Opinión

  • | 2005/06/10 00:00

    Sobre el nuevo Papado

    Los temas complejos que deberá tratar Benedicto XVI en su pontificado, y que distancian a la Iglesia de la realidad social.

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Tras la espectacularidad de las ceremonias que rodearon la muerte de Juan Pablo II y la elección de Benedicto XVI, conviene pensar en los temas que deberá tratar el nuevo Pontífice. El mayor temor es que sus antecedentes se manifiesten bajo su papado y se complementen con esta época en que los fundamentalismos parecen regir el mundo. Al respecto, dos consideraciones podrían disminuir este temor. La una, que en su función anterior como Prefecto de la Congregación para la Doctrina de la Fe, antes Tribunal del Santo Oficio de la Inquisición (cambió de nombre justamente por los excesos cometidos), su misión era precisamente preservar los fundamentos y dogmas de la religión católica como materia intocable, en otras palabras ser el extremo conservador de la Iglesia. Una vez ungido no solo cesa de ser su responsabilidad directa esa defensa, sino que en su nueva condición puede ex cátedra fijar nuevas posiciones de la Iglesia. La otra, que como él mismo lo dijo, no espera imponer sus convicciones ni hablar a nombre de ellas, sino que sus actuaciones responderán a la inspiración del Espíritu Santo. Esta manifestación responde a un principio dogmático pero además, ya en el lenguaje humano, muestra la posibilidad y probablemente la disposición a cambiar el radicalismo que lo ha caracterizado.

Lo evidente es que hay un distanciamiento entre la posición de la Iglesia y la realidad social en varios temas. La pérdida de fieles y sobre todo de 'vocaciones' es angustiosa, y la 'línea dura', contraria a las realidades de la vida moderna, solo puede llevar a más deserciones por las contradicciones que causa. En un país no confesional como el nuestro es interesante ver esto desde la perspectiva legal.

Algo que parece resuelto es el tema de que la Católica Romana era la única religión verdadera. En un mundo donde el intercambio entre diversas culturas es inevitable, la pretensión de que la verdad está solo en una religión es insostenible y el respeto y, de ser posible, la conciliación con otras creencias es una necesidad. Tal ha sido el proceso desde el Concilio Vaticano II y ninguna expresión mejor de ello que la presencia de las cabezas de diferentes religiones en el entierro del último Pontífice. En Colombia, la preeminencia de la Iglesia Católica y de sus jerarcas es ostensible; sin embargo, es de destacar el crecimiento y reconocimiento de las iglesias protestantes y de su importancia política.

El tema de las relaciones sexuales sigue siendo tratado inexplicablemente por la Iglesia. Con base en el "creced y multiplicaos", se interpretó que el acto sexual tenía por sagrada función la reproducción. En qué momento o de dónde se sacó que no debía utilizarse como expresión de amor o fuente de placer no lo sé, pero, seguramente gracias a Dios, el 'pecado de la carne' ha casi desaparecido del lenguaje eclesiástico. Sin embargo, como no se ha borrado sino solo silenciado discretamente sin eliminar esa categoría, puntos como el celibato de los sacerdotes y el control de la natalidad sobreviven. El argumento de que el último es contra natura, sería bastante más aplicable al primero. Además no es muy difícil aceptar que si el crecimiento demográfico no se reduce, llegará un momento en que no cabremos en la Tierra. En todo caso, debe ser también gracias a Dios que las normas legales han sufrido algo parecido en la medida en que el adulterio, el concubinato, la bigamia, etc. son figuras que si aún subsisten son letra muerta, y solo se aplican las normas necesarias para un control del orden en la sociedad (acceso carnal violento, protección de menores, etc.), pero dentro de un ámbito del que se excluye la connotación de 'moral católica'.

A pesar de los pronunciamientos médicos y sociológicos que encuentran explicaciones tan lógicas para el homosexualismo como las de cualquier fenómeno natural y no lo consideran como una aberración o una enfermedad, el dogma católico lo sigue estigmatizando. Es extraño que la ley civil haya sido tan renuente a aceptar un contrato entre parejas de cualquier género, con todas las características y efectos civiles similares a los que derivan del matrimonio (sociedad de hecho, derecho pensional, etc.), ya que, a diferencia de la religión que le otorga categoría de sacramento por mandato divino, no se entiende qué limitación o impedimento puede haber para que entre las partes y ante terceros se creen compromisos legales iguales para la pareja heterosexual y la homosexual.

Respecto al aborto, ha tomado fuerza una interpretación interesante, que curiosamente coincide en algo con el debate sobre el evolucionismo y la creación. La tesis es que al igual que está aceptado que el hombre viene de estados inferiores (desde la amiba hasta los primates), lo mismo sucedería en el caso de cada individuo. Desde la primera célula que comienza a multiplicarse hasta el momento en que se puede hablar del feto como ser humano formado, pasaría por etapas equivalentes a la de la cadena evolutiva del hombre. El debate sería equivalente al que en términos de la religión debe definir desde qué etapa de la evolución el hombre tiene alma. Legalmente, el aborto sería entonces la muerte de un ser humano solo a partir de ese momento.

Otro tema es el de la eutanasia, referida a ayudar activamente a que muera una persona (v. gr., aplicarle una inyección o desconectarlo) o, a pasivamente, permitir que esto suceda como consecuencia del ciclo biológico natural (no conectarlo). Recientes películas como Mar adentro (que recoge el caso real) proponen una mayor comprensión del tema, y, al mismo tiempo que le dan actualidad, muestran la vigencia que tiene.

Por último, es interesante qué tratamiento dará el nuevo Papa a lo que en términos legales se trata como equivalente al pecado mortal. Tanto la droga como el terrorismo son considerados dentro de las políticas predominantes como peor que los demonios. Papel algo similar jugó el comunismo en su momento, pero por considerar él a la religión como un enemigo ('el opio del pueblo') justificaba de antemano una posición antagónica de la Iglesia, sin necesidad de entrar en el campo del dogma. Pero al igual que el poder civil tiene que tener en cuenta la relación con la Iglesia, la recíproca es cierta y será este uno de los aspectos que deberá manejar Benedicto XVI.

Da esperanza que monseñor Ratzinger, reconocido como el teólogo más importante que ha llegado al trono de San Pedro, posea una base intelectual que sugiere más capacidad de diálogo, intercambio y aproximación a otros pensamientos que la simple fe. Al fin y al cabo, cuando sin dejar de creer firmemente en unos postulados fundamentales uno es capaz de explorar nuevos caminos, hay más posibilidad de conciliar que cuando se asume un dogma sin buscar ni estudiar bien sus raíces.

Tanto como la fe puede mover montañas, en el mundo de la política unas profundas convicciones pueden dar a un dirigente fuerza y liderazgo para cambiar un país. pero sin garantía ninguna que sea en la mejor dirección (remember Hitler). Ojalá nuestro Presidente recuerde que su función no es la defensa a ultranza de sus convicciones, sino la búsqueda racional del camino que permita la convivencia y las soluciones para todos los colombianos.
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