Opinión

  • | 2008/04/25 00:00

    Seguridad Alimentaria Vs. Biocombustibles

    El debate sobre los biocombustibles apenas comienza y Colombia ya está metida de cabeza en el tema. ¿Será esta la mejor decisión?

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En un comienzo los biocombustibles se presentaron ante el mundo como el gran descubrimiento y solución para sustituir los cada día mas escasos, contaminantes y costosos combustibles fósiles, principales generadores de los gases efecto invernadero que inciden en el aumento de la temperatura de la atmósfera y son responsables del cambio climático que está sufriendo nuestro planeta.

En su momento, la buena nueva llevó a un desbordado entusiasmo ante las perspectivas de producir combustibles de manera sostenible a partir de material vegetal, reducir las emisiones a la atmósfera y contrarrestar el cambio climático, manteniendo los niveles de consumo y crecimiento económico. Ante esto, la banca multilateral impulsó sin reparos esta iniciativa, y la incluyó como parte fundamental de sus políticas.
 
Por su parte, los países desarrollados, principales emisores de gases efecto invernadero, encontraron en los biocombustibles la mejor solución para reducir sus emisiones y de inmediato establecieron programas para su fomento y definieron políticas que imponían su uso. La Unión Europea estableció como meta para 2020 el uso obligatorio en los sistemas de transporte de un 10% de biocombustibles. Con estas señales y sin un mayor análisis, diferentes gobiernos de países en vías de desarrollo ofrecieron incentivos económicos y tributarios para su desarrollo a partir de productos agrícolas tales como la caña de azúcar, yuca, remolacha, palmas de aceite, soja y maíz, entre otros, mientras los empresarios encontraban una actividad exportadora rentable y prometedora, que además permitía ampliar los proyectos agrícolas, generar empleo y mostrar una faceta amigable con el medio ambiente.

Muy pronto se empezaron a ver los desequilibrios y consecuencias que este tipo de actividades podría traer y que comprometía, en el mediano y largo plazo, no solo el medio ambiente de muchos de los países tropicales -incidiendo igualmente en el cambio climático global-, sino también afectando la seguridad alimentaria y la estabilidad social y política en muchos países pobres, tal como nos lo han dado a conocer los principales medios de comunicación a nivel mundial.

Un primer campanazo de alerta se dio en meses pasados en México con el aumento de los precios del maíz y su incidencia en el costo de las tortillas, fuente alimenticia fundamental en la dieta de los mexicanos, que condujo a graves protestas sociales y a la intervención directa del presidente Calderón para solucionar la crisis. En Indonesia, la sistemática destrucción de las selvas tropicales para la siembra de palma africana con destino a los biocombustibles llevó a una profunda reflexión en la Unión Europea sobre los reales costos y beneficios de esta política y ha llevado a los asesores científicos a solicitar la eliminación de las metas propuestas para 2020.

Y es que el palo no esta para cucharas. A raíz del aumento de los precios de los alimentos, en gran parte por su aprovechamiento para biocombustibles pero también ante la mayor demanda de China e India, el mismo Banco Mundial predecía que el alza en los precios de los alimentos podría generar revueltas en más de 33 países, situación que ya empezó a darse en muchos de ellos, con muertos incluidos. Por su parte, la FAO acaba de hacer un llamado mundial ante la escasez de alimentos y solicitó ayuda para atender las necesidades de 37 países que ya viven la hambruna. Y como si lo anterior fuera poco, el relator de Naciones Unidas, Jean Ziegler, ha manifestado que "hoy el uso y fomento de biocombustibles es un crimen contra la humanidad".

Tal como están las cosas, los países en vías de desarrollo empiezan a pagar grandes costos -ambientales, sociales y éticos- por la producción de biocombustibles con el fin de que los países desarrollados puedan cumplir con el imperativo de reducir las emisiones de gases efecto invernadero, manteniendo sus niveles de consumo y calidad de vida.
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