Opinión

  • | 2010/04/30 12:00

    Saludo

    Una economía libre es el más grande y efectivo estímulo al esfuerzo, la creatividad, la innovación y, por lo tanto, al crecimiento económico y al desarrollo de un país.

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Es para mí un honor entrar a ser columnista de la revista Dinero. Este será un espacio de debate y controversia en temas de política económica pero también de economía política. Lo primero se refiere a lo tecnocrático: herramientas para que nuestro país crezca, se desarrolle y genere más riqueza. Lo segundo se refiere al debate político y de redistribución de los recursos en Colombia.

Espero que podamos debatir muchas tesis que se esgrimen en esta revista y en otros espacios. Tesis que son relevantes para nuestra economía y, por ende, para el bienestar de todos, especialmente el de nuestros hijos y el de las próximas generaciones de colombianos. Por ellos muy pocos dan la batalla.

Quiero reconocer de entrada que creo, sin ambigüedad, en el orden y la seguridad como fundamentos necesarios para que una economía funcione y la libertad individual y colectiva se imponga. Creo en un Estado firme y fuerte que no negocie con el violento, con la mafia y con el terror; en un Estado comprometido con someter y castigar con rigor a todo aquel empeñado en agredir la paz y la libertad.

También creo en la libertad económica. Es decir, en el libre mercado. Por supuesto, ciertas fallas en los mercados exigen la intervención de los gobiernos a través de incentivos o regulación (el sector agropecuario es el mejor ejemplo de ello). Pero, tal como se ha demostrado una y otra vez a lo largo de la historia de la humanidad, una economía libre es el más grande y efectivo estímulo al esfuerzo, la creatividad, la innovación y, por lo tanto, al crecimiento económico y al desarrollo de un país.

No creo en el odio de clases. Insisto, además, en que el respeto a la propiedad privada, la seguridad jurídica, la estabilidad en reglas de juego y los menores impuestos posibles son ingredientes necesarios para la prosperidad de un país. Gravar el esfuerzo, el trabajo, la inversión o el comercio desestimula precisamente eso: el esfuerzo, el trabajo, la inversión y el comercio. Es decir, desestimula el crecimiento y la prosperidad. Mejor dicho, impuestos altos no necesariamente garantizan estabilidad fiscal y macroeconómica.

Estoy convencido de que la única forma de sacar a una persona de la pobreza es logrando que tenga una fuente estable y digna de ingreso. Ello se logra con orden, seguridad, educación, libertad económica y respeto por los derechos de propiedad, como motores generadores de inversión. Solo con más inversión lograremos crear empleo e ingreso para todos.

Por lo tanto, rechazo radicalmente el comunismo del siglo XXI. La estatización, la expropiación, el intervencionismo excesivo en la economía, el control de precios y la inseguridad jurídica destruyen la inversión y arrasan con el estímulo de las personas a trabajar y prosperar. Así se aniquila el aparato productivo de cualquier economía y, con ello, se produce miseria, escasez, hambre, desempleo, racionamiento e inflación. Quienes más sufren son los pobres y el ejemplo lo tenemos al lado.

Desde este espacio defenderé estas ideas. Reconozco que toda obra humana es imperfecta. Pero la transformación de Colombia desde 2002 es impresionante. Un viraje ideológico en la conducción del país sacrificaría a la próxima generación de colombianos.

Quizá tendré que enfrentar el discurso de tantos que, para conseguir votos, defienden a los menos favorecidos agitando odio contra el resto de los colombianos. Olvidan que ello en nada ayuda a los más necesitados pues engendra violencia, espanta la inversión y destruye fuentes de trabajo. Terminada la campaña olvidan a los pobres y regresan al estrato 20. Repugnante.

Es probable que también me toque controvertir las columnas y sofismas de aquellos personajes que, por un lado, se venden como ideólogos de izquierda y fiscalizadores del poder mientras, por otro, disfrutan de los lujos y privilegios de la élite. Es decir, vamos a enfrentar por fin, en igualdad de condiciones, la 'social bacanería'.

Gracias a Dios el pueblo colombiano ya no les come cuento y prefiere las tesis que sí permiten el crecimiento económico, la generación de empleo y la creación de riqueza para todos.

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