Opinión

  • | 1999/03/12 00:00

    Servicio social educativo

    Es una forma de acercar a los jóvenes universitarios a la realidad de las comunidades y de ayudar a mejorar la calidad de la educación básica.

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Hace unos años, para graduarse, los bachilleres tenían que "alfabetizar" y completar un número de horas de trabajo con comunidades, a las cuales los adolescentes, bajo la supervisión de sus profesores, les llevaban algún conocimiento. Hoy, el analfabetismo casi ha desaparecido. Los problemas centrales son otros, sobre todo, mejorar la calidad de la educación básica.



Ahora un estudiante universitario, con buen rendimiento académico, en la segunda mitad de su carrera es, sin duda, un adulto privilegiado en nuestra sociedad, ya que ha adquirido una formación básica en su área de estudio. ¿Puede ayudar a mejorar la calidad de la educación básica? Sí.



Los jóvenes universitarios son un punto de encuentro entre dos comunidades que no se comunican o que, en el mejor de los casos, tienen dificultades enormes para hacerlo: profesores y grupos universitarios que poseen y producen conocimientos relevantes para la educación básica, y maestros en colegios y escuelas que, con el apoyo de sus instituciones, están consagrados a sus actividades docentes y buscan formas para avanzar en su quehacer académico.



La idea es conformar equipos de profesores y estudiantes universitarios, maestros y directivos escolares, a partir de las necesidades de los colegios, con un objetivo: llegar al aula. Los estudiantes universitarios se mueven entre colegio y universidad, trabajan en los dos extremos y multiplican las posibilidades que surgen de la interacción. Una experiencia concreta ilustra la idea.



En Antioquia, en 1996, con la dirección del Centro de Ciencia y Tecnología y el apoyo de la Secretaría de Educación Departamental, ProAntioquia y las Fundaciones Fraternidad Medellín y BIC, se inició una experiencia piloto de Servicio Social Educativo, para trabajar en Informática Educativa, bajo la dirección de Eafit, y Matemáticas, de la universidades Nacional y de Antioquia. La gran mayoría de los colegios participantes son públicos y varios quedan fuera de Medellín. Dos años después, el Concejo de Medellín ha adoptado el programa, se empieza a trabajar en Física y en Gestión Escolar. La Fundación Corona entró a participar. En otras partes del país se están adelantando iniciativas en el mismo espíritu. Las lecciones son múltiples.



La mayor: el programa depende de la capacidad académica, la convicción, el entusiasmo y el compromiso de los involucrados. Se puede replicar, transformar y perfeccionar, pero la mejor forma de que no funcione es "masificarlo" por decreto, sin las consideraciones anteriores. Participan profesores y estudiantes de varias carreras. Las fundaciones empresariales que participan acompañan el programa y se acercan al sector educativo.



Es impresionante el impacto de este acercamiento a la realidad educativa en los universitarios. Cada día surgen propuestas y aumentan las posibilidades. Es una forma concreta de hacer de la educación un compromiso de todos.
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