Opinión

  • | 1994/10/01 00:00

    Segundo debut

    "Las decisiones despóticas del Estado moderno las toma finalmente un burócrata anónimo, subalterno, pusilánime y probablemente cornudo".

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Después de cerca de ocho años de estar en el congelador o refugiados en la academia, la política o el periodismo, y en la misma forma que ciertas damas inician su cuarta década con un discreto estiramiento de la piel, han hecho su segundo debut en el actual gobierno un número importante de "cepalinos", de neoestructuralistas y de "intervencionistas salvajes" de variado plumaje. Como bien recuerda el país, el primer debut se inició en los años sesenta y setenta, con las nefastas teorías de Prebisch y Campos, y su declive ocurrió a finales de la década de los ochenta. Las primeras salvas de los nuevos debutantes han sido contra la norma constitucional que le dio vida a la junta Directiva del Banco de la República. Les saca de quicio a los intervencionistas que dicha junta sea un cuerpo autónomo con administración, patrimonio y equipo técnico propio, y por ende sea una esfera independiente dentro de la cual, por expreso mandato de la Constitución de 1991, y en coordinación con el ministro de Hacienda, se maneje y se diseñe la política económica del gobierno de turno.

A pesar de las reiteradas aseveraciones del presidente Samper y del ministro Perry respaldando la autonomía de la junta actual, los nuevos debutantes propugnan por un regreso al pasado, a una junta Monetaria de bolsillo, en donde prácticamente todos ellos tengan abierta participación en las decisiones de la política económica. Desde la Constitución de 1991, como bien lo señala don Hernán Echavarría en reciente artículo, si el gobierno quiere hacer obras suntuarias y gastar plata sin límites, tiene que buscar empréstitos o debe incrementar los impuestos, pues ya no puede emitir disimuladamente para lograr sus objetivos. Pero el aumentar los impuestos o el endeudamiento tiene un alto costo político y de ahí la frustración de nuestros debutantes, al no poder emitir a su libre albedrío. La anterior situación los coloca en la disyuntiva de llevar a cabo el proyecto de gasto social o utilizar los limitados recursos en convenios de absorción, compras de cosechas, burocracia y todo tipo de subsidios. Lo que no pueden hacer es todo a la vez.

Las baterías de los nuevos debutantes, ya sean de izquierda o de la nunca bien lamentada derecha "social", están igualmente dirigidas en contra de la economía de mercado y de la apertura del comercio exterior. Lo que los intervencionistas y dirigistas a ultranza pretenden es acabar con el esquema empresarial de la supervivencia del más eficiente, y abrirle paso a la supervivencia del más influyente, o sea a determinados conglomerados y a ciertos gremios específicos, que tienen mayor poder político e influencia en los medios de información para lograr los subsidios, las protecciones arancelarias y el otorgamiento de monopolios y oligopolios que satisfagan sus necesidades y ambiciones de dinero y poder.

Pero para colmar las ambiciones de los nuevos debutantes, de los políticos y de los funcionarios,

y la codicia de ciertos conglomerados y gremios, es necesario nuevamente agrandar el aparato burocrático del Estado. Y es un axioma que a medida que crece el Estado, la suerte del ciudadano, como lo señala don Nicolás Gómez Dávila, dependerá cada vez más de funcionarios crecientemente subalternos, para no añadir más adjetivos.

Para los empresarios del país no puede existir un escenario más peligroso y nefasto que el de la incertidumbre y el cambio súbito e intempestivo de las reglas de juego. Los recursos que estaban dedicando a mejorar la eficiencia de sus empresas los tendrán que, dirigir a fortalecer sus influencias, si llegan a prosperar las aspiraciones de los nuevos debutantes. Sólo cabe esperar que el presidente Samper y el ministro Perry no permitan que se cumplan las ambiciones de cerrar la economía, ya que en el programa de gobierno durante su campaña, el doctor Samper se comprometió con claridad meridiana a que el proceso de apertura es irreversible.

Pero no todo es crítica o censura ya que varios de los cepalinos, neoestructuralistas e "intervencionistas salvajes" tienen inocultables rasgos de la vieja nobleza que regentó a parte de Europa durante más de tres siglos. Porque de ellos, como decía Voltaire de los Borbones, se puede afirmar: "Ni aprenden, ni olvidan".
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