Juan Mayr Maldonado

| 6/27/2003 12:00:00 AM

Transgénicos: ¿solución para la agricultura?

Ojalá no pase lo mismo de hace 25 años, cuando las multinacionales nos vendieron la idea de usar productos químicos para resolver todos los problemas de productividad.

por Juan Mayr Maldonado

Candente y conveniente ha sido el debate sobre el sector agropecuario en Colombia. Lamentablemente, el tema de fondo -la política agropecuaria-, muy bien recogido por la revista Dinero y seguido por varios columnistas en las páginas editoriales de la prensa nacional, se ha visto eclipsado por la controversia que han suscitado las críticas expresadas al Ministro Cano y a la política agraria que este representa, por Rudolf Hommes, en su doble carácter de asesor presidencial y columnista.

Al margen de esta cortina de humo han sido tocados temas como los subsidios gubernamentales -con recursos de todos los colombianos- para favorecer a los grandes productores de leche, azúcar, arroz y maíz, que se aproximan a US$1.500 millones anuales, cifra similar a todo el Plan Colombia. También se ha analizado el impacto que esta política tiene sobre los consumidores, el empleo y el empobrecimiento del pequeño campesino, así como la carencia de políticas que incentiven mercados orgánicos que cuentan hoy con una creciente demanda internacional, para los cuales Colombia es altamente competitiva por sus variadas condiciones tropicales.

En medio del debate ha pasado inadvertido el impulso que el gobierno nacional viene dando a los productos transgénicos, un tema complejo y, por tanto, ajeno para la mayoría de los colombianos, pero que, de seguir así, sin medidas adecuadas de precaución, nos podría dejar en un futuro por fuera de los crecientes mercados internacionales de productos naturales.

Esos organismos modificados genéticamente se han venido produciendo en laboratorio a partir de la biotecnología moderna que permite transferir determinados genes de una especie vegetal o animal a otra, con el fin de modificar ciertas condiciones de la especie receptora. Así ha sido posible crear nuevas variedades transgénicas con mayores rendimientos, mejores propiedades nutritivas, resistentes a ciertas plagas y a algunos productos químicos.

A partir de estas cualidades, empresas transnacionales como Monsanto han venido presentando al mundo las semillas transgénicas como la gran solución para el mejoramiento en la productividad del agro, el cuidado del ambiente e inclusive para acabar con la hambruna que afecta a millones de personas.

No han mencionado el riesgo y los efectos adversos que las especies modificadas puedan tener en un futuro sobre la salud humana y el ambiente, tema sobre el cual hay incertidumbre científica. Y, por supuesto, este pequeño detalle ha despertado una de las controversias mundiales más interesantes de nuestros tiempos entre ambiente, salud pública y comercio. El caso ha llegado hasta la Organización Mundial del Comercio, OMC.

El mes pasado, Estados Unidos, principal productor de transgénicos, aduciendo barreras injustificadas al comercio, demandó a la Unión Europea, UE, ante la OMC por la moratoria que esta estableció desde 1998 sobre los productos transgénicos. El Comisario para la Salud y la Protección de los Consumidores de la UE se refirió entonces a los esfuerzos por adaptar el sistema regulatorio europeo a los últimos desarrollos científicos y contar con procedimientos que aseguren la protección del ambiente y la salud humana. Por su parte, la sociedad civil europea rechazó la demanda acusando a los estadounidenses de querer forzarlos a consumir alimentos modificados.

Suiza, donde las encuestas han mostrado que más del 85% de la población rechaza los transgénicos, ha desarrollado una avanzada legislación y tecnologías para detectar y prevenir cualquier efecto adverso que estos productos pudieran ocasionar.

En Colombia, sin embargo, la situación es otra. Aquí, donde ensillamos antes de traer las bestias, el Minagricultura ha aprobado los cultivos de algodón transgénico y estudia la aprobación para maíz modificado en medio de grandes limitaciones técnicas y científicas para evaluar los riesgos. Así se desprende de los análisis realizados por los institutos de investigación ambiental que han estudiado el tema. Además, las semillas de maíz que se quieren introducir al país son resistentes a un tipo de plaga que no existe en Colombia. Por fortuna, el Protocolo de Cartagena sobre Bioseguridad entrará en vigor en 90 días. Colombia es parte ratificante y esto obligará a establecer una legislación coherente sobre el tema.

Ojalá no sea tarde y no pase lo mismo que 25 años atrás cuando las multinacionales nos vendieron la idea de la revolución verde con base en sus productos químicos para resolver todos los problemas de productividad. Años después vimos cómo las tierras algodoneras habían quedado estériles y la fauna regional había resultado severamente afectada. Los desechos químicos habían sido enterrados en lugares como El Copey y Codazzi, sin ningún tipo de precaución, constituyéndose hoy en una región con un alto índice de cáncer en la población. Y lo paradójico es que a la hora de responder no hay quién lo haga.

Quien no conoce la historia está condenado a repetirla, de ahí la importancia de tomar todas las medidas de precaución necesarias.
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