Opinión

  • | 2006/07/20 00:00

    Sobre Alan García

    Como sucesor de Haya de La Torre y su heredero intelectual a la cabeza del APRA, representó y prolongó el más importante desarrollo conceptual del análisis marxista en América Latina.

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Muchos se alegraron con el triunfo de Alan García y lo que significaba en cuanto a su enfrentamiento con Hugo Chávez. Considero que es infortunado este enfoque si se piensa desde el punto de vista de los intereses de las naciones suramericanas. Desde la perspectiva de los 'intelectuales de izquierda' y de los intereses populares (es decir, los reales de la mayoría de la población), es de esperar que se concilien estas dos posiciones pues cada cual aporta un elemento del cual hasta el momento ningún otro gobernante ha contado.

En cuanto a su aspecto de político en ejercicio, o mejor a su anterior paso por el gobierno, Alan García suscitó muchas polémicas sobre las cuales es difícil saber dónde está lo cierto y dónde lo que fue manipulado en su contra. Nadie que se enfrente simultáneamente al poder de los medios y al de los intereses estadounidenses tiene las de ganar… por el contrario, es casi seguro que alrededor de esa persona se creara una 'realidad virtual' que lo mostrara como símbolo o sinónimo de perversidad y corrupción.

En ese sentido, la imagen pública (o publicada) del nuevo gobernante puede tener tanto de verdadero como de falso. Pero lo que sí es claro como realidad política, es que esa gestión no fue provechosa para su país; válidas o no las acusaciones en su contra, lo evidente es que, en la medida en que no pudo consolidar su propuesta pero sí levantó una oposición que bloqueó al país, el resultado general fue más una frustración que un progreso.

Me declaro, sin embargo, admirador suyo. No por su aspecto de activista político, puesto que no tengo elementos para opinar (diferentes de los arriba mencionados); pero sí como académico, analista y teórico de la ciencia y de la economía política.

Como sucesor de Víctor Raúl Haya de La Torre y su heredero intelectual a la cabeza del APRA, representó y prolongó el más importante desarrollo conceptual del análisis marxista en América Latina.

Me atrevo a destacar dos ideas que por su pertinencia en el momento actual nos deberían invitar a reflexionar:

La primera tiene tanto de forma como de fondo, y es la presentación según la cual aceptar que debemos someternos a las reglas del mercado como un imperativo inevitable sería equivalente a que la humanidad nunca hubiera intentado volar, porque eso implicaba oponerse a las leyes de la gravedad. Fue justamente la búsqueda de la manera de conocer y controlar esas fuerzas y otras complementarias (la aerodinámica) lo que permitió al hombre liberar su capacidad de locomoción al punto de poder alcanzar no solo el cielo sino otros planetas (infortunadamente, también permitió producir misiles). Ahora que está tan de moda hablar de las fuerzas del mercado y de lo absurdo que sería no someterse a ellas (por ejemplo, la necesidad de ser competitivos y embarcarnos en el TLC), son muchos los paralelismos que se podrían desarrollar sobre cómo el propósito de entenderlas, dominarlas e integrarlas a otras ramas del conocimiento permite no solo liberarse de sus efectos negativos sino multiplicar sus posibilidades para obtener otro tipo de beneficios (por ejemplo, alrededor del principio de la solidaridad, la posibilidad de mejorar las condiciones de convivencia y la calidad de vida del conjunto de la población como lo han hecho los países europeos).

El otro tema interesante por la forma cruda en que Alan García lo presenta —pero angustiante en su contenido— se refiere a las posibilidades de desarrollo de los países subdesarrollados o de 'cerrar la brecha' entre ellos y los países avanzados. Naturalmente, como activista se le dificulta reivindicar ciertos postulados teóricos, pero nada más evidente y necesario como punto de partida para pensar en el futuro que su planteamiento según el cual si para llevar al nivel de 'desarrollo' o industrialización que tienen los países que representan menos del 5% de la humanidad se llegó a los niveles críticos ambientales que hoy se reconocen.

Pensar que el resto de las naciones en algún momento podrán igualarse a ellos es absolutamente iluso; esta consideración puramente ecológica pero aparentemente irrebatible contrasta con la experiencia —o la constatación de la realidad— según la cual el modelo de desarrollo que los estadounidenses han impuesto al mundo, además de pretender buscar la explotación tecnológica sin consideración mayor por sus efectos colaterales en lo social o lo ambiental, ha producido como resultado que la distancia que separa el 'primer mundo' del 'tercer mundo' en vez de disminuir aumente exponencialmente.

Acostumbrados a la medición del progreso en cifras exclusivamente de variables económicas, estas nos muestran un incremento de la brecha de tales proporciones y a un ritmo tal, que más que ser escandalosas por las desigualdades que exponen son alarmantes en cuanto a lo insostenible que se evidencia así el futuro de la humanidad; la convivencia entre sociedades tan privilegiadas de un lado y otras tan empobrecidas o marginadas como las que estas proyecciones prevén, recuerdan situaciones tan explosivas como las que produjeron la Revolución Francesa o la Revolución Bolchevique.

Asumir un modelo universal que se oriente específicamente a 'cerrar la brecha' es una necesidad, pero para ello es indispensable detener el paso al cual se 'desarrollan' los ya desarrollados. Se repite en alguna forma la tesis malthusiana de que el crecimiento de la humanidad acabaría agotando los recursos para sostenerla: al igual que parte de la solución a este problema fue el control demográfico, la respuesta a la terrible constatación de Alan García es que los países desarrollados no pueden seguir pensando en su crecimiento sino en cómo se logra que este no sea a costa de una mayor brecha respecto a nosotros los que eufemísticamente nos llamamos 'en vía de desarrollo'.

El único realismo político para nuestros países sería hacer volver un dogma universal que la primera preocupación de los países ricos debe ser la suerte de los países pobres. Que mientras no se piense en términos del planeta y de la humanidad como un problema unitario e integrado no habrá futuro para el hombre. Ese punto filosófico debe estar a la base de cualquier pensamiento político y ese fue el gran aporte de los pensadores socialistas (entre ellos el APRISMO); la competencia, la inmediatez del mercado, el darwinismo inherente y esencial al capitalismo, son estructuras que como un caballo desbocado inevitablemente llevan al abismo. Lo único que definen es cuál será el último perdedor.

Chávez, con el poder económico que le representa el petróleo y Alan García, con el aporte doctrinario de un análisis de economía política basado en las crudas realidades de Latinoamérica, serían quienes podrían configurar esa propuesta… Pero teniendo en cuenta que lo que cada uno aporta al otro le hace falta, el peor de los mundos sería que en vez de complementarse compitieran, o aun peor se enfrentaran intentando cada cual neutralizar la capacidad de liderazgo del otro.
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