Opinión

  • | 2005/03/18 00:00

    Un dilema sin resolver

    El trabajo se nos ha convertido en el único espacio de desarrollo personal y el costo social que estamos pagando todos es muy alto.

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En una investigación reciente en siete países latinoamericanos (Argentina, Brasil, Chile, Colombia, El Salvador, México y Venezuela), se encuentra que Colombia tiene la mayor proporción de mujeres en posiciones de dirección. Este dato es para mí una muestra más del avance de nuestro país en educación. Efectivamente, valoramos mucho la preparación académica y nuestras familias hacen cualquier sacrificio con tal de darles la mayor educación posible, según su nivel social y económico, a sus hijos e hijas.

La formación profesional ha permitido, entre otros factores como su desempeño destacado y su compromiso con el trabajo, que nuestras mujeres lleguen a altas posiciones en todos los sectores de la economía nacional. A pesar de que constituyen un poco más del 50% de ingreso a la universidad, de acuerdo con la investigación mencionada1 el porcentaje de mujeres en posiciones directivas parece muy bajo comparado con la proporción de mujeres altamente preparadas. Esto no es exclusivo de nuestro país o de Latinoamérica, pues al mirar la participación laboral femenina en el mundo, si bien las mujeres constituyen el 36% de la población económicamente activa, en la mayor parte de los países ocupan el 10% o máximo el 20% de las posiciones de dirección. Este porcentaje baja al 5% al incluir las posiciones de alta responsabilidad y en las juntas de las 500 empresas más grandes seleccionadas por la revista Fortune, apenas el 6% cuenta con mujeres.

De todas formas, en nuestro país no es noticia que la mujer ejecutiva, es decir, aquella que tiene responsabilidades y personas a su cargo, es un fenómeno bastante extendido en todas partes del país. De acuerdo con otra investigación2 con grupos de mujeres de diferentes sectores, nuestras ejecutivas se destacan por realizar bien su trabajo, independientemente del sector y del nivel del cargo. Son personas muy responsables y comprometidas, capaces de formar equipos efectivos de trabajo.

Las ejecutivas entrevistadas sobre su éxito, mencionan su excelente desempeño y entrega responsable a todas las tareas, como factores que les han permitido alcanzar las posiciones que ahora ocupan. No cabe duda para mí, de que nuestras mujeres, y en este caso nuestras ejecutivas, ocupan las posiciones porque se han ganado el espacio y el respeto gracias a su desempeño. Pero nada es gratis, todo tiene un costo. El costo social que parece haber tenido la creciente participación de las mujeres en las posiciones de alta dirección que requieren tanto tiempo de dedicación, recae en primera instancia en la calidad de la vida familiar, más específicamente en la crianza y educación de los hijos y en su propia salud y bienestar personales. Dicho de otra forma, el dilema que acompaña a nuestras mujeres ejecutivas, al igual que a la mayor parte de las mujeres trabajadoras, independientemente del cargo y del nivel, es el equilibrio hogar-trabajo. No parece que hayamos podido resolver este dilema y no veo claro que en nuestro medio se esté asumiendo socialmente como un problema.

Cada mujer, cada mañana y cada noche se ve enfrentada a la angustia de no poder atender a sus responsabilidades familiares y personales como lo hace con sus responsabilidades laborales. En cierta forma, en la práctica, nuestras ejecutivas, en su mayoría, han atendido el dilema hogar-trabajo -mas no lo han resuelto-, dedicándose de lleno a su trabajo.

El trabajo se ha convertido para algunas en una obligación y para otras en una obsesión y en cualquiera de los dos casos exige una gran dedicación de tiempo. Y por lo que he conocido del sector público, allí es peor porque como son "servidoras públicas" no hay derecho a pataleo: el horario se extiende hasta la hora que sea.

En cualquier caso, parecemos empeñadas en demostrar no solo que podemos trabajar y hacerlo muy bien, sino que podemos hacerlo incluso mejor que los hombres. Hemos entrado en una especie de competencia en la cual buscamos ser no solo iguales sino mejores, y mejores en todo. Pero como esto es difícil, en la práctica hemos descuidado o desatendido a nuestros hijos y a nosotras mismas.

En algunas parejas, los papeles se han invertido y es el esposo quien se hace cargo de las antiguas tareas de la esposa: llevar a los hijos al médico, seguir las tareas escolares, estar enterado de las amistades de sus hijos y de sus relaciones. Esto libera mucho a las ejecutivas y establece un equilibrio diferente que cuando funciona es digno de tener en cuenta como una alternativa adecuada. Sin embargo, este esquema no parece ser el más común.

Me encuentro en la terapia y en la investigación, con unas mujeres muy exitosas en el trabajo pero muy angustiadas por la falta de tiempo y de paciencia para sus hijos o con toda suerte de problemas de salud y poco goce de la vida. Llegan a la casa, agotadas, a atender a unos niños y unos adolescentes que a su vez han ocupado su tiempo en clases de todo tipo y están igualmente cansados. En esas condiciones, es difícil compartir las cosas importantes para cada uno y modelar unas relaciones de comprensión y apoyo. Si bien las abuelas y demás miembros de la familia extensa, sobre todo hermanas y suegras, suplen muchas necesidades de afecto y atención y participan en las actividades por medio de la cuales se transmiten valores y principios de vida, esa madre ya no alcanza a ser el "centro del hogar" y esto la angustia mucho, sobre todo cuando evidencia que el tiempo pasó y "no disfrutó la infancia de sus hijos", como me decía alguna. No los acompañó en los diferentes eventos que marcan las etapas del desarrollo. Ni siquiera aparece en las fotos.

He encontrado grandes diferencias en la percepción del problema y en la solución del dilema entre las mujeres mayores de 40 años y las menores. Las primeras sienten ahora un cierto desencanto y tienen un gran cuestionamiento sobre su dedicación total al trabajo de años anteriores, al punto de que varias resolvieron cambiar de trabajo o reducir su jornada laboral, intentando recuperar el tiempo perdido. Las menores están angustiadas pero no parecen dispuestas a cambiar su trabajo. Una ejecutiva del sector financiero, madre de tres niños, con una ansiedad permanente por no pasar más tiempo con sus hijos, decía que había logrado, con la ayuda eficiente de un coach personal, ¡salir de su oficina a las 7:30 de la noche en lugar de a las 9:30!

Me pregunto por qué las mujeres parecemos atrapadas por el trabajo y me planteo varias hipótesis. Primera: quizá el trabajo se ha convertido, como me decía una colega, en el espacio social por excelencia. Allí se hacen amistades, se siente un gran apoyo, se tienen actividades en grupo que suplen las necesidades que antes llenaba la familia nuclear de origen, en la cual ahora hay una madre trabajadora. Segunda: se ha formado un círculo vicioso en el que les huyen a las responsabilidades del hogar porque no las pueden asumir como las laborales y como no las asumen, los problemas se mantienen sin resolver. Tercera: atender las responsabilidades del trabajo es en alguna medida más fácil que asumir las del hogar. En la casa no se dan órdenes, sino que hay que comprometerse en unas relaciones exigentes, con la pareja y con los hijos, para obtener los mejores resultados. Cuarta: estamos en una etapa de transición, en la cual la mujer tiene que terminar de consolidar su espacio como profesional y como trabajadora comprometida para ser aceptada como "igual" al hombre y poder luego cosechar el triunfo que le permita exigir un ritmo más acorde con sus intereses y obligaciones con ella misma ante todo y con los demás. Y quinta: las mujeres no sabemos delegar porque venimos de ver y de asumir todas las tareas del hogar con la entrega y el nivel de responsabilidad que exigen esas tareas y al llegar al ambiente laboral, lo asumimos de la misma forma.

Cualquiera que sea la razón o el origen de la dedicación al trabajo, en tiempo y en energía, de nuestras ejecutivas, hay dos hechos que tenemos que atender y que se ven afectados por esa dedicación: la crianza de los hijos y las necesidades de afecto personal y la pérdida de mujeres maravillosas para una organización y para la sociedad.

No se trata de regresar a las mujeres al hogar tiempo completo y dejar de percibir su aporte laboral e impedir así su desarrollo profesional y personal. Pero sí se requiere que esta dificultad para atender a los hijos y para cuidarse a sí mismas sea asumida por las organizaciones que ellas dirigen. En aras de ver a las mujeres como iguales en el trabajo, hemos dejado de ver la particularidad de las responsabilidades que tenemos, hombres y mujeres, como padres, como miembros de una pareja, como hijos y como ciudadanos. El trabajo se nos ha convertido en el único espacio de desarrollo personal y el costo social que estamos pagando todos es muy alto.

Como ejecutivas tendríamos que buscar formas novedosas de organización del trabajo -empezando por las empresas que dirigimos-, que nos permitan a las mujeres, y ojalá también a los hombres que lo quieran, asumir trabajos de medio tiempo, tener tiempo para atender nuestras obligaciones familiares y nuestros intereses personales en tiempo diurno y sin angustia, haciendo uso de horarios flexibles y de la posibilidad de trabajar en la casa.

Conozco compañías en Europa que han establecido este tipo de arreglos, para no perder mujeres profesionales de excelente nivel intelectual que, por eso mismo, resuelven en un momento dado que ellas son más importantes que cualquier trabajo. También leí en la más reciente edición en español de Harvard Business Review sobre la experiencia de dos mujeres ejecutivas que compartían un mismo puesto con éxito.

No resolvamos el dilema hogar-trabajo como si tuviera que ser el uno o el otro. Permitamos y desarrollemos esquemas de trabajo que reconozcan el valor y la importancia del bienestar personal y familiar además de la productividad empresarial y el desempeño organizacional. Para que esto se logre se requiere, en mi concepto, que las mujeres directivas reconozcan la particularidad de sus necesidades, las validen y participen abiertamente en la búsqueda de soluciones propias a nuestra cultura. Y que los hombres acepten que no es lo mismo tener una mujer que un hombre en la organización y que no por esto se van a ver afectados negativamente los resultados.





1 Maxfield, S. (2005)

"Best Practices in Women's Advancement: Adaptations in the Latin American Context". En S. Maxfield (Ed.) Gender dimensions of corporate life in Latin America: women's roles and women's view. Bogotá: Universidad de los Andes (en prensa).



2 Cárdenas

de Santamaría, M. C. (2004) "Las mujeres directivas". En F. Cepeda, (Ed.) Fortalezas de Colombia. Bogotá: Planeta Colombiana, S.A. pp. 341-355.
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