Opinión

  • | 2010/10/01 12:00

    Tasa de cambio

    Es elemental imaginarse que al señor Ministro de Hacienda, sea quien sea, le conviene tener una tasa de cambio revaluada, puesto que en esta forma, cada peso que recibe por impuestos, le vale más en términos de dólares. 

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En los últimos meses la tendencia de la tasa de cambio hacia una mayor revaluación de nuestra moneda se ha acentuado y por esta causa ha sido objeto de mucha controversia. No voy ha detenerme sobre la razón fundamental para que este fenómeno económico tenga lugar. Se trata de un aumento considerable del ingreso al país de divisas extranjeras, como consecuencia del crecimiento de la inversión y la exportación de los productos mineros y energéticos, sin que dicha abundancia tenga como compensación un aumento equivalente del apetito para adquirir dichas divisas. En pocas palabras la oferta supera la demanda.

Voy a referirme más bien a resaltar los beneficiarios y los damnificados de la tendencia, lo cual explica en cierto grado, la tardanza o la resistencia para tomar medidas que le den una mayor estabilidad a la tasa de cambio.

 Colombia desde hace muchos años tiene un déficit fiscal. Nunca se ha logrado tener un presupuesto balanceado, a pesar de las innumerables reformas tributarias. El actual ministro de Hacienda, doctor Juan Carlos Echeverri, ha prometido mantener estables las tasas tributarias, con la esperanza de que el crecimiento económico le permita aumentar los recaudos y de esta manera se logre con el tiempo alcanzar un presupuesto equilibrado. Ante esta realidad, el gobierno nacional se ha visto en la necesidad de endeudarse o refinanciarse en el exterior. Nuestra deuda externa siempre ha sido un rubro importante de las cuentas nacionales. Esta inveterada costumbre demanda refinanciar la deuda cada cierto tiempo, por lo que el país se ve abocado a traer periódicamente dólares para venderlos en el mercado local, produciendo así una mayor revaluación.

Es elemental imaginarse que al señor Ministro de Hacienda, sea quien sea, le conviene tener una tasa de cambio revaluada, puesto que en esta forma cada peso que recibe por impuestos le vale más en términos de dólares y por supuesto le facilita su pago.

 Una de las obligaciones del Banco de la República, por constitución, es mantener el poder adquisitivo de la moneda nacional. La forma de medir el cumplimiento de este deber son los índices de precios. Por consiguiente, es claro que para cumplir la misión constitucional, la tasa de cambio revaluada le conviene.

Para los entes regionales o nacionales, para las empresas públicas o privadas, que necesitan invertir en obras o gastos, con un componente importado significativo, les es muy favorable que exista una moneda revaluada. Muchas de estas entidades financian buena parte de sus necesidades en monedas extranjeras. Sin duda, el menor nivel actual de los intereses les incrementa la apetencia para endeudarse en dólares. De esta forma, pagan menos intereses y la deuda se les reduce en pesos.

La tasa de cambio cumple el mismo papel que los aranceles; si los dólares valen menos, la importación es más barata. Este factor favorece al gremio de comerciantes, especialmente a los importadores de bienes durables.

A los gobernantes les gusta sacar el pecho, y decir que ahora el ingreso por persona y el producto interno bruto en dólares es mucho mayor que en el pasado, lo cual les da prestigio, sin advertir, que parte importante de este mayor ingreso y de este mayor producto es el resultado de la revaluación, por consiguiente no se traduce totalmente en mayor bienestar.

Los perjudicados con una tasa revaluada son los exportadores y todos los productores de bienes o servicios nacionales que compiten con los importados. Desacertadamente, tanto los periodistas como no pocos economistas, solamente mencionan a los exportadores. Conviene destacar que a mayor valor agregado nacional en los bienes y servicios producidos, mayor es el perjuicio de la revaluación.

El control de la tasa de cambio es, al fin y al cabo, una decisión política, y solamente los entes gubernamentales pueden legislar sobre la materia. Ellos se muestran preocupados ante la opinión pública por el efecto que la tasa de cambio está produciendo en el sector productivo de los bienes y servicios transables, por consiguiente en el empleo, pero dudo que en su fuero interno no sientan satisfacción por un fenómeno que facilita su gestión y mejora en apariencia sus resultados.

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