mundo como a su propia población deformando las estadísticas (de lo que se culpa al saliente gobierno griego); que el efecto mariposa se acelera cuando no se atiende a tiempo (Grecia tenía problemas para pagar US$15.000 millones, pero arrastró a la Unión a tener que garantizar un millón de millones).

Pero con razón nosotros estamos más preocupados y pendientes de si las encuestas favorecen a Mockus o a Santos, pues para nosotros puede suceder algo igualmente terrible y por eso nos concentramos en ello. Por eso lo que más nos debe llevar a la reflexión es lo indispensable que es tener gobiernos de mayorías.

La elección que se nos presenta es entre dos alternativas peligrosas, la una con más probablidades de daño que la otra. No nos debemos dejar llevar por lo que los candidatos proyectan como imagen para conseguir votantes. La personalidad de cada uno no es la que se promueve en una campaña, sino, por el contrario, la que se desfigura para venderse mejor. En cambio su trayectoria vital sí dice mucho.

No es verdad que vayamos a escoger entre un matemático y filósofo de grandes virtudes personales y de poca debilidad por la política; y un político profesional, motivado por una ambición de poder con pocas virtudes personales pero con bastante capacidad administrativa.

Mockus nunca ejerció como matemático ni ha tenido debilidad alguna por la filosofía. Su tesis de carrera y su especialización doctoral giraron alrededor de las matemáticas como construcción de un lenguaje para comunicar determinados conocimientos que adquiere la humanidad; y su aporte -por lo demás admirable- fue proponer que todo lenguaje tiene restricciones o limitaciones en la medida en que, entre más preciso es, más difícil es que coincida lo que uno desea expresar con lo que el otro podría entender, de donde serían más eficientes para trasmitir ideas y propuestas los símbolos y las actitudes que la elaboración de programas con gran lógica y/o redacción.

Y es a la política y a aplicar su tesis que ha dedicado su vida y su actividad, tanto intelectual como vivencial: incluyendo su paso por la rectoría de la Universidad Nacional, su trayectoria ha sido de actividad política: creando movimientos, aspirando a cargos, gobernando o proponiendo, nunca ha hecho nada más; es un gran obsesivo de la comunicación y de la política que ha logrado fusionar ambas; pero ni filosofía ni matemáticas han inspirado sus actuaciones.

Santos, por su parte, se caracteriza por su vanidad: no es la ambición de poder para ejercerlo, puesto que toda la vida lo ha tenido y usado con bastante facilidad; satisfacción le produce más el éxito personal que el mandar. Por eso su capacidad de organizar y delegar en terceros igual o más capaces que él en una u otra materia. Pero su esencia es la del jugador. Responde perfectamente a la descripción de Dostoievski en cuanto a que lo que lo mueve no es el resultado del juego sino el juego mismo; si ganar fuera suficiente el jugador dejaría de serlo y se retiraría con lo ganado; la descarga de adrenalina que supone el riesgo que se toma en la apuesta es lo esencial, lo que interesa es apostar en cada mano sin esperar un resultado final. La máxima habilidad es saber mentir, donde el 'todo se vale' como esencia de su comportamiento. La muestra en el caso de Santos es la famosa Operación Jaque en la cual, como en el póquer, apostó más de cualquier lógica de lo que se pudiera consolidar; el éxito mismo de esa mano si algo garantizaba era la imposibilidad de repetirla y, en consecuencia, acabar cualquier oportunidad de solución para el problema general de los retenidos.

El resumen es que la incertidumbre grande de Mockus es respecto a su pensamiento y su personalidad, con el eventual peligro de un mandatario sin respaldo de un programa, de un partido, de un equipo y de una ideología política.

El peligro grande de Santos es lo que de él se conoce: su vanidad y su pasión por el juego lo pueden llevar a apostar la suerte del país a cualquier carta que a él le produzca suficiente adrenalina para responder a su temperamento.

Para evitar esos peligros es que los países buscan buenas instituciones más que buenas personas. Instituciones que impidan gobiernos de minorías y órganos de control capaces y fuertes.

Sobre el peligro de gobiernos de minorías, Colombia tiene experiencia: la necesidad misma de imponerse a una mayoría o la de esta de quitarse de encima dicha situación ha terminado siempre en alguna forma de golpe de Estado: Ospina cerrando el Congreso; Laureano tumbado por Rojas; Belisario sometido a la decisión de los militares cuando el Holocausto del Palacio de Justicia; Gaviria creando una Constituyente basada en una inexistente "séptima papeleta" y complementada con la decisión de los constituyentes de no tener limitación ninguna en su poder.

El escenario nos muestra hoy una posibilidad positiva para dar fuerza tanto a la institucionalidad como a la voluntad popular: el Partido Liberal como entidad formal fue prácticamente destruido por el Gavirismo que logró quitarle su identidad al buscar imponer una derecha ajena a su tradición, a su ideario, y a los grupos que representaba. Pero nada ha llenado el vacío que deja. Por el contrario, hoy lo que existe es una gran masa de votantes en busca de candidato.

Injusto achacar a la falta de carisma de Rafael Pardo su poca aceptación, cuando fue su identificación con esa dirigencia de derecha la que lo acabó; pero el 'trapo rojo' puede manifestarse y es posible -y deseable- que el Partido Liberal logre ser el tercero en votación.

La movilización de la ola verde complementada con la orientación de la izquierda liberal garantizaría la elección de Mockus, pero con un contenido político claro que daría una respuesta a las aspiraciones de quienes hoy no encuentran quién los represente.

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