Opinión

  • | 2011/07/06 18:00

    Sosteniendo la comunidad

    Estamos en un momento en que la clase empresarial tiene que apoyar, potenciar e inculcar en los equipos profesionales la labor de servicio social.

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He coincidido estos días con un par de jóvenes profesionales que me han dejado gratamente sorprendido. Teniendo títulos académicos de universidades de primer nivel, han decidido enfocar su vida a apoyar a las comunidades más pobres, desde abajo, creando la infraestructura sobre la que se produzca un crecimiento sostenible de sus países.

A pesar de las altas tasas de crecimiento que estamos viviendo en America Latina en los últimos años, aún sigue habiendo diferencias sustanciales de niveles de riqueza entre los que tienen más y los que no tienen nada. Las clases medias son las que han producido una estabilidad económica y política en las sociedades desarrolladas y crear las mismas debe ser nuestro principal objetivo.

En la última década, millones de personas han pasado de la más absoluta pobreza (vivir con menos de US$2 al día) a tener una capacidad de consumo incipiente. Principalmente se ha producido por los programas de inclusión social de la "bolsa de comida" en Brasil, y por los distintos proyectos de educación, alimentación y vivienda en Perú, Chile, Colombia y Panamá. Es cierto que en otros países, más ligados al movimiento del ALBA, también ha habido reducción de los niveles de pobreza extrema, pero de una forma muy diferente. Ha sido mediante apoyo directo gubernamental, y no por la creación de un entorno adecuado, con financiación directa mediante programas de microcrédito que les haya ayudado a salir de la indigencia (les han dado el pescado en vez de enseñarles a pescar).

Los objetivos que tanto la empresa privada como las administraciones públicas deben de tener, es cubrir las necesidades básicas de vivienda, educación y sanidad. Los países del sudeste asiático, hace tan solo cincuenta años tenían tasas de pobreza similares, o superiores a muchos de los países de nuestra región; sin embargo, han estado invirtiendo fuertemente en educación, cuyos resultados empiezan a ser visibles actualmente. Hoy en día, India, Corea o China están generando mayor número de ingenieros y técnicos que el resto de los países del mundo juntos.

Los jóvenes con quienes me reuní la semana pasada y sobre los que hacía mención al principio de la columna son parte de un proyecto llamado "Un Techo para mi País". Han conseguido movilizar en los últimos años a más de 400.000 jóvenes voluntarios que han ayudado a construir 78.000 casas de primera necesidad en 19 países de America Latina. Su objetivo ha sido crear un marco de vivienda para los más necesitados, donde puedan comenzar una vida fuera de las chabolas y suburbios. Una vez hecho eso, pasan el testigo a otras instituciones que ayuden a implantar escuelas y postas sanitarias en dichas aéreas que permitan a los cabeza de familia salir a buscar un trabajo digno o crear su microempresa. El ejemplo que hemos visto con estos jóvenes ha sido el de revolucionar la sociedad desde dentro, no contra el sistema. Es cierto que la sociedad actual, totalmente materializada, ha enviado los mensajes erróneos a nuestros jóvenes y, por ello, aquellos que no alcanzan el "Olimpo" de riqueza y éxito se desmoralizan y se deprimen entrando en la apatía, lucha contra el sistema y en algunos casos drogadicción y marginalidad. Pero grupos como "Un Techo…" nos demuestran que existen otros valores en nuestra sociedad, de gente que está dispuesta a ayudar y compartir, a apoyar desde abajo y, sobre todo, a formarse para ser los futuros líderes de la región.

Solamente cuando has trabajado y compartido con los más necesitados, puedes entender sus necesidades y buscar las fórmulas para implementarlas. Estamos en un momento en que la clase empresarial tiene que apoyar, potenciar e inculcar en los equipos profesionales la labor de servicio social. Es otra forma más de la formación personal, tan importante como el mejor diploma de una universidad de primer nivel. Hay muchas cosas que, lamentablemente, no nos enseñan en las escuelas de negocios; y la generosidad, ética e inclusión social es una de ellas.

Este es un proyecto a muy largo plazo en el que tenemos que trabajar por un motivo moral, pero que aportará también resultados y beneficios económicos. Cuantas más personas entren en el sistema económico formal, más consumirán, y a más gente le podremos vender nuestros productos y servicios. Es difícil verlo en un mundo que solamente piensa en la cuenta de resultados del próximo trimestre, pero si tuviésemos la verdadera visión de largo plazo, nos daríamos cuenta de que estaríamos haciendo lo correcto.

Les pido a todos nuestros lectores que recapaciten sobre esta columna (muy diferente a los análisis económicos que normalmente hago) y que pongamos todos un poco de nuestro lado para crear un futuro para una gran parte de la población que al día de hoy lo tiene incierto por la pobreza. Me duele ver cómo jóvenes desperdician su vida siempre pendientes de los lujos, las modas, y no son capaces de arriesgarse a gastar la vida, a dar lo mejor de uno en servicio de aquello que verdaderamente le apasiona. El mundo de hoy necesita jóvenes decididos, que arriesguen, que no tengan miedo de equivocarse: no hay nada más lindo que equivocarse cuando sigue aquello que le apasiona.

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