Opinión

  • | 2003/09/05 00:00

    ¿Sindicatos, para qué?

    Grasa o arena en las ruedas del mercado laboral, todo depende.

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El objetivo de cualquier sindicato es beneficiar a sus afiliados. Según ese criterio, los sindicatos suelen ser exitosos. En América Latina, los trabajadores sindicalizados ganan mejores salarios, trabajan menos horas y tienen más prestaciones que sus pares no sindicalizados. Según otros criterios, no les va igualmente bien. Las tasas de sindicalización de la región están entre las más bajas del mundo, a pesar de que las leyes les otorgan más protección que en ninguna otra parte. Esto sugiere que los sindicatos no logran prosperar en cualquier terreno. Donde mejor les va es en los sectores en los que pueden participar de alguna renta, como en el sector petrolero o en los monopolios estatales de servicios públicos. No es una sorpresa que la sindicalización en casi toda América Latina haya resultado golpeada por la apertura y las privatizaciones. Los sindicatos latinoamericanos han sido los mayores opositores a las medidas de modernización de la economía, porque su lógica de comportamiento se ha basado en la extracción de rentas, no en la generación de más valor.

Pero los sindicatos no tienen por qué ser necesariamente un estorbo para el funcionamiento del mercado laboral o para el aumento de la productividad. Al contrario, los sindicatos pueden jugar un papel crucial, como de hecho ocurre en algunas de las economías más avanzadas, especialmente en Europa.

Los sindicatos pueden tener una función muy importante dentro de las empresas como canales de información entre la gerencia y los trabajadores y como mecanismos para facilitar la cooperación en el trabajo. Los sindicatos pueden ser una voz colectiva de los trabajadores, útil para que fluya hasta la gerencia la información sobre preocupaciones que los trabajadores individualmente no podrían o no desearían expresar, y pueden ayudar a las empresas a mejorar el ambiente de trabajo, ofrecer capacitación más adecuada a las necesidades de los trabajadores y facilitar el aprendizaje en el puesto. Los sindicatos también pueden ayudar a mantener procedimientos de diálogo entre las empresas y los trabajadores que reduzcan el riesgo de disputas costosas, y pueden ayudar a que se cumplan los acuerdos entre la empresa y los trabajadores, reduciendo por consiguiente la incertidumbre, que puede ser muy dañina para la inversión y para la adopción por parte de los trabajadores de habilidades específicas a la empresa. Cuando se desarrolla un ambiente cooperativo entre la empresa y los sindicatos, estos pueden contribuir a la adopción de mejores técnicas y métodos de trabajo, que eleven la productividad en beneficio de ambas partes. Todos estos son beneficios de participación y resolución de disputas que los sindicatos pueden brindar a las empresas o sectores donde operan.

Los sindicatos también pueden tener efectos benéficos o dañinos para la economía en su conjunto. Es común que en los países donde hay mayor cobertura sindical, las tasas de desempleo y la inflación son mayores, y la capacidad de respuesta a las situaciones de crisis económica es menor. Pero algunos países con alta sindicalización han logrado superar este síndrome. La clave parece haber sido no el aislamiento o la destrucción de los sindicatos, sino el fortalecimiento de sus mecanismos de coordinación para poder influir en las decisiones nacionales. Los resultados más desastrosos se han tenido en países donde los sindicatos se coordinan, no en el nivel nacional, sino sectorial, porque eso impide que los sindicatos tomen conciencia de los costos agregados de sus decisiones y, en cambio, sí les permite imponer pautas sectoriales de negociación laboral que perjudican a las firmas individuales.

La mayoría de los países latinoamericanos ha optado por arrinconar e ignorar a los sindicatos. Esta estrategia puede resultar muy costosa, especialmente donde también se han desbaratado los partidos políticos y no quedan instituciones que velen por los intereses nacionales. Quizás, como el ave Fénix, surja un nuevo sindicalismo de las cenizas del viejo, orientado no a extraer rentas sino a mejorar las condiciones para la productividad de los países. Pero eso difícilmente ocurrirá sin un entendimiento colectivo del papel que deben jugar los sindicatos.
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