Opinión

  • | 2005/12/01 00:00

    Tropezando en la misma piedra

    El gobierno y el Banco de la República están repitiendo, con el entusiasmo de novios primerizos, los errores que llevaron a la crisis de 1998-1999.

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Una de las muchas venas rotas fiscales que, por su novedad, me llamó la atención cuando me enteré de ella hace unos meses, en el curso de mi ejercicio profesional, fue la pérdida por el Estado de demandas presentadas contra él para el "restablecimiento del equilibrio económico" de contratos que fueron firmados entre los particulares y entidades públicas a mediados de los 90 y cuyos resultados económicos se vieron adversamente afectados, según los demandantes "en forma imprevisible", por la recesión de 1999 y el período flojo posterior. Varios laudos arbitrales concedieron indemnizaciones cuantiosas a los demandantes y entiendo que hay muchas otras demandas en trámite.

Si la crisis económica de 1998-1999 fue prevista en alguna medida es cosa que puede discutirse, pero la mayoría de los economistas hallaría estrambótico que se predicara la "imprevisibilidad" conceptual del fenómeno recesivo, excepto en el sentido trivial de que nadie está en condiciones de anticipar con precisión su oportunidad y sus características. Los fenómenos económicos no son de generación espontánea y las consecuencias de las acciones y omisiones económicas no son aleatorias. Por lo demás, hay un montón de trabajos que muestran, en forma convincente, que la crisis particular mencionada comenzó a gestarse varios años antes, por la combinación de cosas como la revaluación del peso, la explosión de las importaciones y el exceso de endeudamiento.

Porque veo que hoy, en medio de una bonanza bastante artificial, las condiciones se parecen cada vez más a las que antecedieron la crisis de finales del siglo pasado, me fastidia pensar que, dentro de unos años, cuando estemos discutiendo la insatisfactoria tasa media de crecimiento o el escaso éxito del país bajo el TLC, alguien vuelva a salir con el cuento de que todo fue la consecuencia de accidentes. Y me resulta intolerable imaginar que, para colmo, dentro de unos años el Estado pueda ser nuevamente asaltado con demandas que esgriman la famosa doctrina de la "imprevisibilidad".

La vieja idea de que las recesiones económicas ocurren sin previo aviso, como algunos desastres naturales, y que en su mayor parte tienen origen externo, podía tener alguna validez en el mundo "prekeynesiano" de las primeras décadas del siglo pasado, pero carece por completo de validez en una economía moderna. Con muy pocas excepciones, las crisis económicas registradas en todo el mundo desde la posguerra pueden rastrearse hasta acciones u omisiones de los gobiernos y los bancos centrales de los países.

Hace siete años escribí en Dinero un artículo donde calificaba lo ocurrido en 1998-1999 como un "desastre natural" por haber sido "la consecuencia natural de una larga cadena de errores". Ni siquiera para abreviar voy a incurrir en la odiosa práctica de citarme a mí mismo, pero me parece válido señalar que en ese artículo, cuando estaba intentando un recuento de los errores que llevaron a la crisis, destaqué la exagerada expansión monetaria que facilitó un aumento excesivo del crédito de los hogares y las empresas, el vertiginoso aumento del gasto del gobierno, el disparo de la demanda agregada y la revaluación del peso que, al combinarse con una vigorosa demanda general, indujo un aumento explosivo de las importaciones y, a la postre, un gran deterioro de la situación externa.

Con la excepción del deterioro de la situación externa, que todavía no se aprecia porque está mimetizado detrás de los excelentes precios de las exportaciones tradicionales, lo anterior podría considerarse una descripción bastante adecuada de la situación actual. También hoy observamos un vertiginoso crecimiento monetario, un gasto público voraz, capaz de tragarse cualquier bonanza de ingresos petroleros y tributarios, una fuerte revaluación del peso y una explosión de las importaciones.

Que la historia se repita no es casual. La única manera de bajar la inflación sin golpear, inicialmente, la demanda y la producción, es mediante una revaluación de la moneda que abarate las importaciones de bienes finales e insumos. Pero, una vez explotan las importaciones, la única manera de evitar que ellas se efectúen a costa de la producción es mediante políticas monetarias y fiscales expansivas que disparen la demanda total. Y, con una demanda disparada, solo una revaluación puede impedir el resurgimiento de la inflación.

El esquema de crecimiento y estabilidad por la combinación de la revaluación con políticas de apoyo a la demanda interna puede dar, durante algún tiempo, la impresión de que el país entró en un círculo virtuoso, y sostenible. Pero esa combinación ha sido el caldo de cultivo de casi todas las crisis latinoamericanas del último cuarto de siglo. Tengo la convicción de que en Colombia también será la causa de la crisis de 2007.
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