Opinión

  • | 2005/01/21 00:00

    ¿Tratado de Libre Comercio para qué?

    El propósito que justificaría el TLC sería disminuir la relación de dependencia y acortar las distancias con la contraparte, como lo lograron los miembros pobres de Europa.

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Esta pregunta no busca cuestionar la negociación, ni proponer que no se haga. Al igual que el doctor Darío Echandía con su famosa frase no pretendía mostrar desprendimiento sino responsabilidad, en el sentido de que el poder debe ir acompañado de un mandato, el sentido de la inquietud aquí es ¿dentro de qué propósito?

La premisa es que los Tratados Bilaterales de Libre Comercio no son un fin en sí sino un medio, un instrumento utilizable para determinados objetivos, y son ellos los que se requiere definir. ¿Se espera que ayuden al desarrollo del socio más atrasado? ¿Se supone que son parte de un proceso de integración? ¿Debe con ellos cerrarse la brecha entre países? ¿No tienen función ni obedecen a propósito diferente que el de facilitar el comercio y la venida de capitales externos?

De lo último -lo único hasta ahora debatido-, lo supuestamente positivo sería la rebaja para el consumidor por las importaciones, el aumento de las exportaciones, y el atractivo para la inversión extranjera.

Pero en cuanto a lo primero, lo interesante no sería el tamaño de nuestro mercado, ni nuestro poder adquisitivo, sino los márgenes entre los costos allá y los precios aquí; en otras palabras, no somos un mercado apetitoso sino para vender a precios similares a los actuales. Además, las importaciones requieren divisas y, como lo han demostrado los últimos 15 años de 'apertura', no se puede contar con las exportaciones para ello (año tras año nos hemos financiado con los créditos que hoy como deuda externa y déficit fiscal nos agobian, y para la vigencia del TLC ya no tendremos ingresos sino salida de divisas por cuenta del petróleo).

También la conquista de los mercados estadounidenses es algo ilusoria. Nuestra opción es ganar la franja de lo que no producen, pues es claro que con nuestro atraso tecnológico, de infraestructura, de capital, etc. no somos 'competitivos' ante sus empresas. La lucha será con otros países que tengan la misma opción. Para medir nuestras posibilidades reales, basta pensar que México, con la tradición de industrias de maquila, con la vecindad y el porcentaje de población compartida, y con la ventaja de haber entrado antes y sin competidores, es un rival inalcanzable; o que China, sin tratado alguno, por medio de políticas comprometidas y planificadas con ese objetivo, lo ha alcanzado -¡y con qué éxito!- (como Corea y Japón en su momento). Nuestros empresarios llevan las de perder ante economías planeadas y organizaciones estatales montadas para mercados que por su naturaleza no dependen de la capacidad de los actores particulares (aquí llamamos despectivamente 'agenda interna' lo que correspondería a un modelo de desarrollo y una política estatal, y que contrariaría el esquema neoliberal prevaleciente). Los expatriados son ya nuestra principal 'exportación', pero con el agotamiento del petróleo serían necesarias las remesas de 4 ó 5 millones de nuevos exilados para que sustituyan esas divisas.

La verdadera expectativa se concentraría en la inversión extranjera que solucionaría todos los problemas: sustituiría el ahorro interno, financiaría las importaciones, con transferencias de tecnología volvería competitivas las exportaciones, dinamizaría la economía, generaría mayores ingresos fiscales saneando las finanzas del Estado, y podríamos entonces, después de algunos lustros, atacar los problemas sociales.

Pero más improbable que un boom de exportaciones o que nos beneficiemos de toda clase de importaciones baratas, es que se entusiasme el extranjero por iniciar industrias en Colombia. Una cosa es comprar empresas regaladas y otra arriesgarse montándolas al costo real. A las limitaciones de infraestructura, trabas burocráticas y todas las características del subdesarrollo, se adicionan las de un país donde la inseguridad es el rasgo dominante. La física por problemas de orden público (¿dónde se entiende por 'seguridad' depender de tanquetas para salir a las carreteras?); pero también la de quién es la autoridad (en zonas guerrilleras, el Estado no existe y en zonas paramilitares, está bajo su dirección); la de una Justicia inoperante y desconfiable (además en permanente reestructuración); la de un sistema legislativo que depende única y exclusivamente de intereses electoreros (no se vota por el contenido de las normas, sino por los compromisos personales adquiridos); la constitucional de un país que se administra a base de reformas a la Carta; inseguridad respecto a las políticas de Gobierno (toda intervención -sobre precios, impuestos, controles, etc.- es casuística, sin marco preestablecido alguno), y respecto a sus proyectos (no busca que se cumplan sino los cambia a mitad del camino). Para el inversionista, esto no es seguridad, sino lo contrario: los cambios permanentes y arbitrarios, así sea para favorecerlos, solo garantizan que con la misma facilidad se los pueden aplicar en contra después.

Estos aspectos no son los que justificarían el tratado. Tampoco es de esperar que en su dinámica natural se cierre la brecha de tecnología y capital que tenemos, puesto que en ellos tienen Estados Unidos sus ventajas comparativas -fundamento del TLC-, mientras las nuestras son lo barato de nuestra mano de obra y los recursos naturales; por el contrario, tanto experiencia como teoría muestran que el resultado inevitable es un aumento de la brecha tanto económica como de desarrollo.

Otro punto a evaluar es que se sostiene que por ser Estados Unidos nuestro mayor socio comercial, debemos eliminar trabas para aumentar la relación con ese país. Pero con la desaparición de la hegemonía del dólar, esto puede tener tanto de largo como de ancho. Amarrarnos así a la órbita de una divisa parece cuestionable incluso si ella es la dueña del mundo, pero hacerlo con quien pierde poder y valor ante otras monedas o bienes (euro, franco suizo, libra esterlina, yen, petróleo, café, hierro, etc.) puede ser insensato.

El propósito que justificaría el TLC sería disminuir la relación de dependencia y acortar las distancias con la contraparte, como lo lograron los miembros relativamente subdesarrollados de la hoy Europa Unida (España, Irlanda, Grecia y Portugal).

Como la simple liberación comercial tiende a lo contrario, lo esencial en la negociación no son los plazos o cláusulas de amparo o de excepción, sino la inclusión de convenios paralelos para que los beneficios que el libre comercio produce a la parte que tiene condiciones ventajosas sean compensados con traslados al socio que está en condiciones inferiores.

Bajo el supuesto entonces de que el objetivo es una integración, un impulso al desarrollo de nuestro país, o por lo menos una reducción de las brechas tecnológicas o de riqueza, lo deseable es evitar caer en un orden creado alrededor de la capacidad competitiva de las partes: negociar los mecanismos que contrarresten y corrijan los efectos naturales del libre comercio; concretamente crear fondos de compensación (constituidos por lo que sería el excedente favorable al país ya desarrollado) para financiación de obras de infraestructura, inversiones en apropiación y desarrollo de tecnología, y sobre todo para mediante programas educativos aumentar el capital humano.
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