Connie Cárdenas de Santamaría

| 1/24/2003 12:00:00 AM

Sobre la lectura

Esa actividad placentera y fructífera que permite y fomenta nuestro conocimiento.

Cuando tenía 10 años, mi abuelo nos ponía a leerle en voz alta y nos corregía si bajábamos demasiado la voz en un punto y coma. Para él, era fundamental leer bien; pero ante todo ¡leer! Y en vacaciones, en pleno calor de medio día en Girardot, mientras "hacíamos la digestión" para meternos a la piscina, nos sentaba a leer durante un tiempo que parecía interminable. Mi papá siempre estaba comprando libros y leyendo incansablemente. Nos llevaba a la Librería Central los sábados en la mañana y nos soltaba como si fuera un parque. Lilly Ungar y sus dos maravillosas asistentes nos indicaban qué leer. Así fuimos adquiriendo el hábito de la lectura que se nos decía era el compañero más fiel.



Si algo disfruté ahora de las vacaciones fue la lectura. Como desde octubre empecé a anticipar lo que leería en diciembre cuando no tendría que interrumpir por el trabajo, ni el teléfono, ni la llegada de los pacientes.



Sentarse cómodamente a disfrutar un buen libro no tiene nada igual o, bueno, casi nada. Saborear cada frase o meterse de lleno en la trama de una novela, o intentar comprender un tema sobre el cual uno no lee habitualmente, es un verdadero placer. La lectura distrae, permite aprender, alimenta de tantas maneras.



Veo con pesar que la mayor parte de los jóvenes poco o nada lee. Son múltiples las distracciones que se ofrecen a la juventud que la alejan de la lectura. La televisión, los juegos electrónicos, el "walk-man", el celular impiden, interrumpen o reemplazan ese ratico en la vida diaria, en los fines de semana, en las vacaciones, de comunicarse con uno mismo por medio de la lectura. Esa exploración interna que genera invitándolo a uno a reflexionar sobre cómo le cae lo que lee, cómo se aplica en su caso, qué le muestra de uno o de quienes tiene cerca, de su país, de otros países, de un tema específico, no lo permite la televisión. Porque con el libro se establece una relación única, propia: en silencio, se puede volver atrás, retomarlo en otro momento, en otro espacio y siempre está ahí, disponible, dispuesto, abierto a comunicar su mensaje. La "verdadera" lectura lo confronta a uno con uno mismo, le ayuda a conocerse. En mi caso, desde la infancia y en la adolescencia, la lectura me ayudó a comprender y sentir qué era eso de ser persona y en particular, de volverse mujer.



Para que la lectura cumpla el papel de fomentar el autoconocimiento y permitir la ampliación del conocimiento, se requiere que se haga libremente, por decisión personal. Y esto solo se logra con el ejemplo de personas significativas o permitiendo y fomentando las oportunidades de leer. Cuando se impone como una obligación, genera resistencia y desinterés, que es lo que terminamos logrando en el sistema educativo, en cualquier nivel, porque separamos la lectura de la vida misma.



Recuperemos --como abuelos, padres, maestros-- para nuestros jóvenes, con el ejemplo, esos espacios maravillosos de intimidad y aprendizaje que nos permite la literatura. ¡Es tan sencillo que vale la pena!



Dconniedesantamaria68@hotmail.com
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