Opinión

  • | 2006/01/16 00:00

    Tributo al realismo monetario

    Los logros bajo Greenspan no resultaron del activismo monetario, sino de aceptar la importancia de tasas de interés bajas y de reconocer la impotencia del manejo monetario para corregir desequilibrios fundamentales.

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La caricatura de The Economist no puede ser más elocuente. Greenspan, el presidente de la Reserva Federal que dejará su cargo el próximo 31 de enero, es un corredor de relevos que estira su mano para pasarle la posta al siguiente, pero la barra testigo que entrega es un taco de dinamita con la mecha prendida. Por si algo faltara, el editorial señala: "La partida de Greenspan podría muy bien marcar un pico económico de Estados Unidos, con un período flojo por delante. Ello será así no tanto porque se vaya, sino por lo que deja detrás: los mayores desequilibrios económicos de la historia estadounidense". Obviamente se refiere al déficit corriente de la balanza de pagos, que excede US$700.000 millones, y al déficit del gobierno federal, 3,7% del Producto Interno Bruto, PIB.

La economía del Imperio nos afecta a todos pero tengo una razón adicional para opinar sobre el asunto: la idea de que Greenspan es culpable de no haber utilizado los instrumentos monetarios para corregir los desequilibrios señalados se parece a algunas críticas que he escuchado en Colombia a la "lasitud" del Banco de la República, que permitió que las tasas de interés se desplomaran a pesar del gran déficit del gobierno nacional. No comparto esas críticas. Por el contrario, creo que uno de los peores riesgos para la economía colombiana es el regreso a una etapa de activismo monetario estilo 1998, así no se trate de obstaculizar una devaluación necesaria, como en esa época, sino de intentar compensar la falta de disciplina del gobierno.

Primero, algo sobre el récord de Greenspan, que dirigió la Reserva Federal entre agosto de 1987 y enero de este año. Después de una recesión de dos trimestres de 1990-1991, asociada con la Guerra del Golfo, Estados Unidos creció en forma ininterrumpida durante 59 trimestres, y sigue creciendo. La inflación anual fluctuó entre 1,1% y 6,3%, y cierra en 3,5%. Las tasas de interés nominales del banco central fluctuaron entre 1% y 9,8% pero su exceso respecto a la inflación en los últimos tres lustros nunca pasó de 3,8 puntos. ¡Qué diferencia con el activismo monetario previo, de Volcker, cuando la tasa de referencia de la Fed llegó a situarse 9,5 puntos por encima de la inflación y la economía estadounidense se mantuvo en recesión intermitente durante tres años! Siempre influye el azar pero los resultados en un período tan largo no pueden considerarse casuales. En muchas ocasiones, Greenspan rechazó la receta de elevar las tasas para meter en cintura la economía y en cambio, como destaca The Economist, aunque lo hace en tono crítico, estuvo dispuesto a bajarlas siempre que aparecieron riesgos de debilidad económica, incluyendo la amenaza de un colapso de la Bolsa en 1997.

¿Cómo, exactamente, podría la política monetaria contribuir a corregir los desequilibrios señalados? Comencemos con el déficit en cuenta corriente, que implica suplir el déficit de ahorro interno con ahorro externo al costo, por supuesto, de mayor deuda con el resto del mundo. Un aumento de las tasas de interés, que algunos recomiendan para frenar la demanda, atraería más capitales hacia el dólar e induciría su apreciación frente al euro y el yen restando capacidad a las exportaciones estadounidenses e induciendo aún mayores importaciones y desahorro. La elevación de las tasas solo reduce el déficit de ahorro nacional cuando llega al extremo de desplomar la inversión, en medio de una recesión. Eso sí es cortar por lo sano, resolviendo el problema con la misma eficacia con que una decapitación acaba con un dolor de cabeza.

El otro desequilibrio es el fiscal. Pero mayores tasas de interés implicarían mayores pagos sobre la deuda, además de menores recaudos al afectar el crecimiento económico. Forzar un aumento de las tasas de largo plazo mediante un gran aumento de las tasas de la Fed no contribuiría un gramo a la reducción del déficit fiscal.

La recomendación convencional de que el banco central meta en cintura a la economía subiendo sus tasas tiene una base ideológica más que económica, pues supone que la economía responde a mayores tasas de interés de manera distinta a como lo hace en realidad. No digo que un desequilibrio fiscal en medio del auge económico no tenga consecuencias negativas de largo plazo. Es preocupante que Estados Unidos, como casi todo el mundo, se resista a tomar la medicina fiscal. Pero ello no justifica que, como los antiguos, a falta de un remedio verdadero recurramos al barbero para que lo sangre, debilitando aún más sus defensas.
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