Un drama terrible y estúpido

| 10/27/2000 12:00:00 AM

Un drama terrible y estúpido

La persistencia del desempleo colombiano en un récord mundial mientras la subversión gana terreno es la prueba reina de la incompetencia de la política económica.

por Javier Fernandez Riva

No es cierto que Colombia esté rodando en forma inatajable hacia el abismo. Rodando sí. Hacia el abismo, sí. Pero no en forma inatajable. Hay muchas cosas positivas que, bien aprovechadas, podrían detener la caída. Son tantas que, cuando uno las menciona de corrido, suena a letanía oficial. Veamos: los narcotraficantes, que solían comprar Constituciones en un país acobardado, están siendo extraditados; la producción se está recuperando de su depresión de 1999; la inflación ha caído a su mínimo en tres décadas; el déficit de la balanza de pagos, aplastante hasta hace dos años, desapareció; la deuda externa privada sigue reduciéndose; el tipo de cambio real es muy competitivo; la Dian logró ponerle coto al contrabando; el déficit fiscal de este año será inferior al que se había proyectado; el Gobierno está bien financiado, y la colocación de sus bonos no indujo la explosión de tasas de interés que muchos auguraban; por el contrario, las tasas de interés de los bonos de deuda pública cayeron en las últimas semanas y las tasas privadas siguen por debajo de las proyecciones más optimistas; para colmo, la semana pasada la Junta del Banco de la República entró en razón y abandonó su primitivo sistema de "metas monetarias" que equivalía a poner una pistola en la sien de la economía para inducirla a comportarse.



Pero todas esas cosas buenas, que en otras circunstancias inducirían euforia, son neutralizadas por dos desastres. El primero es la incapacidad del Gobierno para defender la vida, honra y bienes de los ciudadanos, e impedir que una minoría armada inflija terrible miseria al resto de la población. La víspera de enviar esta nota a Dinero la guerrilla asesinó a 53 policías y militares, barrió con explosivos Dabeiba, un sufrido pueblo antioqueño, mantenía cercado por hambre al Putumayo en una operación de extorsión masiva contra el Plan Colombia, y tenía secuestradas a miles de personas. Y todo eso mientras se daba palmaditas en la espalda con los negociadores oficiales, con algunos presidentes gremiales y con los defensores internacionales de los derechos humanos.



El segundo desastre es la explosión del desempleo a un nuevo récord mundial de 20,5%. Entre junio y septiembre el número de desempleados en las siete principales ciudades creció 2,0%, 33.000 personas. Esa cifra es apenas la mitad del aumento del desempleo trimestral en todo el país, pero casi iguala la del número estimado de guerrilleros y paramilitares. Reconozco, empero, que mis cifras sobre la subversión, de 1999, ya deben estar muy desactualizadas.



En cualquier país un desempleo de más del 15% sería prueba suficiente del fracaso de la política económica. Pero en Colombia la cosa es, además, de una estupidez irritante. Primero, porque tener desempleados a 3 ó 4 de cada 10 jóvenes (pues esas son las tasas de desempleo para menores de 30 años) es ceder una peligrosa ventaja a la subversión. Segundo, porque si algo revelan el sentido común y la experiencia mundial es que en una situación de guerra, y mientras la economía se maneje con algo de sensatez, la fuerza de trabajo tiende a volverse un recurso escaso, en lugar de redundante.



Una tragedia



El actual despilfarro de la fuerza de trabajo, de la capacidad productiva del país, es peor que el que sugieren las estadísticas. Por ejemplo, las calles colombianas hace rato fueron tomadas por mendigos y por "cuidadores de carros", que no se cuentan en la masa de desempleados porque no están buscando trabajo, y que obtienen sus ingresos mediante la ya familiar extorsión pordiosera. Pero los empleados encargados de cuidar y cobrar en Bogotá por las "zonas azules" oficiales para parqueo, no son más productivos que los autodesignados "cuidadores". Unos y otros se consideran a sí mismos ocupados, pero es dudoso que añadan algo al producto nacional. Son mecanismos para transferir parte de la renta nacional a sus bolsillos o a las arcas de la ciudad. El lector podría citar otros ejemplos. Dudo mucho que hoy más de uno de cada dos trabajadores de menos de 30 años esté aportando al producto nacional. La mayoría están desocupados u ocupados en actividades de simple transferencia, cuando no de destrucción directa de la riqueza.



Un importante concepto económico es el del "costo de oportunidad": el verdadero costo de usar un recurso, digamos un trabajador, en una actividad, es la producción sacrificada cuando ese recurso deja de producir las cosas a las que estaba previamente dedicado. Pero si hoy la mayoría de los trabajadores jóvenes están desempleados, u "ocupados" en actividades improductivas, la sociedad no perdería nada con emplearlos. Una política económica adecuada debería ser capaz de resolver, ya sea con impuestos o con cualquier otro mecanismo, el problema financiero para poner a producir esos recursos. Lo demás es incompetencia.



Ahora bien, si la mayoría del desempleo y el subempleo colombiano fuera de personas muy especializadas y si el país no tuviera como elemental y obvia prioridad defenderse de la subversión uno podría comprender que hubiera un complicado problema de sincronización de la oferta de trabajadores con la demanda de sus servicios. Pero el grueso del desempleo y el subempleo se concentra en personas jóvenes, que podrían beneficiarse del logro de una instrucción cívica y de un entrenamiento en diversos oficios al hacer parte, por ejemplo, de nuevos contingentes de Policía Cívica y del Ejército, mediante un sustancial aumento del pie de fuerza del país, hasta que se logre la paz.



El hecho de que muchas personas consideren que hay algo deshonesto en la propuesta de que se resuelva el problema financiero para que muchos más colombianos aptos reciban entrenamiento para poder defender a su país de una minoría sin escrúpulos, que se obstina en imponerse por las armas, solo revela hasta qué punto el apaciguamiento de la subversión ha destruido valores esenciales para la supervivencia de la sociedad y comprometido la viabilidad de Colombia en el largo plazo.
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