Opinión

  • | 1999/07/16 00:00

    Solución, no problema

    Las últimas semanas han sido muy agitadas en materia cambiaria y las noticias sólo aumentan el estrés de los colombianos.

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No se justifica el estrés por el dólar. Aparte de los miembros de la Junta del Banco de la República, que ahora están pagando su terca insistencia en mantener un mecanismo cambiario con fracaso anunciado, y de unos pocos ingenuos que creyeron el cuento de que el peso se apreciaría frente al dólar, la mayoría de los colombianos ganarán con la reciente devaluación del peso.



Siempre que un precio sube, ya sea el del dólar o el de la papa, hay beneficiados y perjudicados. Pero por similares (pero aún más poderosas) razones que las que harían absurdo frenar artificialmente el precio de la papa con el argumento de que su incremento perjudica transitoriamente a los consumidores, sería mala economía mantener un precio artificial del dólar para subsidiar los costos de quienes tienen deuda externa.



Como sobre las consecuencias del ajuste del dólar hay tanta discusión y confusión creo que vale la pena examinar la cosa con cierto detalle y calibrar mejor los beneficios y costos que el reciente aumento de dólar le traerá a la economía colombiana.



El principal costo que suele asociarse con un aumento del dólar es su efecto sobre la inflación. Hasta que los hechos hicieron ridículo seguir insistiendo en que todo aumento del dólar se traduciría en un aumento proporcional de la inflación, durante cada semana de los últimos dos años alguno de mis colegas escribía algo para recordar ese fragmento de sabiduría convencional.



Las supuestas graves consecuencias inflacionarias de un aumento del dólar fueron las principales razones esgrimidas por la Junta del Banco de la República en su informe al Congreso Nacional, en julio de 1998, para no haber modificado la banda cambiaria hace un año así ello implicara subir las tasas de interés hasta el cielo y quebrar la economía, para desanimar a los que querían endeudarse en pesos para comprar dólares.



Claro que la devaluación, que aumenta los costos de las importaciones, tiene algún efecto sobre la inflación. Pero observe que, precisamente durante el último año, cuando la banda cambiaria se modificó dos veces para permitir una devaluación acumulada de 34%, la inflación anual cayó de 21% a 9%. Y cuando se recuerda que en Brasil y en Corea, para citar dos casos importantes, tampoco los precios reaccionaron después de sus grandes devaluaciones, es difícil evitar la impresión de que en Colombia los intereses financieros creados en mantener un peso sobrevaluado, y los lastimosos intereses intelectuales en la defensa de la banda, venían exagerando las consecuencias inflacionarias del ajuste cambiario.



Frente a los costos de la devaluación real deben ponerse tres beneficios de tener un mayor precio del dólar. Su importancia relativa difiere entre países y en parte depende de la coyuntura económica.



El primero y el más conocido de esos beneficios consiste en la mejora de la capacidad competitiva de las exportaciones. Esa mejora es poco importante cuando se parte de un buen nivel competitivo y cuando la capacidad productiva de un país está casi copada. En cambio, es crucial cuando las exportaciones están siendo desplazadas de los mercados externos por otros oferentes, y cuando el país sufre una recesión profunda y un desempleo récord, sin que exista la posibilidad de una política fiscal expansiva que permita salir del atolladero. Los lectores saben perfectamente cuál es el caso de Colombia.



El segundo gran beneficio de tener un tipo de cambio más competitivo es estratégico: reduce la tentación de elevar los aranceles y de establecer trabas administrativas a las importaciones para la protección a la producción nacional. Tengo la convicción de que, de no haberse efectuado un exitoso ajuste cambiario durante el último año, las anacrónicas voces que siguen clamando por que se dé reversa en el proceso de la apertura económica habrían acabado por ganar audiencia en la política económica.



En realidad, el fastidio con que los defensores más caracterizados de un retorno del país al proteccionismo, como Eduardo Sarmiento, reaccionaron frente a la última modificación de la banda, a pesar de que ellos mismos habían venido criticando durante años la sobrevaluación del peso, sólo se explica por su perfecta comprensión de la relación entre la revaluación del peso y el eventual colapso del modelo de apertura económica.



El tercer tipo de beneficio es todavía más importante. En un país como Colombia, donde el Gobierno ni siquiera es capaz de cumplir su deber constitucional básico de defender la vida, honra y bienes de los ciudadanos, es iluso pensar que una norma sobre convertibilidad cambiaria o dolarización, así fuera de nivel constitucional como en Argentina, pudiera erradicar las expectativas inconvenientes de devaluación futura, a partir de un tipo de cambio cualquiera. Sólo una vez el dólar alcanza un nivel lo bastante alto para que el mercado lo considere adecuado, e incluso excesivo, desaparecen las expectativas de devaluación real. Y sólo en ese escenario es posible mantener tasas de interés reales moderadas en el mercado doméstico, acceder a crédito externo a costos razonables y atraer inversión extranjera sin tener que ofrecer rendimientos exorbitantes para compensar los riesgos cambiarios.



Gracias a la ganancia del tipo de cambio real lograda durante el último año Colombia ha mejorado sus perspectivas de éxito exportador, ha reducido los riesgos de un retroceso en la apertura económica y ha creado un entorno más propicio para poder mantener tasas de interés bajas en el largo plazo.



Nadie puede estar seguro de que el dólar ya haya alcanzado su nivel de equilibrio pero, si no lo ha hecho, lo mejor que puede ocurrirle al país es que lo alcance cuanto antes, sin establecerle nuevas restricciones. Sólo una confusión de la política económica, que volviera a reprimir el ajuste cambiario, aun a costa de pérdida de reservas internacionales y mayores tasas de interés, podría transformar la reciente solución en un problema.
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