Opinión

  • | 2008/01/18 00:00

    Tiempo de reflexiones

    El punto ya no es esperar un cambio en el Gobierno, lo cual sería iluso. Y menos un cambio de Gobierno. Más vale orientar el análisis y el esfuerzo a pensar en lo que será necesario hacer cuando esta etapa termine. No pensar en Uribe sino en el modelo político que debe existir sin depender de él.

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El seguir el acontecer noticioso sin poder opinar sobre él (por motivo de las vacaciones de esta revista) permite u obliga a reflexionar y salir de la inmediatez del evento diario para dar más perspectiva y distancia al proceso que vive Colombia.

Lo evidente, al mismo tiempo que lo central, es la polarización del país, la cual se manifiesta en que, según la perspectiva de quien opina, se aprecian de forma diferente tanto los objetivos y su relación con los medios utilizados para alcanzarlos, como los resultados y los costos que los han acompañado.

En lo retórico nunca hay controversia sobre los objetivos -el bienestar de los ciudadanos-, pero cuál es la manera más apropiada para alcanzarlos produce posiciones contrarias. Una visión da prioridad a los resultados que son los que a su turno justifican las decisiones que toma la autoridad y consecuente con ello los medios para lograrlos son de poca o de ninguna relevancia porque la aprobación o bendición la da la aceptación tácita o explícita de la ciudadanía que apoya las medidas que se toman. Otra visión busca establecer un orden en el cual sean los principios y unas normas abstractas y generales la fuente de legitimidad de las políticas y las medidas de un gobierno, por lo cual lo determinante para emitir juicios u opiniones sobre sus gobernantes son los medios que se utilizan. Por ejemplo, esta última hace énfasis en lo objetable que una reforma constitucional se logre a la manera de casos como los de Yidis y Teodolindo, o que se pueda convertir el país en uno donde las mayorías gubernamentales dependen de cincuenta congresistas que están procesados por la Justicia, o donde aparecen día a día vínculos y cuestionamientos que ponen en duda la naturaleza de los asesores del Presidente, o donde resulta que parte de los éxitos de la fuerza pública son 'falsos positivos' en que se cobra la vida de inocentes para hacer méritos ante los superiores, mientras según la otra visión estas situaciones y eventos son un 'mal menor' porque permiten la expectativa de soluciones a problemas mayores.

Lleva esto también a una divergencia en la apreciación de resultados y la relevancia que se da a los costos para obtenerlos. Por ejemplo, tienen razón en ver el lado positivo del gobierno quienes se sentían bajo peligro de ser secuestrados o se veían impedidos o limitados en el uso de las carreteras no solo para ir a sus fincas sino para hacer turismo o ganar su sustento como transportadores; pero quienes a lo largo de este mandato forman parte de las familias de las ocho víctimas diarias de desaparición forzada (según informe conjunto de ONU-OEA) o de los dos millones de desplazados que reconocen las autoridades, o de la cantidad de sindicalistas y defensores de derechos humanos muertos, o de los mismos familiares de los retenidos que no han podido recobrar su libertad en estos cinco años, difícilmente pueden agradecer que sean ellos los sacrificados en aras de su política.

O, yendo a un nivel más general, no todos vemos con el mismo lente el haber echado por la borda todo un sistema jurídico-político, estudiado y consensuado para desarrollar una estructura democrática del Estado, con pesos y contrapesos, y con autonomía de las diferentes ramas del poder, para mediante un 'articulito' crear un sistema de gobierno instituido para una sola persona con nombre propio.

Pero son prácticamente inútiles los esfuerzos por debatir realidades o por invitar a que se estudien y evalúen dimensiones diferentes a la de la posición que tiene cada uno respecto a la guerrilla y la guerra contra ella. En Colombia solo existe este referencial que con el nombre de 'seguridad democrática' ha implantado el gobierno; y, para quienes no aceptan alternativa diferente de la derrota absoluta, ni los medios ni los costos para lograrla se miden...

Para los cuestionadores de la política del Doctor Uribe, sean estos francos opositores o analistas libres, hay un éxito interno en cuanto a haber trasmitido la imagen de que él es la Patria y los guerrilleros los 'enemigos de la patria', y un éxito externo en haber logrado la calificación de terroristas para la agrupación guerrillera; pero esos 'no furibistas' ven que la contraparte de ello es haber sustituido el propósito de buscar un sistema político estable para el país, por un mandato de lograr de cualquier forma una victoria por la vía armada, y la entrega de esta misión a un equipo de extrema derecha que se ha acomodado al paramilitarismo, al narcotráfico y a la corrupción (como probablemente con razón se entiende desde afuera la parapolítica).

Por supuesto también de esto se puede y debe culpar a la guerrilla, pues si ella no existiera o si no se hubiera degenerado en la forma que lo hizo, no estarían los colombianos en esta polarización, ni las mayorías respaldando el neoautoritarismo e indiferentes a la cantidad de problemas que emanan de los medios utilizados y de los costos que estamos pagando y que tendremos que pagar.

El hecho cierto es que cualquier posibilidad de acabar o disminuir el conflicto por una vía diferente a la victoria de las armas es contraria a la política gubernamental. Y, como el temperamento del presidente es el típico de quien entre más fracasa o más cuestionado se ve más se empecina en seguir en la misma línea, nada parece ganarse con señalar verdades o proponer soluciones que razonablemente deberían ser tenidas en cuenta.

Sirve de ejemplo el caso de Emmanuel donde nunca importó la suerte de quienes podían ser liberados, ni para las decisiones de gobierno, ni para las opiniones emitidas al respecto. Por eso se reivindica como otro éxito del Doctor Uribe. No se analiza en función de si se cumplió el objetivo de lograr que tres colombianos volvieran a sus hogares sino en función de demostrar la maldad de las FARC, de hacer quedar mal al 'entrometido' de Chávez y de impedir de ahora en adelante la participación de gobiernos extranjeros... en función de justificar más la guerra y cerrar más cualquier posibilidad alternativa... desde el punto de vista de los polarizados adherentes al Presidente fue una moñona... desde el punto de vista de la realidad nacional (si se excluye una inminente derrota de la guerrilla) se aleja cada día más la posibilidad de acabar el conflicto, así como la liberación de los retenidos por la guerrilla.

El punto ya no es esperar un cambio en el Gobierno, lo cual sería iluso. Y menos un cambio de Gobierno, lo cual no está contemplado en nuestra Constitución. Para la oposición dedicarse a hacer denuncias los próximos tres años no parece llevar a ninguna parte. Lo probable es que los hechos y el desarrollo del manejo mismo del Gobierno se encargarán de esa labor. Más vale orientar el análisis y el esfuerzo a pensar en lo que será necesario hacer cuando esta etapa termine. No pensar en Uribe sino en el modelo político que debe existir sin depender de él; no obsesionarse con los defectos que tienen sus asesores o con lo que ellos representan sino en cómo crear instituciones para que esto no se repita; en una palabra prepararse para cuando el péndulo se devuelva y toque reestructurar el sistema político, el orden jurídico, la economía, las relaciones sociales e incluso la moral de un país que se 'refundó' alrededor de una sola persona y un solo propósito.
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