Opinión

  • | 2004/03/05 00:00

    ¿Tapando el sol con las manos?

    Dos veces en estos 15 años el crecimiento superó el 4%, cuando aumentarlo justificó el cambio en el modelo económico.

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En 1989 se proclamó la necesidad de cambio del modelo económico. El fundamento provino de la misión Chenery, según la cual para atacar el desempleo era necesario crecer por lo menos al 7%, y como se dijo entonces 'no podemos contentarnos con crecimientos del orden del 4% al 5% tradicionales'. No se explicitó que la conversión sería al 'modelo neoliberal' pues, aunque sus elementos constitutivos ya estaban planteados (monetarismo, Chicago Boys y el experimento en Chile, liberalismo humanista de Hayek y, sobre todo, reagonomics de Reagan y Tatcher), aún no se habían divulgado como 'los diez puntos del Consenso de Washington'.

El asesinato de Luis Carlos Galán otorgó la presidencia al doctor Gaviria, partícipe principal del gobierno de entonces (como ministro de Hacienda y ministro de Gobierno), y concretó la continuación del 'cambio de modelo'.

La 'genialidad' (como la presenta el doctor Hommes), consistente en haber distraído a la opinión pública y al legislativo con los debates alrededor de una nueva Constitución, permitió que sin mayor análisis se implementaran las políticas, medidas y reformas que desde entonces han regido el manejo de la sociedad y la economía colombianas. O sea, la escuela que, por medio de quienes la representan (o quienes van adhiriendo a ella), ha ejercido el poder en el país.

Este es el elemento central de la historia nacional en los últimos 15 años. El segundo es la 'política antidrogas estadounidense', que nos convirtió por un lado en abastecedor del vicio de ellos, y por el otro en campo de batalla y carne de cañón de esas estrategias (la calificación y clasificación de las drogas -por lo demás, sin fundamento- la hacen en Estados Unidos. Allá decidieron perseguir la producción y no el consumo, y son ellos quienes deciden en qué forma y con qué recursos se desarrolla aquí esa persecución (Plan Colombia, etc.).

Si no tapamos el sol con las manos, el consolidado de estos procesos es bastante claro:

En cuanto a crecimiento (que fue la justificación del cambio y el objetivo que desde entonces se ha buscado) solo 2 veces en los 15 años se logró superar el 4% y el promedio de los tres lustros ha sido menos del 2%. El desempleo (con un mismo sistema de medición) pasó de 8% a 18%.

En lo económico, el PIB per cápita en valores constantes se mantuvo, en dólares aumentó mínimamente, pero en cualquier otra medición (por ejemplo, oro, libra esterlina o cualquier 'commodity') disminuyó; en particular, en términos de poder adquisitivo hoy representa un porcentaje menor de la canasta familiar. La brecha en relación con Estados Unidos se agrandó, aumentó vertiginosamente en relación con Asia y se volvió abismo en relación con Europa.

En producción, los sectores de exportación más importantes (café y petróleo) están en franca decadencia (el alza de precios y las remesas de exiliados han ocultado su disminución y el atraso que esto significa). Y en consumos internos, el área agrícola sembrada se redujo una tercera parte y el degüello de bovinos cayó a la mitad. La idea era que la industria crecería conquistando mercados extranjeros, pero, exceptuando algo de autopartes, lo poquito que ha aumentado ha dependido de beneficios obtenidos por nuestra condición de país problema (narcotráfico y violencia).

Los colombianos bajo la línea de pobreza pasaron del 35% al orden del 50% y la línea de indigencia que se situaba en el 12% hoy cubre a más del 20% de la población. La distribución del ingreso que mostraba el decil más alto con 18 veces el ingreso del decil más bajo, se deterioró al punto de que la misma relación hoy es del orden de 50 veces.

En servicios, el ahorro de los colombianos lo manejan hoy en un 90% dos grupos nacionales y tres bancos extranjeros; y las pensiones, la salud y la mayoría de los servicios públicos de nuestros compatriotas dependen de que sean lucrativos para unas empresas extranjeras, representando una disminución de nuestro patrimonio colectivo sin sustitución por otros bienes ni mejora en su calidad o costo.

Los guerrilleros se multiplicaron por 5, los paramilitares por 20, los homicidios por 2, los sabotajes por 10. Paralelamente, por el aumento del índice de desempleo y de la población económicamente activa, el número de desempleados se triplicó y los subempleados se cuadruplicaron.

Atentados, masacres, secuestros y, en general, modalidades de delitos atroces se están produciendo decenas de veces más que antes. De un millón y medio de colombianos en el extranjero, hoy pasamos a casi 5 millones de exiliados. De menos de 100.000 desplazados antes del modelo neoliberal y la Constitución del 91, hoy tenemos 2,5 millones de colombianos expulsados de sus hogares.

La justicia desapareció, con el doble hoy de procesos en trámite en los juzgados, pero con otro tanto represado en las fiscalías y la congestión en las Altas Cortes causada por las tutelas; con la confrontación de estas o 'choque de trenes' paralizando y poniendo en interinidad todo el sistema; con un hacinamiento inhumano en las cárceles, y una eficiencia en lo contrario a Justicia que hace que se estén deteniendo dos inocentes por cada sindicado ('pescas milagrosas') y que más del 50% de quienes purgan prisión no tenga sentencia.

Es verdad que la siembra de hortalizas aumentó; que después de haber bajado de 380.000 (trescientas ochenta mil) a 10.000 (diez mil) hectáreas de algodón este año subimos a 12.000 (doce mil); que con la aproximación del paramilitarismo al Estado sus masacres han disminuido; que hoy matamos mil guerrilleros al año contra 'apenas' cien de entonces; que hoy estamos entre los mejores deudores internacionales por la cantidad créditos tomados y de intereses pagados (que ya consumen el 56% del presupuesto nacional); que el FMI y las calificadoras internacionales certifican nuestra solvencia porque tenemos el triple de reservas de lo necesario. En fin, es verdad que todo depende del cristal con que se mire -o más correctamente con que se muestre-.

En otras palabras, ante la catástrofe vivida, algo positivo se podría ver en el gobierno Uribe, y es claro que el deterioro del país viene de atrás. Pero en un raciocinio lógico y analítico, lo conducente sería preguntarse: '¿por qué la aceleración vertiginosa de los últimos quince años?'; preguntarse por las causas que llevan a los colombianos actuales al terrorismo, a la delincuencia, a la corrupción; preguntarse si es una simple coincidencia o si algo tiene que ver con el modelo de la 'Nueva Colombia' (Constitución y Neoliberalismo); podría incluso suponerse que se ganará la guerra, pero preguntarse ¿qué pasaría entonces?

De las respuestas (si uno se hace esas preguntas) nace la visión de que la 'seguridad democrática' para mantener y desarrollar las mismas políticas parezca desacertado; que está doblemente mal orientada la solución al pretender que es la mala naturaleza de los colombianos la causante de nuestros males y nada tiene qué ver nuestro modelo social y de desarrollo:

1. porque tratar de 'profundizarlo' presumiblemente agravará la situación, y

2. porque el medio utilizado -es decir, la guerra total- lejos de ser solución, está creando nuevos elementos conflictivos -entre ellos la mayor guerra interna y la mayor dependencia externa-.
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