Opinión

  • | 1999/07/16 00:00

    Tercera vía en Colombia

    Las dos vías que ha practicado Colombia son la del clientelismo y la de la violencia.

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La última piñata del mundo político colombiano se llama "todos por la tercera vía" (muy sana pues Giddens conoce a fondo y aprovecha bien la filosofía y la sociología contemporánea). Pero, ojo: Colombia necesita definir una tercera vía ante todo por contraste con las primeras dos vías que el país ha practicado y practica aún hoy en día: el clientelismo y la violencia.



Las sociedades en las que se ha puesto inicialmente de moda la llamada tercera vía ya han asegurado un uso preventivo, reglado y legítimo de la violencia para evitar la violencia y sobre todo garantizar un mínimo de probidad y de racionalidad en el uso de los recursos públicos. Olvidar esta pequeña diferencia sería como enfrascarse entre desnutridos en la discusión sobre la mejor manera de consumir caviar.



Reconocer la permanencia en Colombia de esas dos vías, clientelismo y violencia, y su empate histórico, obliga a clarificar los mínimos sobre los cuales levantar esa tercera vía. Esos mínimos son: respeto a la vida humana y, por tanto, exclusión de toda posibilidad de justicia por mano propia; respeto a los recursos públicos y, por tanto, aceptación radical de los desafíos de la participación y de la discusión política pública sobre las prioridades de inversión.



Aquí corremos el riesgo de llamar tercera vía a quien adopta discursos de la segunda y prácticas de la primera, o viceversa. Hay en esto una bella simetría entre el mayor privatizador de nuestra historia (Samper) y el mayor acelerador del gasto público (Gaviria).



La tercera vía a la colombiana podría consistir en simple consecuencia entre lo que se dice y lo que se hace, entre la regla escrita y la regla cultural. Sería gobernar sin necesidad de acudir a la violencia extralegal o a los arreglos privados en los cuales con recursos públicos se resuelven problemas públicos o privados para satisfacer intereses privados.



¿Cuál será el papel futuro de los ex clientelistas? Mientras un ex violento puede terminar siendo un buen juez de paz (si lo motivaba sinceramente la búsqueda de una respuesta a las injusticias) o un buen miembro de la fuerza pública (si lo motivaba merecerse el reconocimiento social al porte legítimo de las armas y del uniforme), la reinserción del ex clientelista es más complicada. Habrá que formar círculos de Corruptos Anónimos copiados de los de Alcohólicos Anónimos: "Sólo por hoy no soy corrupto". Si alguno ve que va a desfallecer, llama a otro... y así de nuevo mañana. Y volverlos propagadores de la planeación participativa y de la validación pública de las decisiones.



Con esto claro, podremos llegar al delikatessen de la tercera vía de Giddens. Para trabajar unidos basta con compartir y aplicar convicciones básicas sobre el uso de la violencia, el uso de los recursos públicos y el uso de la palabra. Poco importa el apellido que nos pongamos en términos de la discusión internacional contemporánea.
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