Opinión

  • | 2006/01/16 00:00

    Son tiempos electorales.

    La maquinaria de divulgación al servicio del candidato presidente convierte en realidad virtual cualquier imagen que desea proyectar.

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Son tiempos electorales y sabemos que intentarán vendernos ilusiones y promesas que no tienen posibilidad de cumplirse.

La novedad que aporta la reelección es que también estaremos sujetos al intento de convencernos de resultados que no existen, de hacernos ver espejismos que justifiquen seguir por el camino que vamos. Debemos tomar conciencia de eso y tener capacidad crítica para distinguir lo que es campaña de lo que es realidad.

Lo que pasa es que mientras el vendedor de ilusiones solo puede hacerlo con una frase en un discurso en alguna plaza pública, la maquinaria de divulgación al servicio del Estado (o más correctamente del candidato presidente) es de tal manera abrumadora que mediante la repetición en exposiciones en foros gremiales, en conferencias de prensa de los funcionarios públicos, en comunicados oficiales de los Ministerios, en el despliegue noticioso que acompaña cualquier declaración de un Presidente, etc., convierte en realidad virtual cualquier imagen que desea proyectar.

Podemos tocar el tema de actualidad más cercano a esta revista y a sus lectores: el crecimiento económico.

¡Cómo se ha divulgado y explotado el último dato trimestral!. Que es el mayor de los últimos años. Que por fin despega la economía. Que superó las expectativas. etc. Por supuesto, un dato trimestral es de por sí poco representativo, pero más aún si se contextualiza: En cuanto al crecimiento del año, esto no altera mayormente el esperado, que previsto entre 4% y 4,5% difícilmente superará en forma marginal esa cifra. Como lo han dicho todos los analistas -incluyendo los oficialistas- esto es absolutamente insuficiente. Teniendo en cuenta que después de los catastróficos resultados de la época Pastrana suponemos estar en el 'efecto rebote' (donde los crecimientos esperados son la recuperación más lo que la dinámica nueva debe generar), se puede decir que, en comparación con otros casos como Argentina y Venezuela que en sus dos años posteriores crecieron más del 25%, nuestro pobre 8,5% es lamentable (por no decir un fracaso).

Pero lo realmente grave es que exceptuando un alucinante panorama, presentado por el doctor Montenegro, de Planeación Nacional, según todos los estudios y todos los organismos -tanto privados como públicos, y tanto nacionales como internacionales-, esto ha sido acompañado por un incremento de la población pobre y de la población indigente. Nos encontraríamos ante el absurdo de que a mayor crecimiento, mayor pobreza, o en algo parecido a la famosa situación del Rey Pirro, en que fueron tantas las bajas en la batalla que acababan de ganar que decía que con otras dos o tres victorias más aseguraban perder la guerra: otros tres o cuatro años de este crecimiento y acabamos con el país.

Si con el crecimiento de la economía lo que logramos es multiplicar la cantidad de pobres y volver más pobres a los pobres mientras se vuelven más ricos los ricos, habríamos creado un modelo supereficiente para aumentar la desigualdad. Sin embargo, lo que puede suceder también es que este absurdo o esta contradicción tienen explicaciones complementarias.

Otra de las cosas de las cuales se precia el gobierno es del aumento de la inversión extranjera. No sé hasta qué punto deba enorgullecernos que se hayan vendido todas las empresas líderes del país (ya sea por activos, por ventas, o por utilidades, entre las 20 primeras empresas del país más de 15 son de extranjeros). Lo que sí es claro es que, en la medida en que el dinero llegado se ha destinado a comprarlas, lo que tenemos no es una mayor capacidad de generación de riqueza sino un cambio de manos de la existente. El que ellas dejen de ser de colombianos no tiene solo un triste significado emocional; la razón por la cual en economía política se distingue entre Producto Interno Bruto (PIB) y Producto Nacional Bruto (PNB) es que este tipo de fenómenos también tiene un efecto real en la población.

El PIB se refiere al total de bienes y servicios que se producen en un país, independientemente de a quién pertenezca esa producción; el PNB se refiere a los bienes y servicios que pertenecen a los nacionales de un país, independientemente de dónde se produzcan.

En la época colonial como forma avanzada del capitalismo, el derecho a los recursos naturales que se extraían de las colonias pertenecía a la metrópoli y solo una porción menor beneficiaba la economía local.

Acabado el colonialismo en su modalidad política (un país o una nación que pertenecían a otro), ese tipo de explotación desapareció, pero no por eso dejó el sistema capitalista de buscar unas reglas del juego que lleven al mismo resultado. La 'globalización', el 'Consenso de Washington', el imperio del mercado. son formas de reestructurar la relación entre países para que se cumpla ese propósito; de ahí, la importancia de distinguir entre PIB y PNB, para ver qué parte del 'crecimiento' no la reciben los nacionales sino que pertenece hoy al extranjero.

Es natural que el capital busque el máximo rendimiento. Por eso, se mueve hacia donde haya mejor oferta de ventajas comparativas. A Colombia viene por nuestros recursos naturales y por la oferta de mano de obra barata. Es iluso pensar que vendrá aquí a buscar mayor productividad con base en adelantos tecnológicos.

Eso coincide con el análisis de lo que es el aparente crecimiento que hoy se reivindica: lo cierto es que el llamado sector real -es decir, el que sí representa generación de mayores productos y valor agregado-, o sea, los sectores agropecuario e industrial están muy por debajo de ese promedio nacional (¡hemos llegado al punto de traer más de 500.000 sacos de café vietnamita o importar guayaba para producir nuestros bocadillos!); que el impulso principal viene del sector extractivo (es decir, de consumir nuestro patrimonio en recursos naturales) y está representado casi exclusivamente en el alza de precios; que los otros sectores positivos son los eminentemente especulativos (el financiero y el comercial); y que el mayor gasto de los estratos altos es en bienes durables no productivos (automóviles y vivienda de estrato 6) mientras disminuye el consumo de alimentos y bienes básicos de las clases desfavorecidas.

Por eso, se refleja también en lo que el gobierno muestra como 'baja en la tasa de desempleo', donde al presentar solo ese indicador oculta la tragedia laboral que vive el país: asumiendo como verdad que el desempleo abierto bajó en estos dos años casi 6% (¿?) la explicación es que bajó la tasa de participación (en este año renunciaron a buscar trabajo 737.000 personas) y que se duplicó el subempleo (11,2%).

Pero, además, como si fuera poco, este 'crecimiento' (sea real o solo nominal) no es endógeno sino depende totalmente de factores externos o exógenos; por tanto, la posibilidad de que sea continuo prácticamente no existe: estaría condicionado a que se repitan (no simplemente a que se mantengan) las condiciones que lo crearon (que se dupliquen los precios del petróleo, el carbón, el café y el níquel; que se tripliquen las exportaciones a Venezuela; que no suban los intereses en Estados Unidos; y que continúe la revaluación del peso), lo cual es altamente improbable.

En tiempos electorales es mejor abrir los ojos antes de dar el paso hacia el abismo.
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