Opinión

  • | 1998/07/31 00:00

    ¿Solución por definición?

    Los esfuerzos del nuevo gobierno en el frente fiscal serán en parte neutralizados por la recesión y las altas tasas de interés.

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Por lo general, le saco el cuerpo a escribir sobre el problema fiscal. Me aburre y creo que aburre a la mayoría de mis lectores, porque es algo sobre lo cual durante el último año ha escrito hasta el gato, día de por medio. Incluso cuando quienes escriben van más allá de los lugares comunes, ya es la repetición de la repetidera. Qué diablos, a estas horas sólo el ministro Juan Camilo Restrepo debería hablar del déficit fiscal y sólo para contarnos cómo lo va a resolver.



Pero hace poco leí sobre este asunto lo único novedoso de los últimos doce meses. Tan novedoso y original que me mueve a correr el riesgo de entrar en el tema confiando en la indulgencia de los lectores de Dinero. Prometo que no reincidiré antes de doce meses.



Rudolf Hommes, en su columna de El Tiempo, propuso hace dos semanas que "para calcular el déficit fiscal no se tenga en cuenta la inversión productiva del Estado, siempre y cuando esa inversión se pueda financiar y sea verdaderamente productiva".



El realismo post-electoral de los pronósticos económicos sugiere que será casi imposible evitar al menos una "recesión a la colombiana" en los próximos doce meses.



Al comienzo creí que era una tomadura de pelo, una refrescante aproximación al tema para celebrar el fin de la era Samper, el bromista cínico y calamitoso que nos volvió a todos tan trascendentales. Pero no, Hommes estaba preocupado y sin ánimo de bromas. Su propuesta iba en serio.



Qué vaina, porque no puede tomarse en serio.



Nadie podría objetar una recomendación de que el hacha fiscal caiga sobre cosas distintas de la inversión productiva, a menos que ni siquiera la productiva se pueda financiar, como previsivamente lo contempla Hommes. Pero eso es muy distinto a proponer que la inversión productiva no se cuente como gasto a la hora de medir el déficit. ¿Quién, distinto al mismo gobierno que la propone y al Congreso que la aprueba en el presupuesto, estaría autorizado para definir "inversión productiva"? Pero, sobre todo, ¿qué esperanza habría de lograr que tan insólita medición del déficit fiscal lograra aceptación internacional y sirviera para algo más que aumentar la ya terrible entropía local?



Si comenzamos a excluir pedazos de gasto público de la definición del déficit fiscal no sé dónde acabaremos. O, quizás, si lo sé. Acabaremos siendo el hazmerreír del mundo porque un país no puede elegir caprichosamente, como Humpty Dumpty, el significado de sus términos económicos, y menos en el frente fiscal, donde están puestos los ojos de todos los analistas internacionales.



Lo interesante, sin embargo, lo que me movió a escribir sobre este aburrido tema, es que sí es posible usar algunas definiciones del déficit fiscal que, además de no resultar exóticas, arrojarían luz sobre el mismo y reducirían los riesgos de frustraciones innecesarias.



Todos los países desarrollados usan desde hace décadas dos conceptos de déficit fiscal adicionales al que resulta de su medición directa. El primero es el déficit fiscal primario, esto es, antes del pago de intereses. El concepto es parecido al del resultado operacional de las empresas: no pretende sustituir la medición del resultado final, sino ganar comprensión sobre las causas de ese resultado y distinguir entre los problemas de financiamiento de los intereses de la deuda acumulada y los de la gestión directa de la hacienda pública.



En 1997 nuestro sector público consolidado tuvo un déficit de $3.4 billones, 3,0% del PIB, incluyendo en esa medición el pago de $4.1 billones en intereses. Dicho de otra manera, el país todavía tuvo un superávit primario de $773 miles de millones, 0,7% del PIB, aunque ese superávit viene cayendo año tras año.



Como los pagos por intereses seguirán aumentando explosivamente este año y el próximo, debido a la creciente deuda pública y el disparo de las tasas de interés, el déficit fiscal total se reducirá mucho más lentamente de lo que quisiéramos, pero si el esfuerzo fiscal es exitoso, la medición del resultado fiscal primario debería arrojar un superávit creciente, mostrando más claramente los avances y evitando frustraciones innecesarias.



Otro concepto utilizado por los países desarrollados para ganar claridad sobre la gestión fiscal es el déficit estructural, el mismo que hace unos años solía llamarse "de pleno empleo". El concepto reconoce que, durante una recesión, el déficit fiscal tiende a aumentar porque se resienten los recaudos y se elevan los gastos, como ocurre en esos países con los pagos por desempleo. El déficit fiscal estructural es un déficit hipotético, el que resultaría si el país estuviera creciendo a su tasa potencial de largo plazo.



Si un país tiene un gran déficit fiscal estructural está en serios problemas. Pero si tiene equilibrio o superávit estructural, o incluso un déficit estructural manejable, no sería razonable amargarse demasiado la vida porque sufra un déficit coyuntural cuando entra en recesión. En realidad, como lo ha expuesto muchas veces la prestigiosa revista The Economist durante los últimos tres años, en relación con los estándares fiscales fijados para la Unión Europea, sería estúpido tratar de eliminar un déficit coyuntural a toda costa, agravando la recesión.



La cosa es pertinente, porque el realismo post-electoral de los pronósticos económicos sugiere que será casi imposible evitar al menos una "recesión a la colombiana" en los próximos doce meses.



Los conceptos de déficit primario y déficit estructural no son novedosos. El que durante los últimos cuatro años los analistas colombianos prefirieran no utilizarlos porque los reventaba cualquier cosa que pudiera parecer exculpando al nefasto gobierno que termina no implica que sea juicioso seguir prescindiendo de los mismos, y recurrir en cambio a definiciones con un exceso de sabor local.
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