Opinión

  • | 2004/10/15 00:00

    TLC: ambiente y desarrollo

    Múltiples implicaciones ambientales, económicas y de largo plazo deberán ser tomadas en cuenta y aún no se han debatido.

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Luego de varias rondas de negociación, y de los múltiples foros y eventos para analizar las implicaciones del TLC sobre los diferentes sectores de la actividad económica del país, se hace evidente la ausencia de un análisis cuidadoso y serio acerca de sus impactos sobre el ambiente, así como también las posibilidades que tal tipo de acuerdo pueda ofrecernos.

Hasta el momento, el debate se ha centrado en el acceso a los recursos genéticos y la propiedad intelectual, temas sin lugar a dudas claves para Colombia como país poseedor de una extraordinaria biodiversidad y conocimiento tradicional, y de carácter estratégico para los estadounidenses, quienes son los poseedores de la biotecnología para transformar la biodiversidad en productos con un alto valor agregado.

En una de las cláusulas de la ley que aprueba el Fast-Track, el Congreso estadounidense estipula que los países signatarios de los acuerdos comerciales deben cumplir la legislación ambiental existente en esos países -en este caso, Colombia se compromete a cumplir su propia legislación-. Sin embargo, ¿qué tan preparadas están Colombia, su institucionalidad ambiental y cada uno de sus sectores para asumir las obligaciones que impone la ley estadounidense en materia ambiental? Sin lugar a dudas, desde este punto de vista, el TLC nos ofrece una magnífica oportunidad para avanzar en la gestión ambiental, que como ya es bien conocido por el país, en este gobierno, ha tenido un retroceso significativo.

Otro tema para debatir y en el cual aún estamos en pañales es el impacto que sobre la base natural del país generarán la expansión de la producción y la construcción de la infraestructura necesaria para satisfacer la demanda de los mercados estadounidenses. Son múltiples las implicaciones ambientales, económicas y de largo plazo que deberán ser tomadas en cuenta y que aún no han sido motivo de debate y análisis.

También vale la pena analizar qué tan adecuado puede resultar privilegiar la expansión de monocultivos, muchos de ellos a partir de cultivos transgénicos, sobre el potencial que nos ofrece ser un país con una gran diversidad de posibilidades gracias a sus particulares condiciones tropicales. Hoy, el mercado anual de productos basados en los recursos biológicos -cosméticos, fármacos, plantas medicinales, ornamentales, semillas, etc.- alcanza cifras superiores a US$1.000 billones, de los cuales Colombia tan solo exporta la pírrica suma de US$4 millones, pero además y de manera paradójica importamos US$44 millones.

Es el momento de plantearnos el gran desafío de mirar la biodiversidad como factor de desarrollo y fuente generadora de empleo. Una apuesta en este campo nos permitiría salir del aislamiento tecnológico, impulsaría el desarrollo económico y la competitividad de las diferentes regiones del país de manera equitativa a partir de su potencial ambiental y su diversidad biológica y contribuiría igualmente a dar soluciones alternativas a los narcocultivos, uno de los principales problemas que enfrenta el país y cuyos impactos sobre el ambiente y la financiación de la guerra son de la mayor urgencia.

En medio de los afanes que caracterizan esta negociación -el Fast-Track finaliza en mayo y cualquier tratado que firme Estados Unidos deberá ser presentado al Congreso de ese país con 90 días de anticipación para su aprobación-, es hora de abrir un cuarto de al lado para debatir todos estos temas. Un espacio de participación que se debe extender en las regiones puesto que existe una gran expectativa en los diferentes departamentos sobre los impactos y beneficios que pueda ocasionar el TLC.

A partir de una amplia discusión y participación de todos los actores interesados, el TLC puede ganar legitimidad, hoy cuestionada por muchos sectores que se han visto excluidos del proceso de negociación.
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