Opinión

  • | 2009/03/06 00:00

    Sobre la formación personal en educación

    Progresar en la formación personal es progresar en la capacidad para comprenderse uno mismo y comprender a los demás.

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Comprender exige ver siempre en el otro un ser sagrado a quien jamás se juzga, así sus actos sean rechazables. Esta es una dimensión de la educación generalmente ignorada y desatendida. Pero hay quienes la atienden magistralmente y nuestro deber como docentes es aprender de sus experiencias. Amparo Muriel es una de ellas. Así lo demuestra un testimonio suyo reciente:

En el grado séptimo sentí un ambiente de confrontación entre diversos grupos. Indagué sobre los conflictos más recurrentes y la mayoría de los estudiantes se quejaron de uno de ellos: Montes. Él tiene 13 años, es inquieto, molesta mucho a sus compañeros y las niñas dicen que es muy 'metido'. Recientemente tuvo una confrontación a golpes con otro niño del salón; les llamé primero la atención y luego hablé con él. Aunque se mostró muy receptivo y dispuesto al cambio, con el tiempo me di cuenta de que la mayoría seguía viendo en él a un generador de problemas.

En la sesión siguiente hice un ejercicio que nos ayudara a darnos cuenta de las equivocaciones tan dañinas en que podemos incurrir cuando juzgamos a los otros. Cada estudiante escribió sobre una experiencia en que hubiera juzgado a otra persona equivocadamente. Generalmente, los resultados de estos ejercicios los compartimos, pero en este caso muchos decidieron compartirlos únicamente conmigo.

A varios estudiantes se les resquebrajó el alma. Uno de ellos fue Montes. Este fue su testimonio: "Todos los problemas comenzaron cuando yo nací. Por eso he creído siempre que mi nacimiento fue un problema para casi toda mi familia. Pero no lo fue para mi papá. En una ocasión él produjo un conflicto, y un señor sacó una sierra y le cortó los dedos a otro. Cuando llegó la policía le echaron la culpa a mi papá y se lo llevaron a una cárcel en Puerto Boyacá. Eso nos destruyó el corazón a mis hermanos y a mí. Mi mamá siempre le sacaba cuchillo a mi papá. Cuando ella comenzaba a pelear yo me desvelaba y me sentaba en un sofá. Ella se consiguió otro señor y nos mandaba al parque cuando se iba a ver con él. Después de unos largos años mi papá salió de la cárcel. Todos nos sentimos felices. Pero él no sabía que mi mamá tenía otro señor. Lo supo a los cinco meses, y desde ahí me comencé a ir con mi papá. Hoy vivo con él feliz y contento".

En las lecturas colectivas que hacemos con mis estudiantes se comparten muchas confidencias que generan dolor y llanto. Son experiencias duras que nos revelan el origen de sus comportamientos. Pero cuando evaluamos el comportamiento o el desempeño académico de cada uno no tenemos en cuenta las experiencias que ellos han vivido. Siempre fraccionamos a cada estudiante para mirar únicamente las dimensiones cognoscitiva y disciplinaria pero no vemos en cada estudiante un ser integral.

El ejercicio de escribir las historias de nuestras molestias ha generado un mayor acercamiento a Montes por parte de quienes lo habían juzgado tan duramente. Les he hecho saber que detrás de sus comportamientos visibles hay una historia muy difícil que hay que tratar de comprender. Y para Montes este ejercicio se ha convertido en un primer paso para tomar conciencia de sus molestias. Ya ha llegado a plantear que él no quiere repetir la misma historia cuando sea adulto; y también ha hablado de la posibilidad de llegar algún día a perdonar para poder recordar toda esa historia sin sentir el gran dolor que ahora siente.

Estamos trabajando mucho para comprender el gran poder que nuestros propios pensamientos pueden llegar a tener sobre nosotros. Estamos tomando consciencia de esos pensamientos para descubrir cómo nos afectan las impresiones que hemos tenido en nuestra vida.

En otro de sus maravillosos testimonios, Amparo dice: "La experiencia me ha enseñado que siempre que encontramos un niño con características muy difíciles quiere decir que algo serio está pasando en su vida. Yo ya sé que detrás de todo mal comportamiento de un estudiante tiene que haber algo que debo descubrir para comprender sus acciones". Amparo no sólo comprende a Montes: ella logra convertir sus dificultades en una extraordinaria oportunidad para promover tanto su formación personal como la de aquellos de sus compañeros que más duramente lo habían juzgado.

Amparo ha sabido aprender -¡aprender de verdad!- en los veinte años de experiencia que cumplió hace pocos días como profesora de colegios distritales en Bogotá.

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