Opinión

  • | 1998/10/13 00:00

    Un impuesto con seguro antievasión

    Por fin, una propuesta concreta para que los millones de evasores fiscales comiencen a tributar, en lugar de seguir clavando a los paganinis de siempre.

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La coyuntura económica y política está tan complicada que uno se pregunta si los columnistas de una revista de negocios tenemos derecho a escribir de algo diferente a la crisis inmediata sin que parezcamos estar discutiendo el sexo de los ángeles en vísperas de la toma del imperio por el Mono Jojoy.



Pero después de reexaminar la situación, creo que sí hay tiempo para tratar otros temas porque las tendencias ya están muy bien definidas. Dentro de 15 días la situación macroeconómica no será demasiado diferente de la de hoy, sólo un poquito peor. Y es posible que para entonces ya se haya declarado la Emergencia aclarando más las cosas, por así decirlo.



Así que vamos a otra cosa. Hace unas semanas el ex ministro de Desarrollo Carlos Ronderos comentó con interés la propuesta de Jaime Nebot, el gran cacao ecuatoriano derrotado en las pasadas elecciones presidenciales, de establecer un impuesto a las transacciones monetarias, o "impuesto al circulante", en sustitución del impuesto a la renta.



Como ya han pasado dos semanas y no he leído aquí nada más sobre el asunto es evidente que la nota de Ronderos recibió, inmerecidamente, el tratamiento de silencio apropiado para cualquier exabrupto económico.



Es cierto que la mayoría de las presuntas ventajas de la iniciativa del "impuesto al circulante" de Nebot, planteado como un sustituto del impuesto a la renta, son muy discutibles pero una de las ventajas de los límites de espacio que esta revista impone a sus columnistas es que debemos omitir discusiones superfluas. En la actual coyuntura fiscal y política no hay ningún chance de considerar una reducción, mucho menos una eliminación del impuesto a la renta.



Despojada de su innecesaria y sospechosa conexión con el desmonte del impuesto a la renta la propuesta de establecer un "impuesto al circulante", o su obvia variante de gravar los saldos monetarios de todo tipo, sigue manteniendo el atractivo central, destacado por Carlos Ronderos: ésa parece ser la única forma de obligar a tributar a una gran parte de la economía informal y hasta de la economía ilegal, que parecen ser las únicas que están creciendo en Colombia.



Todos tributarían



En un sentido obvio, ese tipo de impuesto, que mordería o bien las transacciones monetarias no importa quién las realice o a los saldos en el sistema financiero no importa quién sea su titular, sería todavía más importante en Colombia que en Ecuador. Con un impuesto de ese tipo, hasta los guerrilleros y todos los demás delincuentes acabarían tributando en grado significativo, pues la única forma de evadirlo sería prescindiendo del sistema financiero organizado, una opción demasiado costosa.



Cuando el impuesto al circulante se concibe como un impuesto complementario al de la renta, las consideraciones de equidad tributaria pasan a un plano muy secundario pues la progresividad de los impuestos directos, conjuntamente con la que está implícita en la estructura del gasto público, pueden satisfacer todas las consideraciones de equidad indispensables por razones políticas.



El "impuesto al circulante" puede entenderse, como en la propuesta de Nebot, como un gravamen a las transacciones que pasen por el sistema financiero, o bajo la versión alternativa de un impuesto a todos los saldos monetarios promedio. Esa segunda opción habría sido impensable hace unos años, pero hoy no ofrece mayor dificultad pues los promedios de los saldos diarios de todos los depósitos, con cualquier periodicidad que pudiera interesar al fisco, son producidos en forma rutinaria por el sistema financiero.



Personalmente, me atrae más una versión de impuesto a los saldos monetarios en sentido amplio que un impuesto a las transacciones monetarias, principalmente porque el impuesto a las transacciones puede tener un mayor costo de eficiencia al inducir a las personas y empresas a usar modalidades no gravadas, como las realizadas con efectivo o incluso el canje. En cambio, dudo mucho que un moderado impuesto a los saldos monetarios, digamos del 0,5% anual, vaya a inducir desplazamientos significativos en contra de los activos monetarios y a favor de dólares en el exterior o de activos no monetarios.



Podría ser deducible



Sin embargo, una opción de ese impuesto, que maximizaría su finalidad de extender la tributación a toda la economía informal o subterránea y de hacerlo a una tasa más interesante fiscalmente (por ejemplo, al 2% anual) sin que ello indujera una ineficiente recomposición de los activos entre monetarios y no monetarios, y entre activos locales y externos, sería que ese impuesto pudiera ser deducido del impuesto a la renta. Ello, por supuesto, sería mucho más manejable en la modalidad de un impuesto sobre los saldos monetarios promedios que en la modalidad de un impuesto a las transacciones.



En el caso del gravamen deducible del impuesto a la renta (una opción que expresamente descarta Nebot), las personas y empresas que hoy cumplen sus obligaciones de tributación directa no verían aumentada su carga tributaria. En cambio, el gravamen sí mordería a una gran cantidad de personas y empresas que nunca han tributado y que, en adelante, tendrían que demostrar que sus ingresos gravables son considerablemente inferiores a los que sugieren sus tenencias de saldos monetarios.



Para mí, y creo que para muchos de los lectores, el sólo hecho de poder imaginarme al Mono Jojoy y a los Rodríguez Orejuela tributando, por la vía de los saldos monetarios de sus testaferros, sin poder deducirlo de los impuestos a la renta que nunca han pagado, justifica considerar en Colombia alguna versión del "impuesto al circulante".



Un impuesto al circulante parece ser la única forma de obligar a tributar a una gran parte de la economía informal y hasta de la economía ilegal.
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