Opinión

  • | 2009/07/24 00:00

    Sesenta años

    En este tiempo, China ha logrado pasar de la miseria a la opulencia. Pasar del rol de renegado al de mandamás.

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La historia de China se cuenta por milenios, por lo tanto queda en entre dicho el bolero que relata que veinte años no son nada. Sesenta años para la historia de China son poca cosa.

1949 fue un año lleno de eventos que en su momento parecían improbables. El presidente Harry S. Truman, empezaba su periodo presidencial en contra de todos los pronósticos. El partido comunista de China, fundado en 1919, entraba a Beijín. Los delegados de Estados Unidos e Inglaterra creaban el Tratado del Atlántico Norte. Se efectuaba la división de Alemania en dos naciones.

2009 es un año de incertidumbre y crisis, considerado improbable hace unos pocos años, que presenta nuevos escenarios de antiguos episodios de la humanidad. Crisis internacional financiera y económica, alarma por epidemias de origen desconocido, reordenamiento del poder económico e inestabilidad en los sistemas políticos. Especialmente aparecen nuevos jugadores que determinarán el rumbo de los acontecimientos.

El hecho de que China cuente con unas reservas internacionales de "cerca de US$2 trillones, de los cuales US$1,5 trillones están invertidos en bienes en dólares", indica que cualquier arreglo de orden internacional tendrá que contar con esta nación.

En 1949, China era un estado pobre, atrasado, con una enorme mayoría de analfabetas y dependiente mayoritariamente de la explotación agrícola. Era un sistema feudal invadido de fuerzas británicas, francesas, rusas y americanas. Considerada como uno de los hermanos pobres de las naciones del mundo, no la tenían en cuenta para el desarrollo de una política internacional. Al contrario, la despreciaban e incluso, la humillaban.

Después de dos guerras, una en 1931 y la otra en 1935, Japón había sometido a China a un estado de inferioridad incomparable con sus vecinos asiáticos. Solamente el trauma de la bomba atómica del 7 de agosto de 1945 la liberó de la ocupación japonesa. Se hizo la paz en el Oriente, sin tenerla en cuenta, porque consideraban que se iban a beneficiar con la expulsión de los invasores.

Era un panorama de desasosiego y desesperanza el que se vivía en China: la guerra civil interna entre los que aspiraban a una nación digna y los que representaban a unos lacayos de intereses externos la desangraban. Era la lucha del Partido Comunista Chino -que desde 1920 estaba organizando su militancia para gobernar ese país- contra el movimiento liderado por Chang Kai-shek. Se trataba de una lucha desigual, ya que los primeros eran escasamente los poseedores de los pertrechos militares abandonados después de los varios enfrentamientos y los segundos contaban con el apoyo incondicional de los vencedores de Japón.

El primero de octubre de 1949 en la plaza de Tianamen, Mao Tse Tung proclamó la República Popular China como nueva nación. El partido comunista empezó a gobernar con grandes dificultades: existía una burocracia corrupta, inepta y rapaz. La tesorería de la Nación estaba agotada de recursos. Las provincias eran gobernadas por diferentes caudillos feudales que no solamente explotaban al pueblo sino que servían de intermediarios de la explotación de los extranjeros. Las tierras concentradas en pocas manos eran para el beneficio de pocos.

El sistema educativo era inexistente. La mayoría de las universidades estaban cerradas, mal equipadas y promovían valores foráneos. No existían los derechos humanos. Había hambre, miseria y desolación.

Luchar contra todas estas calamidades no era fácil. Con una población de 700 millones de personas, el partido creyó que era prioritario poner énfasis en la agricultura y encontrar la manera de industrializarse a toda costa, hasta el extremo de fundir equipos y pertrechos para tener hierro suficiente para la creación de sus nuevas fábricas, desgraciadamente sin tener en cuenta los avances tecnológicos.

Como consecuencia de estas decisiones, fracasaron en ambos frentes y se presentó la hambruna que representó la muerte de veinte millones de vidas humanas. Sin embargo, Mao y el partido continuaron buscando con poco éxito cambiar estos parámetros. La lucha fue ardua y prolongada. El Gobierno no podía dar tregua. Se dieron cuenta de que el experimento comunista soviético estaba fundado sobre las bases de un gobierno fuerte respaldado por un partido fuerte y sin vacilaciones encontraron la manera de asimilarlo o copiarlo para continuar con su experimento.

Fueron años de mucho sacrificio, esfuerzo, trabajo, dedicación y las necesidades internas nacionales no facilitaban sustanciales mejorías.

No fue sino después de 1976, con la muerte de Mao, cuando tomó el liderazgo de la nación y del partido el reconocido hombre público Deng Xiaoping, padre de la política del socialismo con características chinas.

Reconocido internacionalmente como uno de los grandes prohombres del siglo XX, durante su gobierno cambiaron sustancialmente todas las orientaciones y las políticas. Su famosa frase: "No importa si el gato es blanco o negro. Mientras case ratones, es un buen gato" le decía a los chinos que se tendrían que encontrar nuevos valores que permitieran el desarrollo de manera rápida y sustancial. Era la necesidad de apoyar la inversión privada tanto nacional como extranjera en algunas de las industrias señaladas por el Estado como factibles para la explotación y cuyos resultados fueran de provecho para la persona, para la compañía y para la nación.

Comenzó desde entonces la inversión pública, privada y extranjera que ha llevado a China a donde está hoy, con alcances ampliamente conocidos. Estamos hablando de un crecimiento anual del 10% hasta el 15% del PIB, unas exportaciones que solamente con América Latina, en 2008, alcanzaron US$149.000 millones y en comparación con 1949 la agricultura representa una tajada pequeña de la economía China, del orden de tan solo el 11% del PIB.

El estatus especial del dólar como divisa de reservas fue durante años una política internacional que ayudó a los Estados Unidos a mantenerse como la primera potencia del mundo. Debemos recordar que el imperio británico lo fue hasta la Segunda Guerra Mundial y que los americanos han podido financiar su déficit presupuestal, como también su déficit de intercambio comercial, con estas políticas. La humanidad tiene claro que durante el Siglo XXI se efectuarán unos cambios en los cuales las reservas internacionales reconocerán a la moneda china como reemplazo de la primacía del dólar. El gobierno chino "ya ha autorizado muchos préstamos de las grandes compañías y de los bancos, los que se pueden efectuar en la moneda china, el renminbi (el dinero del pueblo)".

En la situación actual de crisis, la humanidad tiene claro que los cambios necesarios para acercarnos a la preponderancia de China y de Asia son cuestión de horas, días o meses. Eso ya es un hecho real e irreversible.

Increíble lo que se ha podido hacer durante sesenta años. Pasar de la miseria a la opulencia. Pasar del rol de renegado al de mandamás. No es sino recordar las palabras de Deng Xiaoping cuando alertaba a los chinos de que esta condición estaba próxima a llegar. Todavía hay muchos chinos, como europeos, americanos y asiáticos que tienen sus dudas, pero que sienten sus resultados. Solo la historia les demostrará lo equivocados que estaban.

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